Mis apuntes ya no son solo tuyos, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: Mula de estudio
El hilo sobre Ellis Forbes superó las cuatrocientas respuestas el martes por la noche, y yo estaba ahí.
Lo encontré en el foro de Brightwater mientras mi compañera de cuarto se cepillaba los dientes en el pasillo.
El título decía: «¿Ellis Forbes empezó a estudiar de repente para conquistar a Keeley Chauncy?»
Keeley era la chica a la que todos consideraban la más bonita de nuestro año.
Le había contado a una mesa de la cafetería que quería trasladarse a una universidad tres horas al sur.
Ahora Ellis estaba averiguando los puntajes de admisión de esa universidad, y en el foro estaban encantados.
—El chico malo de la escuela estudiando por amor. Me fascina.
Alguien preguntó: «Pero ¿no le pide apuntes a Marlo Armitage todos los días?»
La respuesta tenía cuarenta y un «me gusta».
—¿Y qué? Necesita subir sus notas para seguir a Keeley. Marlo es básicamente su mula de estudio.
Leí las últimas dos palabras hasta que la pantalla se oscureció.
Durante casi dos años, Ellis se había sentado detrás de mí en Estadística.
Cuando no entendía algo, me daba dos patadas en el respaldo de la silla.
Yo le pasaba mi cuaderno por encima del hombro sin darme vuelta.
Siempre me lo devolvía antes de las dos de esa misma tarde, nunca al día siguiente.
Había pensado que así nos entendíamos.
Apagué el teléfono y me quedé despierta hasta que mi compañera de cuarto, Dani, volvió y me preguntó qué me pasaba.
Le mostré el hilo.
Lo leyó de pie, en pijama, todavía con pasta dental en la barbilla.
—Borra esto —dijo—. No, espera, no. Haz una captura de pantalla. Y luego dime que no vas a darle ni una página más a ese chico.
—No lo haré —dije, y cada segundo que pasaba lo decía más en serio.
El miércoles llegué temprano al auditorio.
Keeley estaba en la entrada, sosteniendo un café con ambas manos.
—¡Marlo! ¿Tienes una pluma de sobra? La mía dejó de funcionar mientras venía.
Le di una.
Sonrió al ver la letra de la portada de mi cuaderno.
—Tu letra es la más ordenada de todo el edificio —dijo—. En serio, no dejes que nadie te apure para que los compartas. Son tuyos.
Fue un gesto amable, y se lo agradecí.
Después me senté en la tercera fila, puse el cuaderno sobre el pupitre y esperé.
El auditorio se fue llenando.
El profesor escribió en el pizarrón la fecha del examen parcial del jueves y la subrayó dos veces.
Detrás de mí, Ellis se dejó caer en su silla, que crujió.
Podía oler su chaqueta de cuero y el frío de la calle.
Diez minutos después de empezar la clase, el profesor puso en la pantalla una fórmula con tres subíndices.
Oí a Ellis exhalar lentamente.
Entonces llegó la patada contra mi silla.
Una vez, y luego otra.
Mantuve la vista fija en el pizarrón.
Dejé la mano sobre el cuaderno.
Me dio una tercera patada, más fuerte, y la chica a mi lado volteó a mirar.
—Marlo —susurró Ellis—. Vamos.
No me di vuelta.
—¿Hay algún problema al fondo? —preguntó el profesor, y la mitad del salón miró hacia atrás.
—No hay ningún problema —dije antes de que Ellis pudiera responder.
Dos filas más allá, Keeley nos miró por encima del hombro y me dedicó una pequeña mueca comprensiva.
Quité el cuaderno del pupitre y lo metí en mi bolso.
Luego cerré el cierre del bolso, y el sonido se oyó por todo el salón.
Alguien en la fila de atrás soltó una risita por lo bajo.
Era la primera vez en dos años que le decía que no sin decir una palabra.
Me temblaban las manos, así que las apoyé planas sobre las rodillas.
Ellis volvió a patear la silla, una vez más, esta vez en silencio.
Entonces se detuvo, y el silencio a mis espaldas se sintió extraño.
Me quedé con el cuaderno.
Cuando terminó la clase, me levanté rápido, pero Ellis fue más rápido.
Rodeó el extremo de la fila y me bloqueó el pasillo, apoyando un brazo en el respaldo de un asiento.
De cerca, sus ojos grises se veían cansados, y tenía el pulgar manchado de tinta de una pluma que se había chorreado.
—Armitage —dijo—. El cuaderno.
—No.
Dani apareció a mi lado, con el bolso ya colgado del hombro.
—El parcial es mañana —dijo—. Sabes que no puedo.
—Lo sé —dije—. Estoy lista para el examen.
—Marlo, no hagas esto. —Bajó la voz para que solo yo pudiera oírlo—. Ella va a reprobar sin eso.
Me quedé mirándolo.
—¿Quién? —pregunté.