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Nuera Compartida, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: La tormenta

La tormenta cayó sobre el hato a las nueve de la noche, de golpe, como un cubo de agua vaciado desde el cielo.

Truenos secos que sacudían las vigas, relámpagos que iluminaban la sabana entera en un segundo blanco, y una lluvia tan espesa que no se veía el corral desde la casa.

Los peones se encerraron en el galpón.

Nelson no había vuelto de Calabozo.

Yo salí con una linterna a revisar el pajar, el cobertizo alto donde guardábamos el heno, porque el viento amenazaba con arrancar el techo de zinc.

Yoselin me alcanzó a medio camino, con un poncho de agua sobre la cabeza.

"Voy contigo."

"Quédate en la casa."

"No."

Llegamos empapados.

Subimos por la escalera de mano al altillo, un espacio largo y bajo, lleno de pacas apiladas, con una ventana pequeña por donde entraba el resplandor de los rayos.

El zinc retumbaba bajo la lluvia, como un tambor.

Olía a pasto seco, a polvo, a tierra mojada.

Revisé las vigas con la linterna.

"Aguantan", dije.

Cuando me volví, Yoselin se había quitado el poncho.

Estaba de pie en medio de las pacas, con la blusa blanca pegada al cuerpo por la lluvia.

La tela transparente le marcaba los pezones.

El pelo, empapado, le caía sobre los hombros en rizos oscuros.

Me miraba como se mira un trueno antes de que caiga.

Apagué la linterna.

"Ven aquí", dije.

Fue.

Cruzó el altillo en tres pasos, y se me echó encima.

Su boca me sabía a lluvia.

La alcé en el aire, y la apoyé contra una viga gruesa, con las piernas enroscadas a mi cintura.

Le rompí la blusa de un tirón, y le chupé los pechos mojados.

Ella gemía, con la cabeza echada atrás contra el madero.

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