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Montando A La Vieja, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El lomo de la Colorada

Nacho y Marisol montan la yegua mientras Gerardo juega a las cartas dentro de la casa.

Hacía ocho años que no montaba una yegua tan mala como la Colorada.

Brincaba de lado, resoplaba, y cada tres pasos intentaba tirarme del lomo.

Yo estaba encima de ella en el corral grande del Rancho La Esperanza, a las cuatro de la tarde, con el sol quemándome la nuca.

Gerardo me había dicho por teléfono, cuando yo todavía estaba en Texas, que tenía una yegua que nadie lograba domar.

Yo había vuelto el lunes con una maleta y el sombrero blanco, y ya era viernes.

Mi amigo me esperaba en la puerta de la casa con los brazos abiertos y una sonrisa de ladrón.

"Nacho, hermano. Ya era hora."

Habían pasado ocho.

Me abrazó como si no hubiera pasado ni un día.

Detrás de él, en el umbral, estaba su esposa.

La recordaba como una muchacha de veintitantos, delgada, con trenza.

Ahora tenía treinta y dos años, y la trenza le caía hasta la cintura.

Se llamaba Marisol.

Tenía los ojos del color de la miel oscura, y el cuerpo de una mujer que ha cargado agua y pacas desde niña.

"Bienvenido, Nacho", me dijo, y me estrechó la mano con fuerza.

Su mano era áspera y caliente.

Yo la solté demasiado tarde.

Esa tarde, Gerardo se fue a la sala a jugar cartas con dos compadres, porque era viernes y los viernes se juega.

Yo salí al corral a probar la yegua.

Llevaba media hora sin aguantar los saltos cuando Marisol apareció junto a la cerca, con un balde en la mano.

"No la va a poder", dijo.

"Ya me conoce."

"Con esa nadie ha podido. Mi papá la compró para domarla y se murió antes."

"Entonces la domo yo."

"Con el sombrero no." Sonrió. "Ella se asusta."

Me quité el sombrero.

La yegua brincó otra vez, y el corral entero tembló.

Marisol dejó el balde en el suelo y se subió a la cerca.

"Déjeme intentarla."

"Se va a lastimar."

"Llevo toda la vida montando."

"No así."

"Pues enséñeme."

Me quedé mirándola.

Venía con una falda larga de manta, botas, y una blusa blanca ajustada que se le pegaba al sudor.

"Súbase detrás de mí", dije.

"Delante."

"¿Delante?"

"Para sentir lo que ella hace." Ya estaba trepándose por el costado. "Si va detrás, no siento nada."

No supe qué contestar.

Me corrí hacia atrás sobre la silla, y ella se subió delante, con las piernas separadas y la falda recogida hasta los muslos.

Quedó entre mis brazos.

Su espalda quedó pegada a mi pecho.

El olor de su pelo me subió a la cabeza, a sudor, a manzanilla y a polvo.

"Ya", dijo. "¿Y ahora?"

"Agárrese de la crin."

"Mejor de usted."

Me tomó las manos y las puso sobre su cintura.

Yo apreté las riendas con una mano y su cadera con la otra.

La yegua dio un brinco.

Marisol soltó un grito y se echó hacia atrás, y sus nalgas se apretaron contra mi entrepierna.

Mi verga reaccionó sin pedirme permiso.

"Perdón", murmuré.

"No se disculpe."

La yegua saltó otra vez, de lado, y la falda de Marisol se le subió hasta las ingles.

Tenía los muslos morenos, firmes, brillantes de sudor, y cada rebote los abría un poco más.

Yo apreté los dientes.

Pensé en los caballos, en las cuerdas, en los rodeos de Texas.

En cualquier cosa que no fuera el calor de su piel pegada a mi bragueta.

"Nacho", dijo, con la voz baja. "¿Esto es normal?"

"¿Qué?"

"Esto que siento."

"Siente la yegua."

"No siento la yegua."

Se movió despacio hacia atrás.

Me frotó.

Lo hizo con todo el cuerpo, con una seguridad que me dejó sin aire.

"¿Te gusta cómo se siente montar?", preguntó, y me tuteó por primera vez.

Tragué saliva.

"Marisol."

"Respóndeme."

"No debería."

"No te pregunté si deberías."

La yegua dio un salto más largo y los dos nos fuimos hacia adelante.

Mi mano resbaló de su cintura hacia su vientre.

Ella la cubrió con la suya y la guió hacia abajo, sobre la falda arrugada, hasta su sexo.

Estaba caliente a través de la tela.

Apreté sin querer, y ella gimió, bajito, con la cabeza echada contra mi hombro.

"Sí me gusta", dije, al fin.

"Qué bien."

"Tu marido está a veinte metros."

"Ya sé."

"Si sale..."

"No sale. Está en una mano de póker."

Desde la casa llegaba el murmullo de voces masculinas y el choque de fichas contra la mesa.

Gerardo se reía de algo.

Una risa fuerte, amistosa, de hombre contento.

Me sentí un hijo de puta.

Y tuve muchas ganas de seguir.

La yegua se frenó sola, resoplando, con los flancos mojados.

El corral quedó en silencio.

Marisol se enderezó despacio, sin soltarme la mano.

Se alisó la falda con la otra.

Entonces se abrió la puerta de la casa.

Gerardo salió al porche con un palillo en la boca y una baraja en la mano.

"¡Nacho!", gritó, desde lejos. "¡Ven a echarte una mano que me están dejando sin camisa!"

Marisol se bajó de un salto.

Se acomodó la trenza.

Me miró un segundo, con las mejillas encendidas.

"Después", dijo, sin voz.

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