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Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: La silla de ruedas

Abdiel regresa con otra mujer y se burla de Amaranta en su silla; esa noche aúlla de duelo.

Le rompí el corazón a Abdiel Ballesteros a los diecinueve años.

Lo hice con cuidado, con las palabras exactas, mirándolo a los ojos para que no dudara de ninguna.

Era el heredero del Alfa de la Sierra Nevada y mi novio desde que teníamos nueve años.

El niño que me llevaba la mochila del colegio y me enseñó a trepar a los árboles.

Le dije que ya no lo quería.

Lo aparté de mí, día tras día, hasta que se fue a la Fortaleza del Norte.

Allí sirvió a las órdenes de un Alfa extranjero.

Allí pasó siete años.

Siete años en los que no mandó una sola carta.

Siete años en los que yo me fui apagando en una cabaña al pie de la montaña.

La plata me corría por las venas.

Ahora había vuelto.

Había llegado esa mañana con una caravana de camionetas negras, y con una mujer del brazo.

Se llamaba Leticia Tovar.

La hija de la manada de los llanos, la que sellaría la paz entre las dos tribus con su unión.

La ceremonia sería en tres semanas, en el Gran Salón de la sierra.

Y esa misma semana, la bruja de la manada me había dicho cuánto me quedaba.

Tres meses.

"Ponte el vestido azul, hija", me dijo mi madre esa tarde, poniéndome una manta sobre las piernas. "El Alfa viejo ha ordenado que todos los miembros de la manada se presenten ante el heredero."

"No quiero ir."

"Hay que ir."

"Mamá..."

"Por favor."

Tenía los ojos rojos.

Mi madre había envejecido diez años desde que me enfermé, y yo no sabía cómo devolverle ninguno.

Me dejé empujar.

La silla de ruedas crujía sobre el camino de tierra.

En el patio del Gran Salón había cuarenta personas, mesas con arepas y guarapo, y niños corriendo entre las piernas.

Reconocí su espalda antes de verle la cara.

Era más ancha.

Más dura.

Tenía el pelo negro más largo, recogido en la nuca, y una chaqueta de cuero con el escudo de la Fortaleza en el hombro.

Leticia, a su lado, vestía de lino blanco, con el pelo castaño suelto y una sonrisa de muñeca.

Mi madre carraspeó.

Él se volvió.

Sus ojos, oscuros como el café sin azúcar, bajaron sobre mí despacio.

Pasaron por mi cara pálida.

Por los brazos flacos bajo las mangas.

Por la silla.

Se le torció la boca en esa sonrisa cruel y burlona que yo recordaba demasiado bien.

"Vaya, vaya", dijo. "Siete años después y te ves hecha mierda."

Alguien contuvo la respiración.

Mi madre apretó los agarres de la silla.

"¿Ya ni puedes caminar?", añadió.

Sentí cómo me ardía la cara.

Me bajé un poco la manga para ocultar las cicatrices.

Eran marcas plateadas, finas como hilos de telaraña, que me subían por los antebrazos y la espalda.

Huellas de años de tratamientos que no habían servido de nada.

Evité que la voz me temblara.

"Solo me caí y me fracturé algo", dije. "No fue nada."

Soltó una risa breve, sin pizca de gracia.

"Como digas."

Leticia me miró con curiosidad educada.

"Cariño, ¿quién es?"

"Una vieja conocida." Abdiel no apartó los ojos de mí. "Amaranta Zuleta. Estudiamos juntos."

"Encantada", dijo Leticia, alargando la mano. "Qué pena verte así."

"Gracias."

"Abdiel y yo vamos a casarnos en tres semanas." Sonrió. "Me encantaría que fueras mi dama de honor. Eres de aquí, ¿no? Sería un gesto bonito."

Sentí que algo se rompía en mi pecho, muy abajo.

Nadie lo notó.

Abdiel dijo, con frialdad:

"Sí. Deberías ser su dama de honor."

Lo miré.

Tantos años.

Tanto dolor.

Y se plantaba delante de mí con esa sonrisa.

Le devolví la sonrisa.

Con los años, había aprendido a sonreír a pesar del dolor.

"Lo siento", dije con suavidad. "Pero pronto me iré."

El murmullo entre los invitados se apagó.

"¿A dónde?", preguntó él.

"A un lugar muy lejano."

Vi cómo se le endurecía la mandíbula.

Un músculo se le movió bajo la piel.

Vi, también, algo más.

Una grieta.

Tan pequeña que cualquiera la habría confundido con furia.

Palmeé suavemente la mano de mi madre sobre el agarre de la silla.

No dijo nada.

Solo apretó más fuerte, y me sacó de allí.

Me llevó por el camino de tierra, entre las miradas, hasta la cabaña.

No miré atrás.

Esa noche, a las doce, un aullido recorrió la sierra de punta a punta.

Lo reconocí enseguida.

Era el de un lobo Alfa.

Pero no sonaba a furia.

Sonaba a duelo.

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