UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

No Mirar Atrás, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Cinco velas

Ricardo falta al cumpleaños de su hijo por segunda vez. Noelia entrega el acuerdo de divorcio y toma el bus de la noche.

Thiago cumplió cinco años un sábado de septiembre, con una torta de tres leches en forma de dinosaurio.

Yo había pasado la noche anterior amasando, y la mañana entera inflando globos verdes con el corazón en la boca.

Mi madre llegó a las dos con un regalo envuelto en periódico y una bolsa de caramelos.

Los niños del edificio llegaron a las tres, con sombreros de cartón y gritos.

A las cuatro, la mesa estaba lista.

Y Ricardo todavía no había llegado.

"Va a venir", le dije a Thiago, agachándome a su altura. "Me lo prometió."

"¿El tío Ricardo?"

"Sí."

"¿De verdad?"

"De verdad."

Él asintió con la seriedad de un adulto.

Tenía el pelo negro revuelto, la camiseta de dinosaurio y los ojos de su padre.

Esos ojos castaños, grandes, que miraban la puerta cada tres minutos.

A las cinco y media, mi madre me acercó una taza de café.

"Hija."

"Va a llegar."

"Noelia."

"Mamá, va a llegar."

A las seis, los niños empezaron a pedir la torta.

Los padres de los vecinos me miraban con una simpatía incómoda.

Yo les había dicho que mi esposo viajaba por trabajo.

Que era "ejecutivo".

Que "estaba en el extranjero".

Seis años de excusas me salían ya sin esfuerzo.

Ricardo y yo nos habíamos casado un martes por la mañana en una municipalidad pequeña de Lima.

Hubo dos testigos y un ramo de claveles que compré yo misma en un puesto.

Él era Ricardo Belaunde, director general de Belaunde Importaciones.

Yo era una contadora de veintitrés años, hija de una vendedora de mercado.

"Hasta que la empresa se estabilice", me había dicho entonces, con esa voz tranquila que usaba para todo. "Hasta que mi madre lo acepte. Solo un tiempo."

Un tiempo.

Habían pasado seis años.

Nuestro hijo nació al año siguiente.

Ricardo lo tuvo en brazos cuarenta minutos y se lo dio a la enfermera, porque su teléfono vibraba.

Desde entonces, le enseñé a Thiago a decirle "tío".

Porque Ricardo me lo pidió.

"En la oficina hay ojos", decía. "Si el niño me dice papá delante de alguien, lo sabe todo el mundo."

Seis años.

Y yo había aceptado.

A las seis y cuarto, Thiago se acercó con un plato de cartón vacío.

"Mami."

"Dime, mi vida."

"¿Por qué el tío Ricardo siempre llega después de que se apagan las velas?"

Me quedé sin aire.

"No siempre."

"El año pasado también llegó tarde. Y el otro."

"Estaba trabajando."

"¿Y si no quiere ser mi papá?"

Hubo un silencio en la sala.

Los niños jugaban en el pasillo.

Mi madre dejó la taza sobre la mesa.

"Thiago..."

"Los otros niños dicen que sus papás vienen a su fiesta. Y que el tío Ricardo no es un papá. Es un señor que trae regalos."

Le acaricié la cabeza.

Sentí que algo dentro de mí se ponía en pie, despacio, después de seis años de estar sentado.

"Ven", le dije. "Vamos a apagar las velas."

"¿Sin él?"

"Sin él."

Encendimos las cinco velas.

Cantamos.

Thiago cerró los ojos con fuerza y sopló.

Aplaudieron todos.

Yo saqué el teléfono para sacar una foto.

Y vi la notificación.

Era una cuenta de eventos de sociedad, con una foto reciente.

"Gala benéfica en San Isidro: el CEO Ricardo Belaunde y su inseparable asistente, Fabiana Olivares."

En la foto, Ricardo sonreía con un traje oscuro.

Fabiana llevaba un vestido guinda, ajustado, con la mano sobre su brazo.

La hora de la publicación era las cuatro y diez.

Había estado en una gala.

Mientras mi hijo esperaba con un sombrero de cartón.

Cerré el teléfono.

Respiré.

Sonreí a los niños.

Repartí la torta.

A las siete, cuando se fue el último invitado, mi madre me abrazó en el pasillo.

"¿Qué vas a hacer, hija?"

"Lo que debí hacer hace tiempo."

Fui al dormitorio.

Saqué del fondo del clóset una carpeta azul.

La había preparado hacía cuatro meses con una abogada de mi barrio.

Adentro había un acuerdo de divorcio de mutuo consentimiento, sin pedir nada para mí.

Tenía una sola cláusula para Thiago: que Ricardo lo reconociera públicamente como hijo.

Yo ya lo había firmado.

Faltaba su firma.

Metí en la maleta la ropa de mi hijo, mi ropa, los dinosaurios.

Llamé a mi tía a Arequipa.

"Tía, ¿tienes lugar para dos?"

"Siempre", dijo ella, sin preguntar.

Le entregué la carpeta al portero del edificio, con la dirección de la oficina de Ricardo.

"Que le llegue el lunes a primera hora, a mano", pedí.

"Sí, señora."

Después le mandé a Ricardo un mensaje de dos líneas.

"Firma el papel. Ya no estoy."

Apagué el teléfono.

A las diez de la noche subí al bus a Arequipa, en la terminal de Javier Prado.

Thiago dormía sobre mi hombro, con la mochila de dinosaurios en mi espalda.

El motor rugió.

Las luces de Lima empezaron a correr.

En la ventanilla de enfrente, apareció de pronto, entre dos buses, un Tahoe negro que giraba bruscamente hacia la plataforma.

El mismo que yo conocía de memoria.

Frenó con un chirrido.

Del asiento del conductor, con el traje de gala y la corbata torcida, bajó Ricardo.

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