Mi Mejor Amigo Hetero Cree Que Son Cosas de Hermanos, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: Qué buen hermano
Tang Zhiyuan despertó con fiebre, una cuchara en la boca y el rostro de Fu Lingchen a un palmo del suyo.
—Abre —dijo Fu.
Tang abrió la boca.
La sopa era de jengibre y costilla de cerdo, estaba perfecta, y él lo dijo con la boca llena.
—Eres un hermano buenísimo, Lingchen.
La cuchara se detuvo un instante y luego volvió al tazón.
Fu había probado la primera cucharada para comprobar la temperatura, como siempre hacía cuando Tang estaba enfermo.
Llevaba sus lentes para leer y un suéter gris con las mangas arremangadas, y no estaba sonriendo.
Casi nunca sonreía de día, y esa era una de las razones por las que a todo el cuarto piso del edificio 9 le caía bien.
—La tercera vez este semestre —dijo una voz desde la puerta.
Luo Bin, su compañero de cuarto, estaba apoyado en el marco con el teléfono en alto.
Detrás de él, el otro compañero de cuarto también tenía el teléfono levantado.
Los dos llevaban pantalones deportivos del equipo de natación y los dos sonreían de oreja a oreja.
—Registrando la sopa —dijo Luo Bin a su teléfono—. Registrando la cuchara. Registrando la cama del enfermo, que no es su cama.
—Es el único cuarto con calefacción —dijo Tang. La voz le salió ronca.
—Los compañeros de cuarto de Fu están de turno en el hospital, así que Fu tiene calefacción y un cuarto tranquilo, y mi dormitorio es húmedo. Es un hecho médico.
—Es un hecho médico —coincidió Fu.
—Buenísimo para la apuesta —dijo el otro compañero, que seguía grabando.
—¿Qué apuesta? —dijo Tang.
—La apuesta del promedio —dijo Luo Bin, sin pestañear—. Apostamos dinero a ver en qué semestre bajas de 3.9.
Tang lo miró entrecerrando los ojos, con fiebre.
—No voy a bajar de 3.9.
—Eso es lo que la hace tan emocionante —dijo Luo Bin.
Fu dejó el tazón en el escritorio con un clic breve y preciso.
—Fuera —dijo con calma.
Se fueron, todavía grabando, y Fu cerró la puerta tras ellos.
Tang volvió a recostarse en la almohada y vio a Fu anotar en una pequeña libreta verde el número de la temperatura que acababa de tomarle.
Tang sintió una calidez en el pecho, la misma que sentía cada vez que Fu hacía algo así.
Tenía una regla para eso.
La regla era que eran cosas de hermanos; lo archivó ahí y cerró el cajón.
A las 6:30 de esa tarde, Tang ya estaba de pie, en el salón del piso de arriba del comedor tres.
El equipo de natación comía junto todos los lunes en una mesa larga cubierta con un mantel rojo.
Fu se sentaba en la cabecera como fisioterapeuta del equipo, con una bandeja de pastillas.
Alguien tenía que asegurarse de que Tang se las tomara.
El capitán estaba en el otro extremo, con el teléfono en la mano, y parecía cansado.
—Lo siento, chicos —dijo el capitán—. El Árbol Hueco de Rongda me lo envió directamente. Creo que deberían escucharlo de mi parte.
Lo leyó en voz monótona.
—Título: «El bromance más desequilibrado de Rongda».
Alguien se rio y otra persona le pidió que se callara.
—El as de la natación Tang Zhiyuan tiene un sirviente a tiempo completo.
Siguió leyendo con la misma voz monótona.
—Fu Lingchen, estudiante de segundo año de medicina deportiva, le carga el bolso, le cocina, le sostiene el paraguas, le venda los hombros y duerme junto a su cama cuando está enfermo.
—¿Qué recibe Fu a cambio? ¿El equipo sabe cómo se ve esto? Alguien debería preguntarle cómo está.
Debajo del texto había una foto.
Mostraba a Fu bajo la lluvia, con el bolso de natación de Tang colgado de un hombro y sosteniendo un paraguas sobre la cabeza de Tang, mientras él mismo se mojaba.
La sala quedó en silencio.
En el otro extremo de la mesa, Cen Mingyu negó la cabeza con tristeza.
Cen nadaba los 200 libres justo detrás de Tang, y tenía una cara amable y redonda que inspiraba confianza.
—Solo digo que sí parece mucho —dijo Cen—. Sin ofender, Tang. Doctor Fu, si alguna vez necesita hablar.
Fu no dijo nada.
Miraba las pastillas de la bandeja y tenía las manos completamente quietas.
Tang se puso de pie sobre la silla.
Nadie se lo esperaba, ni siquiera Tang, pero no era de los que se quedaban pensando mucho cuando hablaban de alguien a quien quería.
—Escuchen —dijo.
La voz todavía le salía ronca, pero aun así se oyó por toda la sala.
—Esa foto es real. Lingchen me carga el bolso. Lo hace desde que teníamos seis años.
—Tang —dijo el capitán débilmente.
—Fu Lingchen es la persona más importante de mi vida —dijo Tang.
Se volvió hacia la mesa y luego hacia uno de sus extremos.
—Haría cualquier cosa por él. Cualquier cosa.
—Le cargaría el bolso, los libros y hasta todo un día de mierda, y lo haría de pie sobre una silla si eso hiciera falta.
—¡Sí! —rugió Luo Bin.
—Es cosa de hermanos —dijo Tang.
—Son cosas de hermanos, cosas perfectamente normales y equilibradas entre hermanos.
—Si a alguien le molesta, que me lo diga en la cara y no desde una cuenta anónima.
La sala estalló en gritos.
El otro compañero vitoreaba, grababa y volvía a vitorear.
Tang sonrió de oreja a oreja mirando a lo largo de la mesa, esperando que Fu le devolviera la sonrisa.
Fu había dejado la bandeja.
Su rostro se había quedado completamente inexpresivo.
—Tómate las pastillas blancas con agua. Las amarillas, no hasta después de comer —dijo.
Luego se puso de pie, recorrió toda la mesa y salió por la puerta.
La puerta se cerró suavemente tras él.
La sonrisa de Tang se borró.
—¿Me pasé? —le preguntó a la sala.
Nadie respondió, porque Luo Bin se había bajado del banco y estaba de pie junto a la silla.
Por una vez, Luo Bin no sonreía.
Levantó el celular, en cuya pantalla brillaba una hoja de cálculo con una fila resaltada en amarillo.
—Oye —dijo en voz baja—. Mañana va a preguntarte algo.