UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: La pesa

Maricruz cae otra vez en su hambre en pleno cafetal, los sacos salen cortos en la pesa del comprador y Anselmo trae al doctor.

El canasto se me cayó de la cintura a media ladera, y las cerezas rojas rodaron entre las matas.

Ya sabía lo que venía.

Primero fue el calor en la nuca, luego en el vientre, y después las piernas ya no me sostuvieron.

"Maricruz", gritó mi suegra desde arriba. "¿Otra vez?"

No le contesté.

Corrí hacia el galpón del secado, con la falda pegada a los muslos, y cerré la puerta de tablas con la espalda.

Adentro olía a café tostándose al sol y a madera tibia.

Me subí la falda hasta la cintura.

Me tumbé sobre los costales vacíos y me bajé los calzones con las dos manos, sin ninguna paciencia.

Estaba mojada como si llevara horas pensando en lo mismo.

Me metí los dedos, duro, y con el pulgar me froté donde más pedía.

Gemí contra mi propio brazo.

Me vine rápido, con un temblor que me sacudió el pecho, y no se me quitó.

Eso era lo peor de mi mal.

Se me quitaba un minuto, y después volvía más fuerte.

Tenía veintinueve años, y desde los dieciocho cargaba con esto.

La gente del pueblo decía que me habían hecho un daño.

Las comadres decían que era un mal de la sangre.

Yo sólo sabía que me ardía todo el tiempo, y que ningún trabajo me lo apagaba.

La puerta del galpón crujió.

Me incorporé de golpe, con la falda arrugada.

Era Anselmo, mi esposo, con el sombrero en la mano y la camisa pegada al pecho por el sudor.

Me miró los muslos desnudos, los dedos mojados, la cara.

No se enojó.

Jamás se enojaba, y eso a veces me dolía más.

"Otra vez", dijo en voz baja.

"Otra vez", contesté. "Perdóname."

"No me pidas perdón."

Cerró la puerta con el pestillo y se quitó el sombrero.

Se arrodilló entre mis piernas, sobre los costales, y me besó el interior del muslo.

Tenía los labios agrietados y calientes.

"Anselmo", susurré.

"Déjame."

Me abrió con los pulgares y me pasó la lengua despacio, de abajo hacia arriba.

Me arqueé y le agarré el pelo con las dos manos.

Lo hacía con cariño, con mucho cariño, pero yo necesitaba más que cariño.

Lo apuré con las caderas.

Él entendió, se desabrochó el pantalón, y se acomodó sobre mí.

Entró de una vez, hasta el fondo, y los dos soltamos el aire juntos.

Me embistió con ganas, con el sudor goteándole de la nariz a mi boca.

"Más fuerte", le pedí.

Lo intentó, de verdad lo intentó.

Me agarró las nalgas y me jaló contra él, y yo sentí cómo empezaba a temblarle la espalda.

"Aguanta", le rogué. "Aguanta un poco, Anselmo."

"No puedo", jadeó. "Ay, Maricruz, no puedo."

Se vino adentro de mí con un gruñido ahogado, y se quedó pesado sobre mi pecho.

Yo seguía igual de ardiente que antes.

Le acaricié la espalda y no dije nada.

Él lo supo, como lo sabía siempre.

"Soy un inútil", murmuró contra mi cuello.

"No es cierto."

"Llevo meses sin dormir por levantarte la cosecha y por esto."

Me besó la clavícula, avergonzado, y se apartó para subirse el pantalón.

Salimos al sol sin mirarnos.

Mi suegra estaba al borde del cafetal con las manos en la cintura, y a sus pies tres sacos de yute.

Detrás de ella esperaba don Gervasio Ochoa, el comprador, con su guayabera blanca y su sonrisa de dientes grandes.

Había traído su báscula de hierro en la camioneta, como todos los años.

"A ver, a ver", dijo, y colgó el primer saco del gancho. "Cuarenta y dos kilos."

Anselmo apretó la mandíbula.

Esa mañana cada uno de esos sacos había pasado por mis manos, y yo los había cargado de a cuarenta y ocho.

Gervasio pesó el segundo.

"Cuarenta y uno."

Me miró de arriba abajo, deteniéndose en la falda mal puesta.

"Y yo que pensaba que este año sí, compadre", le dijo a mi esposo. "Pero con una mujer así de ocupada, la cosecha se pierde sola."

Las comadres que cosechaban cerca se rieron bajito.

Sentí la cara arder.

"Los sacos pesaban más", dije.

"¿Ah, sí?" Gervasio ladeó la cabeza. "¿Y quién estaba pendiente de ellos? ¿Usted, Maricruz, o su enfermedad?"

Nadie le respondió.

Mi suegra bajó la vista.

Anselmo se quedó callado, con las manos hechas puños.

Aquella noche cenamos sin hablar.

Después de apagar el quinqué, Anselmo se sentó al borde de la cama de espaldas a mí.

"Voy a bajar al pueblo a primera hora", dijo.

"¿A qué?"

"Llegó un doctor nuevo a la clínica. Es joven, dicen que estudió en la capital."

"No quiero que un doctor me vea esto."

"Yo tampoco quiero." Se frotó la cara con las manos. "Pero ya no sé qué más hacer, Maricruz."

Me quedé mirando el techo de vigas negras.

Quería gritarle que no estaba enferma.

Pero un deseo así, que nunca me dejaba en paz, ¿cómo se llamaba si no era enfermedad?

Al día siguiente, al caer la tarde, oí pasos en el corredor.

Anselmo entró primero.

Detrás venía un hombre joven con anteojos redondos, una bata blanca sobre la camisa y un maletín de cuero gastado.

Se detuvo en la puerta y me miró sin lástima, sin asco, sin nada de lo que yo esperaba.

"Maricruz", dijo mi esposo, con la voz quebrada. "Este es el doctor Leandro Arteaga."

El doctor dejó el maletín en el suelo.

"Buenas tardes, señora. Su esposo me contó lo que pasa. Yo solo entro si usted me dice que pase."

Me sequé las manos en el delantal.

Sentía el pulso en las sienes y entre las piernas.

"Que pase", dije.

Todos los capítulos · Capítulo 2 →