Me acusó de ladrona… así que le destruí la vida, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La reunión
Una becaria acusa a Marisel de ladrona delante de cuarenta ejecutivos; Ernesto la mira con frialdad y ella responde 'nada'.
Durante tres años usé las conexiones de mi familia para meterle a Grupo Mallol más de trescientos millones de dólares en contratos.
Esa mañana de lunes, en la sala de juntas del piso treinta, una becaria de cuatro meses se paró delante de cuarenta ejecutivos.
Me señaló con un puntero láser.
"Con todo respeto, señora Tejada."
Se llamaba Yaritza Icaza.
Veintitrés años, gafas de pasta, blazer rosado, una carpeta bajo el brazo y una sonrisa de quien se sabe protegida.
Había entrado en septiembre.
Yo la había saludado dos veces en el ascensor.
"Preparé un análisis de gastos y asistencia de la Dirección de Alianzas", dijo, y apretó un botón.
La pantalla del fondo se iluminó.
Una tabla roja y verde, con mi nombre en el encabezado.
"En los últimos doce meses, la señora Tejada tuvo cuarenta y seis ausencias injustificadas."
Un murmullo recorrió la mesa.
"Además presentó reportes de gastos por ochocientos mil dólares en clubes exclusivos y restaurantes."
Pasó una diapositiva.
Los recibos aparecieron uno por uno: el Club Unión, un restaurante de Casco Viejo, un bar de la Cinta Costera.
"Cada cuenta supera los dos mil dólares. Son gastos completamente innecesarios."
Me mantuve quieta.
Mis manos descansaban sobre la mesa, una sobre otra.
A mi derecha, el director financiero evitaba mirarme.
A mi izquierda, una gerente de recursos humanos se concentraba en su libreta.
Yaritza respiró hondo, como quien ha ensayado la frase frente al espejo.
Después se volvió hacia la cabecera.
"Señor Mallol, le sugiero que despida a la señora Tejada de inmediato. Así protegerá el flujo de caja de la empresa."
El silencio fue completo.
Entonces miré a Ernesto.
Ernesto Mallol, treinta y un años, director general desde hace cuatro.
Mi compañero de pupitre en el colegio, el que me copiaba matemáticas y lloró cuando murió mi papá.
Él sabía perfectamente cuánto dinero había salido de cada una de esas cenas.
Sabía que el Club Unión era donde cerré el contrato de los hoteles de Bocas del Toro.
Sabía que el restaurante de Casco Viejo era donde una naviera danesa firmó con nosotros por doce años.
Sabía que la noche del bar de la Cinta Costera, un exportador de café pidió tres botellas de ron.
Sabía que yo me quedé hasta las cuatro de la mañana, bebiendo con él, para sacarle una firma.
Lo sabía todo.
Aun así, me sostuvo la mirada con una frialdad que nunca le había visto.
"Marisel", dijo, sin levantar la voz. "¿Qué tienes que decir sobre las ausencias y los gastos que Yaritza acaba de presentar?"
Todos los ojos de la sala se clavaron en mí.
Podía haber hablado.
Podía haber dicho cuarenta nombres de clientes, cuarenta fechas, cuarenta contratos.
Podía haber explicado el porqué de cada noche, cada copa, cada vuelo de madrugada.
Pero vi la cara de la becaria, tensa por la expectativa.
Vi la mano de Ernesto, apretada alrededor de su bolígrafo de oro.
Y entendí algo.
No era un malentendido.
Era un plan.
Sonreí.
"Nada", respondí.
Ernesto parpadeó.
"¿Nada?"
"No tengo nada que decir."
"Marisel, esto es grave."
"Ya lo noté."
"Podría constituir una falta que justifique tu despido con causa."
"Entonces despídeme."
La sala contuvo el aliento.
Yaritza me miró, perdida.
Ella había esperado una pelea.
Un llanto, una excusa, un ataque.
No una indiferencia limpia.
Ernesto se pasó la lengua por los labios.
"Voy a... a suspenderte con efecto inmediato mientras se investiga."
"Perfecto."
"Entrega tu carnet y tu laptop a Recursos Humanos."
"Tendrás la laptop en tu escritorio en una hora."
Me puse de pie.
Alisé mi falda gris.
Recogí mi bolso de la silla y mi libreta de la mesa.
Al pasar junto a Yaritza, me detuve.
Era más baja que yo.
Se encogió apenas.
"Buen trabajo", le dije. "De verdad. Ordenaste muy bien los recibos."
Ella no supo qué responder.
Salí de la sala.
Me siguieron los murmullos, las sillas arrastradas, algún jadeo, alguien que decía "pobre".
Nadie corrió tras de mí.
En el pasillo, junto a los ascensores, me recosté un segundo contra la pared de cristal.
Desde allí se veía la bahía de Panamá entera, con los barcos esperando turno en el canal.
Mil barcos.
Una cuarta parte de ellos llevaban contenedores que yo había traído.
Apreté el botón.
Las puertas se abrieron.
Entré sola.
Marqué un número en el teléfono con la mano firme.
Al segundo timbre, contestó una voz de hombre mayor.
"Despacho jurídico, buenas tardes."
"Habla Marisel Tejada. ¿Recuerda lo que hablamos el mes pasado?"
"Perfectamente."
"Es hoy."
Un silencio.
"¿Está segura?"
"Mande las cartas."