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La Sombra Del Pastel, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Veintidós velas

En su cumpleaños, Andreína le pide a su padrastro que la lleve a ver una película de adultos, y él acepta.

El día que cumplí veintidós años, le pedí a mi padrastro que me llevara a ver una película para adultos.

Fue en el balcón de su casa, en El Paraíso, a las diez de la noche, con el pastel de chocolate en la mesa y veintidós velas encendidas.

Gustavo Arismendi acababa de cantarme el cumpleaños.

Lo cantó desafinado, con esa voz grave que hacía vibrar los vasos, y yo me había reído hasta que me dolió la barriga.

"Pide un deseo", dijo.

"Ya lo pedí."

"Sopla."

"Primero quiero mi regalo."

"Te lo di. Es el reloj."

"Es un reloj precioso."

"Entonces."

"Pero no es lo que quiero."

Se recostó en la silla, con las mangas de lino arremangadas y los antebrazos apoyados en la mesa.

Tenía cuarenta y un años, el pelo negro con canas en las sienes, una barba corta y unas manos enormes que yo llevaba un año y medio tratando de no mirar.

Se había casado con mi mamá cuando yo tenía veinte.

Mi mamá se había ido hacía catorce meses, a Panamá, con un hombre que tenía un yate.

Y Gustavo me había dejado quedarme.

"¿Y qué quieres?", preguntó.

"Quiero ver una película de adultos."

Se le quedó la mirada fija.

"¿Cómo?"

"Una película de adultos. De las que no se ponen en el cine."

"Andreína."

"Y quiero verla en tu sala."

"Andreína."

"Contigo."

Gustavo se pasó la mano por la cara.

Apoyó los codos en las rodillas.

La luz de las velas le daba un brillo cobrizo en los ojos.

"No."

"¿Por qué no?"

"Porque soy tu padrastro."

"Eres el marido abandonado de mi mamá. Y tengo veintidós años."

"Eso no cambia..."

"Cambia todo. Soy mayor de edad. Tú eres adulto. Yo trabajo en tu cine desde hace un año. Conozco la cabina mejor que tú."

"Sigo siendo..."

"Gustavo."

Me incliné sobre la mesa.

"En la facultad vi una película así en un cineclub. Con veinte personas. Y me quedé con las manos temblando, sin saber por qué."

Lo dije con la voz firme, mirándolo a los ojos.

"Quiero verla con alguien que me explique. Y no quiero que sea otro."

Se hizo un silencio muy largo.

Un perro ladró en la calle.

Gustavo cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, tenía la mandíbula tensa.

"Sopla las velas."

"¿Entonces?"

"Sopla."

Soplé.

Las veintidós llamas se apagaron de una vez.

El balcón quedó a oscuras.

Se oyó el crujido de su silla al levantarse.

"Te espero en la sala dos", dijo, desde la oscuridad. "A las doce."

El corazón me dio un salto.

"¿En serio?"

"Y lleva el pastel."

Lo oí entrar a la casa, con pasos lentos, pesados.

Me quedé sola en el balcón, con las manos temblando sobre el mantel.

El Cine Alameda ocupaba una esquina de la avenida Urdaneta, en un edificio de 1952 con una fachada de piedra y una marquesina de neón.

Tenía una sala grande, con cuatrocientas butacas, y una sala dos, más chica, que Gustavo había restaurado para funciones privadas.

Doce asientos de terciopelo rojo, un proyector propio y una pantalla del tamaño de una pared.

A las doce menos cinco abrí la puerta lateral con mi llave.

Crucé el lobby a oscuras, con el pastel en una bandeja y el vestido verde que me había puesto para la cena.

Corto, de tirantes, hasta medio muslo.

Me temblaban las rodillas.

En la sala dos ya estaba encendida la luz del proyector.

Gustavo estaba sentado en la tercera fila, en la butaca del centro, de espaldas.

Se había quitado el saco.

Llevaba la camisa blanca desabrochada en el cuello.

Dejé el pastel en el asiento de al lado.

Me senté a su derecha.

Nos quedamos en silencio.

La pantalla era un rectángulo blanco, vacío.

"Hay una condición", dijo.

"Dime."

"Que después de esto no vuelvas a decirme que no sabes lo que quieres."

"Siempre lo he sabido."

Asintió.

Levantó la mano y le hizo una seña a la cabina.

Yo sabía que no había nadie.

Él mismo había dejado la película montada.

Antes de que empezara, encendí una sola vela del pastel con el encendedor de la dulcería.

La llama tembló en la penumbra.

La luz del proyector cruzó el pastel, y su sombra enorme cayó sobre el borde de la pantalla, como una montaña negra.

El proyector zumbó.

La pantalla se llenó de luz.

Empezó la película.

No diré el título.

Fue una película vieja, de los años setenta, en colores desvaídos, filmada en una casa de playa.

Un hombre y una mujer, en una cama, bajo una sábana blanca.

Al principio solo se besaban.

Después él le bajó el tirante de la camisa.

Después ella se arqueó, con los ojos cerrados.

Yo sentí un cosquilleo que me subió por las piernas.

Cruzé los tobillos.

Apreté los muslos.

La mujer de la pantalla gimió.

Ese sonido me recorrió la columna como un hilo eléctrico.

Estaba empapada.

No lo quería, pero lo estaba.

Los muslos me ardían, y me los apreté con más fuerza, tratando de aguantar esa corriente que no me dejaba pensar.

Gustavo no se movía.

Mantenía los ojos en la pantalla, con la mandíbula rígida.

Su respiración era más honda que antes.

Me llevé la mano a la cara.

Estaba ardiendo.

"Andreína."

"Dime."

"Mírame."

Giré la cabeza.

Estaba a un palmo de distancia, con la luz de la película bailándole en la cara.

Tenía los ojos oscuros y fijos.

"Dime qué sientes."

"Calor."

"¿Dónde?"

Tragué saliva.

"Aquí."

Le tomé la mano, que descansaba sobre el brazo de la butaca, y la puse sobre mi muslo desnudo.

Se le endureció la mandíbula.

Su palma abarcaba casi toda la pierna.

Estaba caliente, áspera, enorme.

Dejó la mano quieta un segundo.

Después empezó a subir, muy despacio.

Por el borde del vestido, por la cara interna del muslo.

Me abrí sin pensarlo.

Contuve el aire.

Sus dedos llegaron al encaje del calzón y se detuvieron.

"¿Te vas a portar bien?", preguntó, con la voz ronca.

Lo miré.

Sonreí, y las lágrimas me brillaron en los ojos.

"No."

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