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La Novia Sustituta del Clan Serpiente, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: La poción robada

Jacinta roba la poción de Ofelia, llega el contrato de las Serpientes e Íñigo sella su pacto con Jacinta; Ofelia decide casarse ella.

Mi poción era la tercera en la mesa de los jueces, y no era mía.

Lo supe antes de que nadie dijera nada.

Yo había pasado cuatro meses preparando el Rocío de Sombra, un tónico gris plateado que obligaba a decir la verdad durante un minuto exacto.

Lo había embotellado en un frasco de vidrio ahumado, con un tapón de cera verde y una etiqueta escrita con mi letra.

Ahora, sobre la mesa de los jueces, el mismo frasco llevaba una etiqueta nueva.

"Jacinta Navarrete."

Mi hermana.

Mi hermana adoptiva, que llegó a nuestra casa a los cinco años y a quien yo había enseñado a leer.

Estaba de pie junto a la mesa, con un vestido de seda negra y el pelo trenzado en lo alto, sonriendo como si nunca hubiera hecho nada malo en su vida.

Me miró.

Y levantó una ceja.

Tardé en entender.

En el Salón de los Torneos de Piedra Blanca había seiscientas personas.

Todos los herbolarios del reino.

Los cinco clanes en sus palcos, con sus estandartes.

Y los jueces: tres ancianos del Consejo y un hombre de capa verde, con una insignia de serpiente bordada en el pecho.

El embajador del clan Serpiente.

"La poción ganadora", anunció el anciano de la izquierda, "es el Rocío de Sombra, de la señorita Jacinta Navarrete."

El salón estalló en aplausos.

Yo me quedé inmóvil entre el público, con las manos manchadas de tinte.

No grité.

No supe cómo.

En la mesa, mi hermana se llevó una mano al pecho, fingiendo emoción.

"Señorita Navarrete", dijo el embajador, con una voz que se oyó hasta el fondo. "En nombre del clan Serpiente, le notifico el contrato nupcial."

El salón guardó silencio de golpe.

"¿Contrato?", preguntó Jacinta.

"Cada diez años, el torneo elige a la autora de la poción más fina. Esa mujer se casa con el heredero del clan." El embajador sacó un pergamino enrollado. "Nazario Vidaurre, primogénito de las Serpientes, la espera dentro de tres días."

Un murmullo recorrió el salón.

"Dicen que es cruel", susurró alguien.

"Dicen que es estéril."

"Dicen que mató a su primera prometida."

Jacinta perdió el color.

Yo la miré y por primera vez en mi vida comprendí que no había calculado eso.

No sabía.

Se había llevado mi gloria sin saber lo que costaba.

Mi prometido salió de entre la multitud.

Íñigo Valcárcel, heredero del clan Lobo, rubio, de ojos grises, con el abrigo blanco de su familia.

El hombre con quien yo me casaba en dos meses.

Subió de dos en dos las gradas del estrado y se plantó delante de Jacinta.

Los dos se miraron.

Yo vi algo que no quise ver.

"Ni hablar", dijo él en voz baja.

"Íñigo..."

"Ni hablar. No te voy a dejar casarte con él."

La tomó de la mano y la sacó del salón por la puerta lateral.

Los seguí.

Cruzaron un pasillo, entraron a una antecámara de los jueces, y cerraron la puerta.

No del todo.

La dejaron entreabierta.

Miré por la rendija.

Íñigo la tenía contra la pared, con la boca en la suya.

Jacinta le rodeaba el cuello con los brazos.

Él le desabrochó el vestido de un tirón.

Ella se rio.

"El pacto", susurró él. "Si te marco, el Consejo no puede dártelo a otro."

"¿Y Ofelia?"

"Ofelia ya no importa."

Lo dijo sin mirar atrás.

Me quedé de pie en el pasillo, con la mano en la pared.

Escuché los sonidos.

Los gemidos de ella.

Los gruñidos de él, el golpe seco contra la madera, el crujido de la tela.

Cuando todo terminó, Íñigo se dio la vuelta, con el pecho descubierto.

En la espalda, entre los omóplatos, le brillaba una marca roja con forma de huella de lobo.

La marca del pacto.

Jacinta tenía la misma, sobre el hombro.

Me vieron.

Jacinta fue la primera en sonreír.

Se acomodó el vestido sin prisa y salió al pasillo.

"Querida hermana."

"Esa poción es mía."

"¿De verdad?" Ladeó la cabeza. "Pruébalo."

"Lo haré."

"Tu prometido ya es mío, Ofelia. ¿Y ahora qué?" Se acercó. "En tres días cumples veinticinco. Si nadie se casa contigo, el Consejo te declara sin custodia. Y los sin custodia se les da a los errantes. Viejos. Sucios. De los que nadie quiere."

Íñigo salió de la antecámara, abrochándose la camisa.

No me miró.

"Lo siento", dijo, mirando al suelo.

"No lo sientes."

Me di la vuelta y salí del salón.

Crucé las plazas con el viento helado en la cara.

Llegué a la casa de mis padres, en Ceniza Alta, cuando ya anochecía.

Estaban en la cocina, mi madre con un pañuelo en las manos, mi padre con la cabeza entre las suyas.

Ya lo sabían.

Jacinta había mandado a un mensajero.

"Hija", empezó mi madre.

"Ya sé."

"Tenemos que hablar con el Consejo, pedir una excepción, pagar la fianza..."

"No."

"Ofelia..."

"Si ella no quiere casarse con el heredero de las Serpientes", dije, con la voz firme, "entonces lo haré yo."

Mi madre se tapó la boca.

Mi padre levantó la cabeza.

"No sabes lo que dices."

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