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Me Fui al Mundo que Sí me Amaba, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: El crucero

En la boda de Rafaela y Florencia, Isidora salta al mar para volver a casa, y una mujer se lanza tras ella.

Rafaela Undurraga caminó hasta el altar con sus propias piernas, y yo no lloré.

Los doscientos invitados se pusieron de pie en la cubierta del crucero, con las copas en la mano.

El sol de la tarde caía sobre el puerto de Valparaíso, y el mar olía a sal y a flores blancas.

Yo estaba en la última fila, de pie junto a una columna, con un vestido azul que alguien me había prestado.

Nadie me había invitado.

Había entrado con el carné de una amiga de una amiga.

Rafaela llevaba un vestido de seda color hueso y un bastón de madera clara.

Caminaba despacio, con la espalda recta y la barbilla en alto.

Ocho meses antes no podía mover los dedos de los pies.

Yo había pasado esos ocho meses empujándole las piernas, una por una, en una sala de rehabilitación a las seis de la mañana.

Al final del pasillo la esperaba Florencia Maturana.

Era una chica de veinticuatro años, rubia, con un vestido de encaje y una sonrisa de afiche.

Le tomó la mano a Rafaela y se la besó.

Los invitados suspiraron.

Dentro de mi cabeza, la voz del sistema sonó como siempre, neutra y amable.

"Objetivo cuatro, Rafaela Undurraga. Afecto actual hacia usted: cero por ciento."

Cerré los puños.

"Objetivos uno, dos y tres. Afecto actual: cero, cero y cero."

Miré hacia las primeras filas.

Antonia Urrutia, la cantautora, estaba sentada con los ojos húmedos y una chaqueta de cuero sobre el vestido.

Francisca Riquelme, la cirujana, se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.

Maite Galdames, la dueña de la logística, se había puesto de pie para aplaudir.

Las tres miraban a Florencia con una ternura enorme.

Yo había intentado conquistar a cada una de ellas durante dos años.

Había escrito la letra de una canción para Antonia.

Había pagado una deuda para Francisca.

Había salvado la empresa de Maite con un dato que solo yo conocía.

Ninguna me había mirado jamás como miraban a Florencia en este momento.

"Aviso", dijo el sistema. "Misión fallida. Puntos disponibles: cero. Retorno al mundo de origen: bloqueado."

Se me cerró la garganta.

"Bloqueado, ¿por qué?"

"Condición no cumplida: ningún objetivo alcanzó el cien por ciento de afecto."

Rafaela y Florencia dijeron "sí, acepto", al mismo tiempo.

Todos aplaudieron.

La música subió.

Retrocedí un paso, y luego otro, hasta que sentí el pasamanos de metal contra la espalda.

Detrás de mí estaba el mar.

Pensé en mi mamá, sola en su departamento de Concepción, regando las plantas del balcón.

Pensé en mi escritorio de correctora, con el diccionario abierto y la taza de té frío.

Sentí unas ganas inmensas de volver a casa.

Las sentí tan fuertes que me dolía el pecho.

"Sistema", susurré, "¿hay otra forma de volver?"

La voz tardó dos segundos en responder.

"Existe una salida de emergencia: salida del mundo por inmersión."

"¿Qué significa eso?"

"Si el cuerpo de la usuaria se sumerge en el mar durante noventa segundos, el contrato termina y el retorno se activa."

Miré el agua oscura.

Estaba a seis metros de profundidad, o diez, o veinte.

Tenía un olor limpio.

"¿Es seguro?"

"El retorno está garantizado."

No pregunté más.

Me quité los zapatos prestados, los dejé junto a la columna y trepé al pasamanos.

Nadie me miró.

Todos estaban de espaldas, con los ojos puestos en las novias.

La falda azul se me pegó a las piernas con el viento.

Cerré los ojos y me dejé caer.

El agua me golpeó como una puerta de hierro.

Estaba helada y salada, y me llenó la nariz y los oídos en un segundo.

Pataleé sin querer.

El cuerpo trataba de subir aunque yo ya había decidido que no.

Me hundí.

La luz del puerto se hizo verde y luego gris.

Conté.

Uno, dos, tres.

A los veinte, empecé a tener miedo.

A los treinta, sentí que alguien más había entrado al agua.

Una sombra grande bajaba hacia mí con el brazo extendido.

Me agarró por la cintura con una fuerza que no esperaba.

Pateó hacia arriba, firme, cortando el agua con la espalda.

Salimos a la superficie entre toses y espuma.

Alguien arriba gritó.

Una cuerda cayó desde la cubierta, y la mujer que me sostenía me la puso en las manos.

"Agárrate."

Tenía la voz grave y baja, y el pelo negro pegado a la cara.

"Agárrate, ¡ahora!"

Subimos entre varios marineros.

Me tendieron sobre las tablas, tosiendo agua, con una manta sobre los hombros.

La mujer se arrodilló a mi lado, empapada de pies a cabeza, con el traje oscuro hecho una ruina.

Respiraba fuerte.

Me miró con unos ojos negros sin ninguna dulzura.

Los invitados se habían acercado, formando un círculo.

Alguien dijo su nombre en voz baja.

"Es Amaranta Salcedo."

Se me detuvo el pulso.

Conocía ese nombre.

Era la villana de la novela.

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