No Más Amor en Vano, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Otra vez veinte
Antonia muere en la vida pasada y despierta a los veinte, el año del compromiso. Rechaza el plan de su padre y elige irse al sur.
Alvar Montenegro murió en mis brazos un martes de noviembre, y no volvió a mirarme.
La bala le había entrado por el costado, cuando se lanzó delante de mí en la puerta del restaurante.
Era una bala envenenada.
Eso lo supe después, por el color de su piel y por el sabor metálico que le subió a la boca.
Lo senté contra la pared de la calle, con la cabeza sobre mis rodillas.
Teníamos ocho años de casados y ocho años de despreciarnos.
Él se acostaba en el despacho.
Yo me levantaba antes que él para no cruzarnos en el desayuno.
Cada vez que su nombre aparecía en el diario, yo cambiaba de página.
"Antonia", dijo, con la voz muy baja.
"No hables. Ya viene la ambulancia."
"Te salvé la vida."
"Lo sé."
"Mi deuda con tu madre está saldada."
Me sonrió, con un hilo rojo en la comisura.
"En la próxima vida, no volvamos a encontrarnos."
"Alvar..."
"Ya no quiero odiarte."
Se le cerraron los ojos un instante, y los abrió otra vez.
"Solo espero que seas siempre la chica de al lado. Que nunca más seas mi esposa."
"No digas eso."
"Ahora es mi momento de estar con Verónica."
Y se murió.
Así.
Como quien apaga una lámpara.
Grité su nombre hasta que me sangró la garganta.
Lloré con todas mis fuerzas, abrazada a ese cuerpo que se enfriaba.
Pero Alvar no volvió a abrir los ojos.
Solo entonces entendí qué tonto, qué infantil había sido nuestro odio durante todos esos años.
Dos meses después, terminé con los Cardoza de Concepción, los que mandaron al asesino.
Los acorralé yo sola, con las cuentas de mi marido y el dinero de mi padre.
Los vi caer uno por uno, en un puerto que ya no era el nuestro.
Y cuando no quedó nadie a quien castigar, no supe qué hacer con los días.
Lo más estúpido de mi vida lo hice una madrugada de invierno, en el departamento vacío.
Me dije que lo seguiría.
No voy a contar cómo.
Lo único que importa es que fue un error, y que lo supe al cerrar los ojos.
Entonces abrí los ojos.
Estaba sentada en un sillón de cuero verde, con el sol de la tarde entrando por una ventana alta.
Olía a tabaco de pipa y a madera encerada.
Mi padre, Remigio Prieto, estaba frente a mí, detrás de su escritorio, con un papel en la mano.
Era más joven.
Tenía menos canas y la espalda más recta.
"Antonia, ¿me estás escuchando?"
Miré mis manos.
Eran las de una chica de veinte años, sin las cicatrices de los vidrios de aquella noche, sin el anillo de matrimonio.
"¿Qué año es?", pregunté.
Mi padre frunció el ceño.
"¿Qué?"
"Dime qué año es."
Me lo dijo.
Hacía ocho años.
Yo tenía veinte.
Y en el escritorio de mi padre había una carpeta con el sello de la familia Montenegro.
Reconocí esa carpeta.
La había abierto, hacía mucho, con las manos temblorosas, el día del compromiso.
"Te decía que los Montenegro y nosotros hicimos un trato hace años", continuó mi padre, impaciente. "Tu madre salvó a Alvar de un incendio cuando él era niño. Murió de las quemaduras un año después. Él tiene una deuda con esta familia."
"Y la quiere pagar casándose conmigo."
"Su padre sí. Alvar acaba de heredar el puerto. Es un muchacho serio, de veintitrés años. Te conviene."
"Papá."
"La cena de compromiso es esta noche."
"No."
Mi padre dejó el papel sobre el escritorio.
"¿Cómo que no?"
"No me caso con Alvar Montenegro."
"Antonia, la deuda..."
"No es mi deuda. Es de ellos. Mamá nunca sacó a nadie de un incendio para venderme."
Mi padre se quedó boquiabierto.
Yo nunca le había hablado así.
Nunca, en la primera vida, hasta ese día.
Me levanté.
Tenía las piernas firmes.
Tenía todo el cuerpo ligero, y un pensamiento claro como el agua.
Esta vez no.
Esta vez lo dejaría ir.
Esta vez le daría a Alvar lo que pidió con su último aliento.
Que nunca más fuera su esposa.
Y yo, que nunca me atreví, le daría su bendición a él y a Verónica.
"Voy a ir a Puerto Montt", dije.
"¿A Puerto Montt?"
"La bodega de mariscos de la familia necesita alguien que la maneje. Yo estudié administración. Me voy mañana."
"Antonia..."
"Esta noche cenaré con ellos. Y delante de todos les diré que no."
Mi padre se pasó la mano por la cara.
"Tienes tu carácter de tu madre", murmuró.
"Gracias."
"No lo dije como un elogio."
Sonreí.
Mi padre suspiró, vencido.
Apretó los labios, tomó su pipa y la encendió con una mano que temblaba un poco.
"Los Montenegro llegan a las ocho", dijo. "Y traen invitados."
Se me heló la sonrisa.
"¿Qué invitados?"
"Una amiga de Alvar. Una tal Verónica."