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Mis cenizas a los pies de mi esposo, novela · Capítulo 6 de 12

Capítulo 6: El testamento

El abogado de Lourdes tenía el despacho en un octavo piso de la Avenida Winston Churchill, con una vista del Jardín Botánico y una mesa de cristal para doce.

Esa mañana de jueves hubo solo cuatro sillas ocupadas.

Doña Consuelo, con su vestido azul marino y su bastón, tenía a su lado un bolso de tela grande, y dentro, la caja con mis cenizas.

Ricardo se sentó enfrente, de traje gris, con los ojos hinchados y una mandíbula tensa.

Había traído a Rebeca.

Ella se había sentado a su lado sin pedir permiso, con un vestido discreto, el pelo recogido en una cola, la cara lavada.

Intentaba parecer una viuda.

"Señor Bonilla", dijo el abogado. "No es costumbre que asistan terceros."

"Es mi asistente."

"Es un acto privado de lectura."

"Se queda."

El abogado miró a Doña Consuelo.

Ella se encogió de hombros.

"Que se quede. Mejor que oiga."

Rebeca sonrió, con una expresión que quería ser humilde.

El abogado abrió una carpeta azul, se ajustó las gafas y empezó a leer con una voz serena, sin énfasis.

Leyó la fecha.

Leyó los nombres de los testigos.

Leyó que yo, Lourdes Fermín, hallándome en pleno uso de mis facultades mentales, disponía de mis bienes de la siguiente manera.

"A cada uno de los treinta y dos empleados de Constructora Bonilla y Fermín, una suma equivalente a seis meses de su salario."

Ricardo levantó la vista.

"¿Cómo?"

"A mi amiga de la infancia, mi colección de planos antiguos y mi bicicleta."

"Qué…"

"Al sindicato de albañiles de la obra de Los Prados, el reloj de mi padre, para que lo rifen y el dinero vaya a la caja de enfermos."

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