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Mi hermanastra es la idol que todos quieren ver, novela · Capítulo 1 de 24

Capítulo 1: Lentejuelas sobre el lienzo

Emi Yoshida estaba de rodillas sobre un lienzo del tamaño de una parada de autobús cuando alguien tocó a su puerta a las once de la noche.

Tenía un pincel en la mano izquierda y una lata de azul profundo en la derecha.

El lienzo cubría todo su piso, tres metros por dos.

Era su proyecto de clase, una pintura de Tokio de noche vista desde muy arriba, y tenía que entregarlo en nueve días.

También tenía que estar en la tienda de conveniencia en cuarenta minutos.

El toque sonó otra vez, tres golpes rápidos y uno lento.

Emi pasó por encima del distrito de Shinjuku, todavía húmedo, y abrió la puerta.

Una mujer con traje azul marino estaba en el pasillo con una tableta bajo el brazo.

Detrás de ella había una chica con un vestido rosa de escenario cubierto de lentejuelas, con un abrigo con capucha echado por encima.

Su cabello rubio miel le llegaba hasta la cintura.

Estaba dormida de pie, con la mejilla apoyada contra la pared.

—¿Emi Yoshida? —preguntó la mujer del traje.

—Sí.

—Soy Misaki Ono, la mánager de Kokone. Tu madrastra nos dio tu dirección. Dijo que no habría problema.

Emi miró a la chica contra la pared.

La había visto una vez, durante diez minutos, en una boda en Kioto hace cinco semanas.

Su padre se había casado con una dueña de una tienda de ramen de Osaka.

La dueña de la tienda de ramen tenía una hija de veinte años que aparentemente era famosa.

Emi le había dado la mano y le había dicho felicidades, y eso fue todo.

—¿Kokone? —dijo Emi.

La chica abrió un ojo.

—Ah —dijo—. Eres tú. Eres la alta.

—Soy Emi.

—Lo sé. Me acordé de la parte de la altura. —Cerró el ojo otra vez.

Misaki entró sin que la invitaran y miró alrededor de la habitación de seis tatamis.

Observó el futón enrollado en la esquina, la única ventana sobre las vías del tren, el lienzo, las latas y los pinceles.

—Mañana sale una nota en una revista —dijo—. Es mala. Kokone no puede estar en el dormitorio ni en casa de su madre. Nadie puede saber que está aquí.

—¿Aquí? —dijo Emi.

—Una semana o dos. Quizá tres.

—Es una sola habitación.

—Es una habitación donde nadie la buscaría —dijo Misaki, y sonó apenada por ello.

Se volvió hacia Kokone.

—Quítate los zapatos, por favor. Luego siéntate.

Kokone se quitó los zapatos en el pasillo.

Entró en tres pasos, miró el enorme lienzo con sus luces brillantes y sus ríos azul oscuro, y dijo: —Es tan bonito.

Luego se le doblaron las rodillas y se acostó sobre él.

Emi dijo: —No, espera, eso está mojado.

Kokone se acurrucó de lado sobre el cruce de Shibuya, con una mano metida bajo la mejilla.

Las lentejuelas se desprendieron de su vestido y se pegaron a la pintura.

Respiraba lento y parejo.

Misaki se presionó dos dedos contra los ojos.

—Hizo un concierto de tres horas y un evento de apretones de manos de dos horas antes de eso.

—No ha dormido en una cama en cuatro días.

—Está acostada en mi pintura.

—Te la pago.

Emi miró a la chica.

Su vestido rosa se estaba manchando de azul en una cadera.

Una pestaña postiza se le había soltado y descansaba sobre su mejilla.

Emi dejó el pincel.

Tomó la cobija del futón y la sacudió.

—¿Qué haces? —preguntó Misaki.

—Cubrirla. Hace frío junto a la ventana.

—Puedes moverla al futón. Te ayudo.

—Entonces la pintura de su vestido se va a mi futón, y la parte donde está acostada se seca con su forma marcada.

Emi extendió la cobija sobre los hombros de Kokone.

—Pintaré alrededor de ella.

Misaki se quedó mirándola.

—¿Alrededor de ella?

—Tokio es grande. Hay muchos otros lugares.

Misaki soltó una risa corta y cansada, y luego volvió a los negocios.

Extendió la mano, con la palma hacia arriba.

—Tu teléfono, por favor.

—¿Por qué?

—Es la regla de la agencia.

—Quien hospede a una talento entrega su teléfono mientras ella esté con ellos, para que no se filtre nada.

—Te lo devuelvo cada mañana por una hora.

Emi miró la mano.

Pensó en su padre, que le escribía todas las noches a las nueve.

Pensó en su turno a medianoche, y en Haruka, que preguntaría dónde estaba.

—No —dijo.

—Señorita Yoshida.

—Lo guardaré para mí. No se lo diré a nadie. Pero no voy a entregar mi teléfono en mi propio departamento.

La cara de Misaki hizo algo complicado.

Luego bajó la mano.

—Entonces tú eres responsable de ella —dijo—. Si se filtra, es tu culpa.

—De acuerdo.

—Su horario está en la mesa. Vuelvo a las ocho.

Se fue.

El tren pasó afuera y la ventana vibró.

Emi se quedó en medio de su departamento con una idol dormida sobre su proyecto de arte.

Tomó su teléfono para avisarle a Haruka que llegaría tarde.

La pantalla se encendió con una alerta de noticias, ya publicada, un día antes.

La centro de Tsubomi Seven tiene novio en secreto.

Debajo había una foto de Kokone en un estacionamiento, besando a un hombre con una chaqueta amarilla mostaza con una franja blanca en la manga.

En el piso, sin abrir los ojos, Kokone murmuró: —Ese hombre no es nadie que yo conozca.

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