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Mis cenizas a los pies de mi esposo, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: La misa

Doña Consuelo organizó la misa para el miércoles a las seis de la tarde, en la iglesia de Naco donde yo me había casado.

No tenía dinero para nada y lo organizó todo.

Pidió prestadas las sillas, convenció al padre, compró las flores en el mercado, blancas y amarillas, y avisó una por una a las personas que me habían querido.

Yo estaba sobre el altar, en una mesita cubierta con un mantel de crochet, al lado de una foto que ella misma había escogido: yo con casco y chaleco en una obra, riéndome a carcajadas, con un plano enrollado bajo el brazo.

La iglesia se llenó.

No me lo esperaba.

Vinieron los ingenieros que habían trabajado conmigo, con los cascos bajo el brazo.

Vinieron los albañiles de la primera obra, en camisa limpia.

Vino la señora que me vendía el pan.

Vinieron tres antiguos compañeros de mi padre, ya viejos, con trajes de hace treinta años.

Y llegó Ricardo, a las seis y quince, con un traje negro, el pelo engominado, y la cara de un hombre que va a firmar un contrato.

Se sentó en la primera banca, junto a su madre.

Ella no lo miró.

La puerta lateral crujió.

Entró una mujer delgada, de pelo rubio teñido, con un vestido rojo ajustado, tacones y gafas oscuras.

Rebeca.

Se sentó en la última fila, con las piernas cruzadas.

Doña Consuelo se volvió despacio.

La miró por encima del hombro, de lejos, sin mover un músculo.

Rebeca, bajo ese ojo, se quitó las gafas y bajó la cabeza.

La misa fue sencilla.

El padre habló del cielo, de la paciencia, de la casa que nos espera.

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