Me ignoró 304 veces: me divorcié, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Trescientas cuatro
Pía espera junto al mar con su padre moribundo mientras Emilio no llega. Cuando él amenaza otra vez con el divorcio, ella acepta.
Le pedí a mi marido trescientas cuatro veces que me acompañara.
Las conté todas, una por una, en una libreta que guardaba en el cajón de mi velador.
La última vez fue anoche, de rodillas en la cocina, con la mano de mi padre todavía tibia en la memoria.
"Solo un día, Emilio", le dije. "Un día en Caleta Horcón. Mi papá quiere ver el mar antes de morirse."
Él ni siquiera levantó la vista del celular.
"Veré cómo me queda la agenda", respondió.
Esa respuesta ya la conocía de memoria.
Aun así, esta mañana empujé la silla de ruedas de mi papá por la rampa de madera hasta la orilla.
Las gaviotas se peleaban por unas sardinas junto a los botes.
El viento olía a sal, a algas y a gasolina vieja, el mismo olor de su taller.
"Aquí, mijita", dijo mi papá. "Párame aquí."
Frené la silla frente a las olas.
Tenía sesenta y seis años y pesaba la mitad que hace un año.
El cáncer le había comido los pulmones, y el médico me había dicho que sería cosa de semanas.
Mi papá se tapó las piernas con la manta que yo había traído y sonrió.
"Qué bonito está el mar hoy."
"Sí, papá."
"Tu marido ya viene, ¿verdad?"
Me temblaron las manos.
"Viene en camino", mentí.
"Qué bueno. Quiero conocerlo mejor antes de irme."
Llevaba ocho años casada con Emilio Cañas, y mi papá lo había visto como cinco veces.
Siempre le salía algo: una reunión, un cliente, un viaje a Santiago.
Miré mi reloj.
Eran las doce y media.
Emilio había prometido ayer, por mensaje, que llegaría a las once.
Le escribí a las doce, a las doce y cuarto, a las doce y veinte.
Ninguno de mis mensajes tenía las dos palomitas azules.
A la una, mi papá empezó a toser.
Le di su agua, le acomodé el gorro de lana y le sostuve la espalda hasta que se calmó.
"No te preocupes por mí", susurró. "Estoy bien aquí."
Después se quedó mirando el horizonte, callado, y yo me quedé mirándolo a él.
A las dos menos veinte, su mano estaba helada dentro de la mía.
Me asusté.
"Papá, ¿tienes frío? Te traigo otra manta."
"No, mijita. Es el mar. Se lleva todo el calor."
Me arrodillé a su lado en la arena, y por un rato solo escuchamos las olas.
Fue entonces cuando el celular vibró en mi bolsillo.
Pensé que era Emilio, y sentí un alivio ridículo.
No era él.
Era una notificación de Instagram, de la cuenta de Jimena Cortés, la vecina de los padres de mi marido.
Una foto nueva.
Emilio, con su chaqueta azul, mirando las nubes tendido en una pradera verde.
Y Jimena, apoyada en su hombro, riendo con los ojos cerrados.
El texto decía: "Lejos del mundo, mientras estés tú."
La hora de la publicación era la una y cincuenta y dos.
Él había estado todo el día con ella.
Mientras yo lo esperaba con mi papá.
Mi dedo resbaló sin que yo lo pensara y la foto se llenó de un corazón rojo.
Un me gusta, sin querer.
Quise borrarlo, pero ya era tarde.
Mi celular vibró otra vez, ahora con el nombre de mi marido.
"¿Cuántas veces tengo que decirte que no molestes a Jimena? Si no sabes controlarte, entonces divorciémonos."
Lo leí sentada en la arena.
Había usado esa palabra tantas veces que ya no recordaba cuántas.
La usaba cuando yo le pedía que cenáramos juntos, cuando le preguntaba por una factura de motel, cuando lloraba.
Esta vez no sentí miedo.
Sentí cansancio.
Miré la silla de ruedas.
Mi papá tenía la cabeza ladeada hacia el mar, los ojos entrecerrados, la boca un poco abierta, como si sonriera.
"Papá."
No se movió.
"Papá, mírame."
Le tomé la cara con las dos manos.
Estaba tibia todavía, pero ya no respiraba.
Grité su nombre hasta que se me cortó la voz.
Alguien corría por la arena hacia nosotros, un hombre ancho de hombros con un suéter azul marino, que dejó caer una soga en el camino.
Me apartó con suavidad y le buscó el pulso en el cuello.
Esperó diez segundos eternos.
Luego levantó los ojos hacia mí y negó con la cabeza.
Mi papá había muerto a las dos y diez de la tarde, mirando el mar, sin ver llegar a nadie más que a mí.
Todavía arrodillada, abrí el chat de Emilio con los dedos entumecidos.
Tecleé despacio, una letra a la vez, para que no hubiera error posible.
"Está bien. Divorciémonos."