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Mis cenizas a los pies de mi esposo, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: La llamada

Ricardo manda esperar a que su esposa sea ceniza para identificarla.

Al tercer día de mi muerte, sonó el teléfono de mi esposo.

Yo lo oí sonar desde la morgue del hospital Darío Contreras, donde llevaba setenta y dos horas en una gaveta fría.

Es raro estar muerta.

No sientes frío ni miedo.

Solo te quedas pegada a lo que fue tuyo, como una etiqueta.

Y lo único mío que quedaba ahí, en una bolsa transparente sobre el escritorio, era mi celular.

La empleada de la morgue, una señora de bata azul con las uñas cortas, tenía el aparato en la mano.

Lo había desbloqueado con mi dedo.

Eso me dio asco, y vergüenza.

En mi lista de contactos, el primero era "Esposo".

Había puesto un corazón al lado, hace ocho años.

Nunca lo quité.

"Aló", dijo la empleada. "¿Habla con el señor Ricardo Bonilla?"

Del otro lado se oyó una música suave, de bar de hotel, y una risa de mujer, cerca del micrófono.

"Sí, soy yo. ¿Quién habla?"

"Del hospital Darío Contreras. Tenemos aquí el cuerpo de una mujer sin documentos, que ingresó el martes. Con su número de emergencia."

"¿Una mujer?"

"Treinta y tantos años, trigueña, pelo rizado. Un lunar en el cuello."

Hubo un silencio corto.

"¿Qué tiene que ver conmigo?"

"Este teléfono es de ella. Usted aparece como esposo."

"Ah."

Lo dijo así, "ah", como quien oye el precio de algo.

La risa de mujer se oyó otra vez, más cerca.

"Necesitamos que venga a confirmar la identidad del cadáver", dijo la empleada. "Es un trámite obligatorio."

"¿Obligatorio hoy?"

"Cuanto antes."

"Estoy ocupado."

"Señor, es su esposa."

"Si realmente está muerta", dijo Ricardo, y oí cómo cambiaba de posición, cómo alguien le susurraba al oído, "entonces contácteme cuando el cuerpo ya esté incinerado. Para qué voy a ir a ver nada."

La empleada se quedó con la boca abierta.

"Señor…"

"Hagan lo que tengan que hacer. Después me llaman."

Colgó.

Yo me quedé ahí, sin cuerpo, flotando sobre una bolsa de plástico, sin llorar.

No puedo llorar.

Pero algo dentro de mí que ya no existía se partió en dos.

Ocho años.

Ocho años de cenas esperándolo, de camisas planchadas, de cálculos de ingeniera para sacar adelante una constructora que llevaba mi apellido a medias.

Le había cuidado la fiebre.

Le había pagado una deuda con mi herencia.

Y le hacía falta que mi cuerpo ardiera para venir a recogerme.

La empleada dejó el teléfono sobre la mesa.

Se persignó.

"Dios la tenga en su gloria, mija", susurró.

Me cremaron al día siguiente.

No sentí el fuego.

Sentí que algo me aflojaba, como cuando por fin te quitas los zapatos al llegar a casa.

Cuando volví a mirar, estaba dentro de una caja de cartón con un tapón de plástico, y alguien escribía mi nombre con marcador en una etiqueta.

Fermín, Lourdes.

Treinta y tres años.

Ni una palabra más.

El teléfono sonó otra vez dos horas después.

Esta vez la empleada llamó desde el escritorio, con un papel en la mano.

Del otro lado contestó Ricardo en un segundo.

Se oía ruido de agua, de piscina, y a lo lejos una voz que cantaba.

"¿Qué pasa ahora?"

"Señor Bonilla, la cremación ya está lista. Puede recoger las cenizas de su esposa."

"Ok, ok. Espérenme."

"Cierran a las cinco."

"Espérenme, dije."

Colgó sin despedirse.

Lo esperaron.

Llegó a las siete y diez, con la camisa abierta y las llaves del Mercedes en el puño.

Yo lo vi entrar al vestíbulo desde mi caja.

Estaba bronceado.

Olía a cloro y a perfume de mujer.

Detrás de él, en la puerta, esperaba una chica delgada de pelo rubio teñido, con un vestido de verano que le quedaba apretado, mirando su teléfono.

Rebeca Cabral.

Su asistente.

Yo sabía quién era desde hacía un año.

Lo había sabido siempre y había preferido no saberlo.

"¿Dónde firmo?", dijo Ricardo.

La empleada le puso una hoja delante.

Él firmó sin leer.

"¿Esto es todo?"

"Su esposa", dijo la empleada.

Y le tendió la caja con las dos manos.

Ricardo la tomó como se toma una pizza.

La sopesó.

"Pesa poco."

"Señor…"

"No, nada."

Salió con la caja bajo el brazo.

Rebeca le abrió la cajuela del Mercedes.

Él me dejó ahí, entre una bolsa de palos de golf y una caja de cervezas vacías, y cerró la tapa de un golpe.

Quedé a oscuras.

Escuché las puertas del coche, el motor, el aire acondicionado.

Y la voz de ella, risueña, como si hablara de comprar queso.

"¿Y esa cosa, mi amor? ¿Qué vas a hacer con eso?"

"No sé. Guardarla, supongo."

"Ay, qué lata. Mejor tírala en el río Ozama y listo."

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