Me Torturó por Su Hermana, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La llamada
Tatiana calla ante la policía, mira sin ceder a los suegros que se arrodillan y escucha un mensaje de voz.
Mi cuñada Cristina se arrojó del piso veinticuatro de la Torre Intriago un jueves a las siete y cuarto de la tarde, y su última llamada fue a mi teléfono.
No contesté.
Lo tenía en el bolso, en silencio, mientras revisaba balances en mi oficina del tercer piso.
Lo vi cuarenta minutos después, con una llamada perdida y un mensaje de voz de veintitrés segundos.
Cuando lo escuché, ya sonaban las sirenas abajo.
Tres días más tarde estaba sentada en una oficina de la Policía Judicial de Guayaquil, con una taza de café frío entre las manos y un policía joven frente a mí, con un bolígrafo.
"Señora Intriago."
"Párraga", corregí. "Uso mi apellido de soltera."
"Perdón. Señora Párraga. Según el registro de su cuñada, usted fue la última persona a la que llamó."
"Eso dice el registro."
"¿Contestó?"
"No."
"¿Dejó algún mensaje?"
Miré la taza.
"No recuerdo."
El policía alzó la vista.
Tenía una cara honesta, con granos en la frente.
"Señora, es importante. Hay una investigación abierta. La fiscalía quiere saber si la señora Cristina Intriago dijo algo que pudiera explicar..."
"Ya le dije que no recuerdo."
"¿Seguro?"
"Seguro."
Anotó algo.
Detrás de mí, en el pasillo, se oyó un ruido sordo.
Giré la cabeza.
Por la puerta abierta vi a mis suegros.
Mi suegra llevaba un vestido negro y las perlas torcidas.
Mi suegro, apoyado en su bastón, tenía el rostro descompuesto, de un gris que nunca le había visto.
Cuando me vieron, mi suegra soltó el bolso y se dejó caer de rodillas sobre el piso de baldosas.
"Tatiana, hija."
Mi suegro hizo lo mismo, con un quejido, doblando una pierna y luego la otra.
Los dos quedaron de rodillas en el pasillo, delante de la puerta, mientras dos policías y una secretaria los miraban.
"Por favor", dijo mi suegra, y le temblaba toda la voz. "Si Cristina te dijo algo, aunque sea una palabra... Era nuestra hija. Necesitamos saber por qué."
"Por Dios, Tatiana", dijo mi suegro. "Háblales."
Los miré.
Eran dos ancianos de rodillas, con las manos juntas, suplicando como en una iglesia.
Y yo, de pie, no sentí ni lástima.
"No sé nada", dije.
Mi suegra se llevó las manos a la boca.
Mi suegro cerró los ojos.
Marlon, mi esposo, salió de una oficina contigua con el abogado de la familia.
Llevaba un traje negro, los ojos hundidos y una barba de tres días.
Se detuvo al verlos en el suelo.
"Mamá. Papá. Levántense."
"Hijo", dijo mi suegra. "Dile que hable."
Marlon se acercó a mí.
Me tomó de la mano, suave, con los dedos fríos.
"Tati."
"Estoy bien."
"Sé que fue un golpe. Para ti también."
"Sí."
"Ven. Te llevo a casa."
No me soltó el brazo hasta que salimos del edificio, al sol blanco de la calle.
Subimos a su camioneta en silencio.
En el semáforo de la Nueve de Octubre, Marlon puso su mano sobre mi rodilla.
"Gracias por quedarte callada."
Me volví a mirarlo.
"¿Qué?"
"Entiendo que no quieras hablar con la policía. Yo tampoco. Es nuestra familia." Respiró hondo. "Mi hermana no necesita que la juzguen."
Asentí.
No dije lo que pensaba.
Que Cristina Intriago Vera, treinta y cinco años, seis meses de embarazo, había dejado un mensaje de veintitrés segundos que valía más que todas las preguntas de esa mañana.
Llegamos a nuestro departamento de Samborondón a las dos de la tarde.
Marlon se encerró en el estudio a hacer llamadas.
Yo entré al baño de visitas, cerré con pestillo, abrí el grifo y me senté sobre la tapa del inodoro con el teléfono en las manos.
Busqué el audio.
Lo había escuchado cuarenta veces.
Lo escuché de nuevo.
La voz de Cristina sonó baja, un poco ronca, con el ruido del viento de fondo.
"Tati, soy yo. Marlon no sabe nada. Mamá y papá me obligaron a retirar la denuncia contra Darwin. Dijeron que era por el bien de la empresa."
Una pausa.
El viento.
"Guarda esto. No se lo digas a nadie hasta que puedas probarlo. Tú eres la única que me escucha."
Otra pausa, más larga.
"Cuida a Marlon. Y perdóname."
Un sollozo corto.
"Darwin me va a matar."
Después, nada.
Veintitrés segundos.
Cerré los ojos.
El agua del grifo seguía corriendo.
Detrás de la puerta, en el pasillo, oí los pasos de Marlon que se detenían.
Un segundo.
Dos.
Después se alejaron.