La Principessa sin Memoria, novela · Capítulo 10 de 16
Capítulo 10: Solo
Bajé al patio del castillo con la bata puesta sobre el camisón, el pelo suelto, y Cesare un paso detrás de mí, con la camisa a medio abotonar.
El aire de la mañana olía a nieve.
En el centro del patio, sobre la grava gris, había un hombre de rodillas.
Rocco Valenti.
Sin saco.
Sin guardias.
Sin pistola.
Tenía la camisa blanca arrugada y manchada de polvo, los pantalones rotos en una rodilla, la barba de tres días.
Parecía haber viajado a pie la última parte del camino.
Dos docenas de hombres de Dario lo rodeaban en semicírculo, con las armas en alto.
Dario, de pie ante la escalinata, con los brazos cruzados, lo miraba como se mira un insecto.
Cuando yo bajé el último peldaño, Rocco levantó la cabeza.
Se le encendió algo en los ojos.
"Ginevra."
"No me hables aún."
Cerró la boca.
Me acerqué.
Quedé a tres pasos de él.
Tenía la cara demacrada, los labios agrietados y un corte reciente en la ceja.
"Quiero decir una cosa", dijo, con la voz muy ronca. "Después hagan lo que quieran conmigo."
Miré a mi hermano.
Dario hizo un gesto casi imperceptible.
Dejó que continuara.
"Cuando te fuiste", empezó Rocco, "me quedé en el patio un rato largo. No sé cuánto. Mis hombres no se atrevían a hablarme."
Tragó saliva.
"Lavinia se acercó. Me dijo: 'Qué lástima, pero ya pasó. Ahora estamos tú y yo.' Me tocó el brazo."
Cerró los ojos.
"Me dio asco."
Nadie respiró.
"Esa noche mandé revisar su anillo. El del dedo medio. Tenía un escudo que me sonaba. Mi consigliere lo reconoció en cinco minutos."
"Pellegrini", dijo Dario.
"Sí."
"¿Y qué hiciste?"
"La encerré en el sótano de la villa. Le pregunté quién era." Hizo una pausa. "No tardó en hablar. Lo hizo llorando, en menos de diez minutos."
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