La Villana Eligió al Íncubo, novela · Capítulo 1 de 16
Capítulo 1: Las firmas
Irene pide el divorcio, Dionisio acepta con indiferencia, y los comentarios flotantes la hacen decir que no se divorcien.
Durante tres años, Dionisio Salvatierra y yo fuimos esposos solo de nombre.
Un contrato firmado ante notario, dos alas separadas de una casa enorme en La Calera, y desayunos servidos en silencio a los dos extremos de la misma mesa.
Él era el director ejecutivo de Salvatierra & Hijos, la inversora más poderosa de Bogotá.
Y era también un íncubo, aunque el mundo lo supiera solo a medias.
Yo era Irene Valdivieso, veintiocho años, hija de un textilero en quiebra que había vendido a su única hija para salvar una fábrica.
La mañana del divorcio llegó con sol y con café frío.
Dionisio me esperaba en su despacho, sentado detrás del escritorio de nogal, con las manos cruzadas sobre un documento.
Traje negro, camisa gris, el pelo peinado hacia atrás.
Aparentaba treinta y dos años.
Tenía doscientos catorce.
"Siéntate", dijo, sin levantar la vista.
Me senté.
Frente a mí, sobre el cuero verde del escritorio, estaba la solicitud de disolución del vínculo.
Yo misma la había redactado la semana anterior.
Tres cláusulas.
Una firma suya, una mía.
"¿Estás segura?", preguntó.
No era una pregunta de verdad.
Era el tono con que se pregunta la hora.
"Sí."
"Entonces firma."
Tomó la pluma, escribió su nombre con trazo seco, y me la pasó.
Ni siquiera me miró.
Sentí algo apretarse en el pecho, un dolor viejo, tan acostumbrado que ya casi era un aliado.
Tres años de silencio.
Tres años en los que yo me había asegurado de ser una esposa insoportable, para que él no se acercara, y para no acercarme yo.
Y él, que no se acercó.
Acerqué la pluma al papel.
Entonces, sobre su cabeza, apareció algo.
Primero pensé que era un reflejo del sol.
Una línea de letras blancas, flotando en el aire, a la altura de su frente.
Parpadeé.
Seguía ahí.
"Maldito obsesivo. Ya mandó hacer las cadenas y los juguetes del sótano a la medida de Irene Valdivieso. ¿A quién pretende engañar con esos modales de caballero?"
Se me heló la mano.
Miré a Dionisio.
Seguía con la vista en sus papeles, inexpresivo.
No parecía haber visto nada.
Otra línea se desplegó junto a la primera.
"Irene, apenas firmes, vas a quedar encerrada. Cuando despiertes, ya no habrá distancia entre tú y Dionisio."
Y otra más.
"¡Por fin viene el encierro! Ese sexo cargado de odio va a estar buenísimo. Dicen que su verdadera forma tiene púas. Después de todo lo que hizo Irene, se merece acabar con la mirada perdida…"
Las letras blancas se acumulaban, tímidas, flotando sobre su cabello negro.
Cada una firmada con un nombre diferente.
LectoraNocturna.
Pálida_Condesa.
ElGuardián.
Un coro de desconocidos, invisible para todos menos para mí.
Lo leí todo con la boca seca.
Una última línea apareció, más lenta que las demás.
"Ay, Irene, qué torpe eres. Si durante estos años lo hubieras tratado bien aunque fuera una sola vez, ese loco enamorado se habría arrodillado para convertirse en tu perro más fiel. No habría terminado deformando su amor hasta convertirlo en odio…"
La pluma tembló tanto que dejó un punto de tinta sobre el papel.
Dionisio levantó la vista.
"¿Pasa algo?"
Lo miré.
Sus ojos oscuros no tenían expresión.
Detrás de esa mirada de mármol había, quizás, algo más.
Una grieta mínima.
Tres años de desayunos silenciosos me dieron, de pronto, otro significado.
Recordé las veces que lo vi detenerse frente a mi puerta sin tocar.
Las flores que aparecían en mi estudio y que yo hacía tirar.
La mano que se le cerraba en un puño cada vez que yo le contestaba mal.
Dejé la pluma sobre la mesa.
"Creo que será mejor que no nos divorciemos", dije.
Hubo un silencio.
No se movió.
Pero los comentarios sobre su cabeza se llenaron de signos de exclamación, y yo, que era la única que los veía, tuve ganas de reír y de llorar al mismo tiempo.
"No hay causa para anular una solicitud ya firmada por una parte", dijo él, muy bajo.
"Hay una causa. Cambié de opinión."
"Por qué."
"Porque me dio la gana."
Sus dedos se cerraron sobre el borde del escritorio.
Por primera vez en tres años, lo vi inclinarse hacia adelante.
Me escrutó con una atención que me erizó la piel.
"Muy bien", dijo, despacio. "Entonces tendremos que renegociar."
Abrió un cajón, sacó un papel y lo deslizó sobre la mesa.
Una sola cláusula, escrita a máquina.
Una prórroga de seis meses al contrato, con una condición debajo, subrayada en tinta negra.
La leí dos veces.
"Duermes en mi cama, todas las noches, desde hoy."
Levanté la cabeza.
Dionisio sostenía mi mirada, con los labios apenas torcidos.
"Si lo aceptas", dijo, "no habrá divorcio."