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Me Exhibió por una Canasta Navideña, novela · Capítulo 4 de 16

Capítulo 4: El ruego

El miércoles reuní a todos los empleados en el salón de baile del hotel del Condado.

Cuatrocientas personas, de pie o sentadas en el suelo, en un silencio que podía cortarse con cuchillo.

Subí al escenario con un micrófono inalámbrico.

Llevaba un traje sencillo de lino azul, el pelo recogido, y el estómago hecho un nudo.

Clemente estaba en un costado, de brazos cruzados, apoyado contra una columna.

Arnaldo no estaba.

Alondra tampoco.

"Buenas tardes."

"Buenas tardes, doña Wilmarie", respondió la sala.

"Primero quiero agradecer a quienes están aquí. Sé que muchos tuvieron que dejar su turno. Lo vamos a reponer."

Respiré.

"Segundo. Quiero decirles lo que pienso."

Me miraron.

Había rostros que conocía desde hacía años.

Camareras que me habían traído café a las seis de la mañana.

Un portero que cargó a mi mamá cuando ya no podía caminar.

Una muchacha de la lavandería a la que le firmé la carta para el banco.

"Hace una semana, una compañera suya dijo en las redes que yo era tacaña."

"Me dolió."

"Pero me dolió más lo que vino después: que ustedes hayan creído que Casa Brisa no les daba nada."

Silencio.

"Desde hace cuatro años reparto doscientos dólares en cada fiesta y en cada cumpleaños."

"No es dinero de la empresa."

"Es mío."

"Lo hago porque mi mamá me enseñó que a un empleado hay que darle las gracias con algo que pueda sostener en la mano."

Una mujer del fondo lloraba.

"Nunca lo anuncié porque me parecía de mal gusto."

"Hoy lo digo porque los insultos de estos días no son contra la señora Figueroa."

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