La Psicología Del Buen Repegón, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Empuje duro
En el camión de las cinco cuarenta, un desconocido se pega a Anahí y ella lo detiene cuando se echa para atrás; en el suelo queda su credencial de adjunto.
El camión de las cinco cuarenta salió de Santa Cruz Meyehualco tan lleno que el chofer cerró las puertas con el hombro.
Era mi primer día de clases en la UNAM, y yo iba de pie, apretada contra el tubo del pasillo, con la mochila al frente.
Tenía veintiún años.
Había entrado tarde a la universidad, después de dos años friendo suadero en una taquería para juntar la inscripción y el pasaje de medio año.
Ese lunes me había puesto mi única falda, una de cuadros grises que compré en el tianguis por treinta pesos.
Me quedaba corta, pero era la que mejor me hacía ver, y yo quería verme bien.
Sobre todo, quería que nadie notara que mi ropa interior tenía un agujero junto a la costura, del tamaño de una moneda de diez.
El camión frenó en la avenida y la gente se apretó más.
Alguien se pegó a mi espalda.
Un pecho ancho, caliente, un olor a jabón de barba y a café recién hecho.
Pensé que era el empujón normal de las seis de la mañana, y no me moví.
Después sentí que no era normal.
Se acomodó despacio, con la cadera contra mi cadera, y esperó.
No me tocó con las manos.
No me dijo nada.
Solo esperó, como quien toca una puerta con un dedo y se queda parado a ver si le abren.
Podía haberme hecho a un lado.
Había un hueco de medio paso hacia el chofer.
En vez de eso, empujé el trasero hacia atrás, apenas, lo que cabía.
Detrás de mí oí que soltaba el aire por la nariz.
Entonces sí, una mano grande me agarró la cintura por encima de la chamarra.
La otra me levantó el borde de la falda con dos dedos, por debajo de la mochila donde nadie podía ver.
Y algo duro, enorme, me apretó entre las nalgas, con la tela delgada de su pantalón de por medio.
Se me aflojaron las rodillas.
El camión tomó una curva y él se frotó contra mí con la inercia, un empujón largo que me subió el calor hasta las orejas.
"Perdón", murmuró, tan bajito que casi no lo oí.
"No pasa nada", dije, y me mordí el labio.
Volvió a frotarse.
Esta vez no esperó el camión.
Esta vez se movió él, con una cadencia lenta que me hizo sacar el aire por la boca.
Sus dedos bajaron por mi muslo y encontraron el agujero de mi ropa interior.
Se detuvieron.
Sentí su dedo índice tocar mi piel desnuda, justo en esa abertura, y me corrió un escalofrío hasta los talones.
Se me puso la cara roja, pero no de ganas.
De vergüenza.
Pobre, pensé, qué va a pensar de mí.
Y él se echó para atrás.
Se separó medio cuerpo, rápido, como si se hubiera quemado.
"Perdóname", dijo otra vez, ahora con la voz ronca. "Te dejo en paz."
Estaba a punto de bajarse la mano.
Así de fácil, pensé, se acaba.
Pero me dio coraje que se acabara.
Llevaba dos años de no tocar a nadie, de cuidarme los pesos y la reputación, y un desconocido que olía a café me había puesto el cuerpo entero a temblar.
No iba a dejar que me pidiera perdón y se bajara.
Estiré la mano hacia atrás, le agarré la muñeca con fuerza y le puse la palma otra vez sobre mi cadera.
Giré la cabeza lo suficiente para verle un pedazo de la cara.
Un hombre joven, de barba oscura, anteojos, ojeras de no dormir.
Me miraba con los ojos muy abiertos.
"Señor", le dije, bajito pero clarísimo, "empuje duro, no se suelte."
Tragó saliva.
Los anteojos se le empañaron.
Y entonces el chofer pisó el freno otra vez.
Todos los cuerpos se fueron para adelante al mismo tiempo, y en ese vaivén sentí cómo él se bajaba el cierre.
No vi nada, pero lo sentí.
Su piel caliente, desnuda, deslizándose por la parte de atrás de mis muslos, por el borde del agujero, buscando.
"Agárrate fuerte", susurró contra mi pelo.
"Sí."
Me hizo a un lado la tela con el pulgar.
Entró despacio, de una sola vez, hasta el fondo.
Me tapé la boca con la manga de la chamarra.
Estaba tan mojada que no encontró resistencia, y a la vez me llenó tanto que vi estrellitas.
La mano que traía en mi cintura me sostuvo para que no me cayera.
No se movió.
Esperó a que el camión hiciera el trabajo.
Cada bache, cada frenón, cada arranque, lo empujaba dentro de mí un poquito más, y lo sacaba un poquito, y me volvía a empujar.
Un viaje de cuarenta minutos, de pie, entre cuarenta desconocidos que miraban sus celulares.
Yo apretaba el tubo con las dos manos y apretaba a él con todo lo que tenía.
"Qué rico te sientes", dijo, con los dientes juntos. "Así, aprieta."
Apreté.
"Ay, Dios", susurré.
Sentí que se me venía de golpe, desde el vientre, una oleada que me dobló las piernas.
Mordí la manga, cerré los ojos y me vine temblando, sin ruido, con el camión rebotando debajo de nosotros.
Él me siguió medio segundo después.
Se salió de mí a tiempo, jadeando en mi nuca, y se terminó contra el pliegue de mi falda, caliente, abundante, un chorro largo que me empapó la tela por debajo.
Se subió el cierre con una mano temblorosa.
Yo me bajé la falda con otra.
Nadie nos había visto.
El camión se detuvo en Ciudad Universitaria y la gente empezó a bajar en una oleada.
Él se bajó antes que yo.
No se atrevió a mirarme.
Esperé a que se fuera la bolsa de gente, y cuando di el primer paso, vi algo en el suelo, junto al tubo.
Una credencial plastificada que se le había caído del bolsillo.
La levanté.
Tenía su foto, sus anteojos, la barba.
"Ulises Cordero Vega. Posgrado en Psicología. Profesor adjunto, Introducción a la Psicología, grupo 1104."
Mi primer salón del día era el grupo 1104.