Nuera Compartida, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La madrugada
Nelson duerme rendido en el chinchorro, Yoselin baja a la cocina, le rodea el cuello a su suegro y le susurra papi.
Mi hijo se quedó dormido sin tocar a su mujer.
Lo vi desde la cocina, a las dos de la mañana, por la ventana que daba al corredor.
Nelson colgaba de su chinchorro azul, con un brazo caído hasta el piso, la boca abierta y las botas puestas.
Había marcado cuarenta becerros desde el amanecer, bajo un sol que partía las piedras, y lo había vencido el sueño en cuanto se tendió.
Yo llevaba una hora sentado a la mesa de madera, con una taza de café negro entre las manos, mirando el fogón apagado.
Tenía cincuenta y dos años, nueve de viudo, y el hábito de no dormir cuando la casa estaba en silencio.
Oí pasos descalzos en el pasillo.
Livianos, de pies pequeños.
Sabía de quién eran antes de que cruzara la puerta.
Yoselin Colmenares, mi nuera.
Veinticinco años, el pelo negro y rizado hasta la cintura, los ojos del color de la miel de abeja.
Llevaba un camisón blanco de algodón, corto, de tirantes finos, que la luna de la ventana volvía casi transparente.
Se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.
"Se durmió otra vez", dijo.
"Está cansado."
"Siempre está cansado."
Tenía la voz ronca de la noche.
Me levanté para servirle café.
Ella no lo aceptó.
Caminó hasta mí, descalza sobre el cemento, y se detuvo a un palmo de mi pecho.
Olía a jabón de coco y a sábana tibia.
"Yoselin", dije. "Vete a la cama."
"No tengo sueño."
"Es tarde."
"Es de madrugada, que es distinto." Levantó la cara. "Y llevo ocho meses acostándome sola al lado de un hombre que ronca."
Se me secó la garganta.
Yo lo sabía.
Todo el hato lo sabía, aunque nadie lo decía en voz alta.
Mi hijo, el único que me quedaba, no le ponía la mano encima a su esposa desde la Semana Santa.
Le había preguntado una vez, a solas, mientras reparábamos una cerca.
Se había puesto rojo y había dicho que estaba cansado.
"Yoselin", repetí, con la voz ronca. "Soy tu suegro."
"Lo sé."
"Soy el padre de tu marido."
"Y yo soy una mujer."
Alzó las manos, y me las puso en los hombros.
Subió por mi cuello, despacio, hasta enlazarme la nuca con los brazos.
Su cuerpo tibio se pegó al mío.
Sentí sus pechos, sin sostén, apretados contra mi camisa, y el calor de su vientre.
"Papi", susurró.
Esa palabra me recorrió la espalda como un látigo.
Me la había dicho antes, en broma, en las comidas de domingo, por cariño.
Nunca así.
"No me llames así", dije.
"¿Por qué?"
"Porque me vuelve loco."
Sonrió.
Una sonrisa lenta, con el hueco pequeño entre los dientes de adelante.
"Por eso."
La tomé de la cintura.
Quise apartarla.
En su lugar, la apreté contra mí.
Sus labios buscaron los míos, y yo cedí, con un gruñido.
Fue un beso brutal, de años contenidos.
Le mordí el labio, y ella gimió dentro de mi boca.
Mis manos bajaron por su espalda, y le agarraron las nalgas, duras y llenas, por encima de la tela.
La levanté.
Ella enroscó las piernas en mi cintura.
La senté sobre la mesa, entre el frutero y la cafetera.
Le subí el camisón hasta el pecho.
No llevaba nada debajo.
Le besé el cuello, los senos, los pezones oscuros, y ella echó la cabeza hacia atrás.
"Papi", gimió. "No hagas eso…"
"¿Qué cosa?"
"Eso… ay…"
Le chupé un pezón, y sus uñas se me clavaron en la nuca.
"Dime que pare."
"No."
"Dilo."
"No quiero."
Le abrí las rodillas.
Mis dedos encontraron su sexo, mojado, caliente, hinchado.
Se estremeció.
"Zorra", murmuré contra su piel. "¿Es que el inútil de mi hijo no te satisface?"
Se rió, entre jadeos.
"Ese inútil es tu hijo."
"Lo sé."
"Y tú no eres inútil."
"No."
"Demuéstralo."
Me desabroché el cinto.
Me abrí el pantalón.
Saqué mi verga, dura como un tronco de mastranto, y su mirada bajó y se abrió de par en par.
"Dios", susurró.
"¿Quieres?"
"Quiero, Papi. Quiero."
La volteé sobre la mesa, de espaldas, con el pecho contra la madera y las nalgas hacia mí.
El camisón le cayó sobre la cintura.
Su culo moreno brillaba bajo la luna, redondo y firme.
Le di una nalgada, seca, que sonó en toda la cocina.
Ella contuvo un grito.
"Callada", ordené. "O despiertas al chamo."
"Entonces métemela."
Se la metí de un solo empuje, hasta el fondo.
Los dos ahogamos un gemido.
Estaba ardiente, estrecha, resbalosa, y me apretaba como un puño.
Le agarré la cintura con las dos manos y empecé a moverme.
Despacio.
Hondo.
Con un ritmo largo que hacía crujir la mesa.
Ella mordía su propio brazo para no gritar.
"Más fuerte", suplicó.
"Así no te oyen."
"Que me oigan."
"Yoselin."
"Más, Papi."
Aceleré.
Mi pelvis chocaba contra sus nalgas con un ruido húmedo.
Le agarré el pelo, y le eché la cabeza hacia atrás.
Ella se arqueó, con la boca abierta, sin voz.
Sentí cómo se contraía, cómo temblaba, cómo se vaciaba toda sobre mi verga.
Se vino con un estremecimiento que le sacudió la espalda, y se desplomó sobre la mesa.
No me detuve.
La embestí tres, cuatro veces más, y me derramé dentro de ella, con un rugido contenido contra su nuca.
Nos quedamos quietos, pegados, respirando.
Afuera, en el corredor, el chinchorro de Nelson chirrió una vez.
Los dos contuvimos el aliento.
Nada más.
Un ronquido largo, seco.
Yoselin soltó una risita temblorosa.
"Hijo de su madre", murmuró.
"Es tu esposo."
"Ya no lo sé."
Me aparté despacio.
Le bajé el camisón sobre las nalgas.
Ella se incorporó, con las piernas flojas, y se acomodó los rizos.
Me miró con los ojos brillantes.
Iba a decir algo.
Antes de que hablara, el perro empezó a ladrar al fondo del patio.
Luego un segundo.
Luego toda la jauría.
Un motor se acercaba por el camino de tierra, entre el polvo del amanecer.
Me asomé a la ventana.
Una camioneta negra frenaba frente al portón del hato.