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Me Fui al Mundo que Sí me Amaba, novela · Capítulo 3 de 16

Capítulo 3: El video

Florencia llora en un video, aparece en el hospital con las cuatro, y Amaranta las echa.

"No salté para llamar la atención", le dije a Rafaela.

"¿Y para qué saltaste?"

Miré las luces de la costanera pasar por la ventanilla.

No podía decirle la verdad.

"Quise irme sin hacer ruido."

"Pues hiciste ruido. Mi madre se descompuso, la prensa sacó fotos y mi esposa pasó la noche llorando."

"Tu esposa."

"Sí, mi esposa. No te acerques a nosotras otra vez."

Cortó.

Me quedé con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el silencio.

Amaranta, a mi lado, miraba al frente.

"No diga nada", pidió. "Mañana habrá tiempo."

Dormí doce horas en una cama del tamaño de mi departamento.

La suite del Hotel Salcedo, en Viña del Mar, tenía un ventanal que daba a la bahía, una bañera de mármol y una bandeja de desayuno con jugo de naranja recién exprimido.

Un médico de guardia me revisó el pecho y los oídos, y dijo que estaba entera.

Cuando se fue, encendí el televisor.

En todos los canales de farándula salía mi cara.

Alguien había grabado el salto desde la cubierta.

En el video se me veía trepar al pasamanos con el vestido azul y dejarme caer al agua, mientras al fondo sonaba un vals.

Debajo corría un letrero rojo:

"Fanática obsesiva se arroja al mar en la boda de la heredera Undurraga."

Se me secó la boca.

Mi teléfono marcaba treinta mil notificaciones.

Abrí la primera.

Era un video de Florencia Maturana, publicado a las siete de la mañana.

Estaba sentada en un sofá blanco, con los ojos hinchados, el pelo recogido en una trenza suelta y un jersey rosa pálido.

"Quiero hablarles con el corazón", decía, con la voz temblorosa. "Ayer fue el día más feliz de mi vida, y también el más triste. Una chica a la que Rafaela y yo habíamos ayudado mucho, Isidora, sufrió una crisis. Nunca quise que se sintiera sola. Les pido que no la juzguen."

El video tenía cuatro millones de vistas.

En los comentarios, la gente escribía corazones y mensajes de apoyo para Florencia.

Algunos escribían cosas peores para mí.

Apagué el teléfono.

A las doce del día, alguien golpeó la puerta de la suite.

Amaranta entró sin esperar respuesta.

Llevaba un traje gris oscuro y una carpeta bajo el brazo.

"Tiene visitas. Están en el salón de abajo, y no las dejé subir."

"¿Quiénes?"

"Las cinco."

Sentí que se me caía el estómago.

"No quiero verlas."

"Entonces las echo."

"No." Respiré hondo. "Quiero verlas."

Amaranta me miró.

"¿Está segura?"

"Si no las veo ahora, voy a pasarme la vida imaginando lo que dirían."

Me puse unos pantalones y una blusa que alguien había dejado en el clóset, con la etiqueta todavía colgando.

Bajamos juntas en el ascensor.

El salón del hotel era un espacio amplio de mármol claro, con sillones de terciopelo y un piano de cola.

Las cinco estaban de pie, en un semicírculo.

Rafaela, con el bastón y una expresión rígida.

Florencia, a su lado, con los ojos rojos y un pañuelo bordado.

Antonia, con los brazos cruzados.

Francisca, seria, con su abrigo de médica sobre un vestido gris.

Maite, mirando el reloj.

Nadie me saludó.

Florencia dio un paso al frente.

"Isidora, qué alivio verte bien."

"Gracias."

"Estábamos tan preocupadas."

"Ya vi."

Se puso la mano en el pecho.

"Sé que lo pasaste mal. Yo también tengo momentos oscuros. Quiero que sepas que no estás sola."

Antonia soltó un bufido.

"Flor, no hace falta que seas tan buena con ella."

"Es que es una persona que necesita ayuda."

Francisca habló sin rodeos.

"Isidora, como médica te lo digo: necesitas un tratamiento psiquiátrico. Lo que hiciste fue un intento de suicidio."

"No fue eso."

"¿Entonces qué fue?"

No contesté.

Maite se cruzó de brazos.

"Mira, nadie quiere ser cruel. Pero llevas dos años rondándonos a todas. Primero Antonia, luego Francisca, luego yo. Y ahora Rafaela."

"No las rondaba."

"Mandabas regalos, flores, mensajes. Entiendo que te sientas sola, pero eso se llama acoso."

Los ojos de Rafaela se clavaron en los míos.

"Yo creí que eras mi amiga", dijo, bajito. "Y resulta que me seguías."

Algo se me apagó por dentro.

Nadie preguntó por qué había hecho cada cosa.

Nadie recordó la sala de rehabilitación a las seis de la mañana.

"Tienen razón", dije. "No debí. Perdón."

Florencia sonrió con una tristeza perfecta.

"Qué bueno que lo reconozcas."

Fue Amaranta quien rompió el silencio.

"Ya está."

Todas se volvieron a mirarla.

Estaba de pie junto al piano, con las manos en los bolsillos del pantalón.

"La señorita Ahumada es mi huésped. Si quieren seguir insultándola, que lo hagan en la calle."

"Amaranta", dijo Rafaela, "nosotras solo..."

"Le doy cinco minutos al grupo para salir de mi hotel. Después los saca seguridad."

Hubo un jadeo colectivo.

Francisca palideció.

Antonia murmuró algo sobre la villana.

Salieron una por una, con la cabeza gacha, mirando a todas partes menos a mí.

Florencia fue la última.

Al pasar a mi lado, se detuvo.

Se inclinó hacia mi oído, con su perfume a vainilla.

Ya no tenía lágrimas, ni temblor en la voz.

"Tienes un sistema de conquista, ¿verdad?", susurró. "Qué lindo. El mío es mucho mejor."

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