Me fui embarazada del Don mafioso, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: El video
Luciana despierta en la cama del Don y un video de su pasado se vuelve viral. Corre a buscarlos y los oye admitir que lo filtraron a propósito.
Ottaviano me despertó con la boca en el hombro y la mano abierta sobre mi vientre.
Estaba de lado, pegado a mi espalda, con la respiración caliente en mi cuello.
"Cinco meses", murmuró. "Y ya patea."
"Patea porque tú lo despertaste."
"Ese es mi hijo."
"Es una niña, Ottaviano. Lo siento aquí."
"Entonces es mi hija, y también patea."
Reí, con los ojos todavía cerrados.
Afuera, Nueva York se encendía de a poco detrás del ventanal.
Era la primera mañana en tres días en que él no se había ido antes del amanecer.
Anoche había vuelto Antonella.
No lo vi con mis ojos.
Me lo contó Rinaldo, mi hermano, mientras servía el vino.
"Apareció en el club. Dice que quiere hablar con Ottaviano."
"¿Qué le dijo él?"
"Se rió. Dijo que ella se fue hace cuatro años sin decir una palabra y que no hay vuelta atrás."
Yo había querido creerle.
Rinaldo me tomó la mano por encima de la mesa.
"Ella ya no es de esta familia, Lu. Mi única hermana eres tú."
Se lo creí.
Por eso esa mañana dejé que la mano de Ottaviano bajara por mi vientre hasta el borde de mis bragas.
"Buenos días, señor Don", susurré.
"Buenos días, maestra."
Me besó el cuello y deslizó los dedos entre mis muslos.
Estaba caliente y mojada desde antes de despertarme.
Gemí bajito.
"Ya veo que dormiste bien."
"Soñaba contigo."
"¿Qué hacía yo?"
"Esto."
Me volví hacia él.
Su boca encontró la mía, lenta, con sabor a café y a sueño.
Le quité la camiseta.
Tenía el pecho ancho, con un tatuaje de rosas negras sobre el corazón, y lo recorrí con las uñas hasta que se estremeció.
Ottaviano me bajó las bragas con un solo movimiento.
Se acomodó detrás de mí, de lado, cuidando mi vientre con la mano.
Entró despacio, hasta el fondo, y los dos soltamos un suspiro.
"Despacio", pedí.
"Siempre despacio contigo."
"No siempre."
Rió contra mi oreja.
Se movía con embestidas largas, profundas, y su mano en mi cadera me guiaba al ritmo.
Con la otra me acariciaba el clítoris, en círculos pequeños, sin apuro.
Sentí que subía una ola desde las rodillas.
"Ottaviano..."
"Así, mi amor."
"No pares."
"No pienso parar."
Aceleró un poco, lo justo.
El colchón crujió.
Me aferré a la almohada, gimiendo con la boca abierta, mientras su verga me llenaba una y otra vez.
"Dilo", pidió, mordiéndome el hombro.
"Soy tuya."
"Más fuerte."
"Soy tuya, Ottaviano."
Me vine con un grito largo, sacudida, apretándolo adentro, y él me siguió con un gruñido ronco, vaciándose en mí.
Nos quedamos quietos.
Su mano seguía sobre mi vientre.
Debajo de ella, mi niña dio una patada tranquila.
"Ya la hicimos enojar", dijo él.
"Está celebrando."
Me besó la sien.
"Quédate así un rato."
"Tengo clase de piano a las diez."
"Cancela."
"Tengo ocho alumnos."
"Cancela a siete."
"¿Cuál me quedo?"
"El mío."
Me reí hasta que sonó el teléfono.
No era el mío.
Era el suyo, vibrando sobre la mesa de luz.
Ottaviano lo miró y su sonrisa se fue.
"Rinaldo", dijo, y contestó. "Dime."
Escuché la voz de mi hermano al otro lado, rápida, tensa.
Ottaviano se incorporó de golpe.
Lo vi palidecer.
"¿Cuántas visitas?", preguntó. "¿Quién lo subió?"
Colgó.
Me miró de una manera que no le conocía.
"Lu, no mires tu celular."
"¿Por qué?"
"Voy a ver de qué se trata. Quédate aquí."
Pero ya había tomado el mío.
La pantalla estaba llena de notificaciones.
Un video, publicado hacía una hora, con ocho millones de visitas.
Lo abrí.
Era una grabación oscura, con la luz amarilla de una cocina.
Un hombre corpulento, borracho, con un cinturón de cuero enrollado en la mano.
Una muchacha de rodillas, con el pelo cubriéndole la cara, que gritaba.
El hombre le pegaba.
Una vez.
Otra vez.
Otra.
La muchacha era yo.
Yo, a los veinticuatro años, en la cocina de la casa de mi padre.
El título decía: "La intocable princesa Esposito: así la trataban antes".
Debajo, miles de comentarios.
"Pobrecita."
"Qué asco."
"La princesa de la mafia, ahora embarazada del Don."
"Ahora todo el mundo sabe de dónde viene."
Se me enfrió la sangre.
Ottaviano me quitó el teléfono.
"Lu, mírame."
"Ese video lo grabó alguien."
"Voy a averiguar quién."
"Estábamos solos. Solos. Mi padre y yo."
Me levanté.
Me puse el vestido sin los zapatos.
"¿Adónde vas?"
"A buscar a Rinaldo."
"Lu, espera. Voy contigo."
"No. Quédate."
No sé de dónde salió mi voz.
Era tranquila, hueca, de otra persona.
Bajé en el ascensor privado, crucé el vestíbulo en medias, y paré un taxi en la calle.
Llegué al club cuarenta minutos después.
El auto negro de Ottaviano ya estaba en la entrada, con el motor frío.
Había llegado antes que yo.
Entré por la puerta de servicio, la que solo usábamos la familia, y subí por la escalera trasera.
Tenía la cara húmeda y no sabía cuándo había empezado a llorar.
Frente a la puerta del despacho, sobre el pasillo alfombrado, me detuve.
Las voces se oían desde adentro.
Primero la de ella, empalagosa, melosa.
Antonella.
"Rinaldo, Ottaviano... ¿filtrar ese video? ¿No fue demasiado cruel? Luciana está embarazada."
Mi hermano contestó enseguida.
"De eso se trataba. El embarazo debería ablandarla. Si no declara contra papá, el fiscal no tiene caso."
"Y ella ha estado paseándose como si fuera la dueña de todo", añadió Antonella, "dejándome a mí fuera."
"Necesitaba que se sintiera sola", dijo Rinaldo. "Para que pidiera ayuda."
Y entonces oí la risa baja de Ottaviano.
La misma risa que me había enamorado.
"No te preocupes por Luciana", dijo. "No puede hacernos nada. Y es demasiado blanda como para hacerle daño a nuestro hijo."
Algo dentro de mí se rompió sin ruido.
Me llevé las manos al vientre.
Mi niña se quedó quieta.
Me di la vuelta y bajé la escalera descalza, sin que nadie me oyera.
En la calle, bajo la lluvia fina, abrí la aplicación de la aerolínea con el dedo temblando.
Compré un pasaje de ida a Santiago de Chile, esa misma noche, con conexión a Valparaíso.
Solo de ida.