Mi Nueva Medicina Grande Y Dura, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Se va a escuchar todo
En unas termas de la sierra, con el camino cerrado, Dalia arde de deseo, un compañero la ve en el vapor y ella le pide ayuda al hombre más tranquilo de la empresa.
Llevaba tres días ardiendo, y esa tarde ya no me quedaba ni una pastilla.
Yo le digo la fiebre.
Mi doctora le dice ciclo alto, y lo explica con muy buenas palabras y una sonrisa de pésame.
Tres o cuatro veces al año, mi cuerpo se enciende y no se apaga.
No importa si estoy en la oficina, en el súper o frente a la tele con una pijama de ositos.
Basta una voz grave, o una camisa mal planchada, y yo ya estoy mojada y con las piernas apretadas.
Llevaba dos años sin una racha fuerte, gracias a las pastillas.
Y tenía que surtir la receta el lunes, justo después del paseo de la empresa.
Fue el peor momento para quedarme sin ellas.
Pasaron las fiestas de septiembre, y Transportes Sierra Norte nos subió a todos a un autobús rumbo a las termas de San Isidro, en la Sierra Gorda.
Era mi primer paseo con la oficina.
Brenda me había arrastrado, y yo había dicho que sí porque necesitaba dormir lejos de mi propia cama.
A las cinco de la tarde, el organizador tomó el micrófono en el comedor.
"Compañeros, malas noticias."
Un derrumbe había cerrado el único camino de regreso.
Las lluvias de la semana habían tirado la ladera, y las máquinas no llegarían hasta el domingo.
Nos quedábamos a dormir, todos, en las cabañas de madera.
Se oyó un coro de quejas, risas y alguien que gritó "¡Que corra el mezcal!".
Yo me quedé quieta con el vaso de agua a medio camino de la boca.
Una noche entera.
Con la oficina.
Con paredes de madera que, según Brenda, eran tan delgadas que se oía hasta cuando alguien cambiaba de postura.
Salí del comedor sin decir nada.
Crucé el sendero de piedra bajo los pinos, entre las nubes de vapor que subían de las albercas.
Quería agua, pero no la de la alberca.
Quería frío, y soledad, y diez minutos para apagarme como fuera.
Encontré la puerta del vapor al fondo del edificio de los baños.
Estaba vacía, con bancas de piedra y una neblina caliente que se pegaba a la piel.
Cerré la puerta de madera, aunque sin echar el pasador.
Ese fue mi descuido.
Me quité la toalla y me senté en la banca más oscura, con la espalda contra la pared húmeda.
Cerré los ojos.
Me deslicé la mano entre los muslos, y el alivio fue tan brusco que se me escapó un gemido.
Estaba tan mojada que tardé un segundo en entender que no era solo el vapor.
Me acaricié despacio, dos dedos sobre el clítoris, con la cabeza echada hacia atrás.
Pensé en una voz grave.
Pensé en unas manos grandes.
Pensé en nadie en particular, y en todos.
Estaba a punto de venirme cuando oí que la puerta se abría.
Abrí los ojos.
Una silueta rubia se recortaba contra la luz del pasillo.
Esteban Lugo, el ejecutivo de cuentas que llevaba dos años presentando mis análisis como suyos, estaba parado en el umbral.
Con una toalla al hombro y una sonrisa de dentífrico.
"Uy", dijo. "No pares por mí."
Cerré las piernas de golpe y me tapé con la toalla.
"Sal de aquí."
"Ya me voy. Ya me voy." Levantó las manos, riéndose. "Qué interesante, Dalia. Todos creyendo que eres la santita de contabilidad."
"No digas nada."
"¿Yo? Soy una tumba."
Guiñó un ojo, y cerró la puerta.
Me quedé sentada en la oscuridad, temblando de vergüenza y de algo mucho más sucio.
Porque seguía ardiendo.
Más que antes.
Salí del vapor con la toalla anudada al pecho y el pelo pegado a la frente.
No había nadie en el pasillo.
Corrí hacia las cabañas sin saber adónde.
Al final del sendero, en el portal de la última, estaba sentado Gael Montemayor, el jefe de operaciones, con un libro en las rodillas.
Él era el único que no había hecho ruido en todo el comedor.
Treinta y seis años, lentes de armazón fino, hombros anchos y manos enormes, que pasaban las páginas con una calma desesperante.
Levantó la vista cuando me oyó llegar.
Su mirada recorrió mi toalla, mi pelo mojado y mi cara.
Cerró el libro con un dedo dentro para marcar la página.
"Dalia", dijo. "¿Estás bien?"
Debí decir que sí.
Pero no podía dejar de temblar, y Esteban sabía, y mañana todos iban a saber.
"No", dije.
Me detuve frente a él, con los puños apretados.
"Necesito ayuda, Gael. Y no puede enterarse nadie."
Se puso de pie despacio, y de pronto me cubrió la sombra entera.
Me tomó la muñeca con dos dedos, como un médico.
Sus yemas encontraron mi pulso y se quedaron ahí.
"Estás ardiendo", murmuró.
Después me puso la palma abierta sobre el abdomen, encima de la toalla, y lo sentí hasta las rodillas.
"¿Qué clase de ayuda?"
"De la clase que tú sabes."
Sus ojos oscuros se detuvieron en mi boca.
Abrió la puerta de su cabaña con la otra mano.
"Entra", dijo. "Cierra con llave. Y quítate la toalla."