Owen traiciona mi confianza en la noche de estreno, novela · Capítulo 1 de 3
Capítulo 1: Noche de estreno
Los asientos nuevos son del color equivocado.
Lo noté en el segundo en que salí para el primer acto.
El viejo Sterling tenía terciopelo bordó, gastado y brillante en los apoyabrazos.
La sala reconstruida lo tiene gris. Dos mil asientos grises, todos llenos.
Dije mi primera línea y la voz me salió firme.
Dije el resto de la misma manera.
Esta noche mi manga izquierda es larga. Me cubre todo el brazo hasta la muñeca.
El cuello me llega hasta la mandíbula.
Marigold lo planchó bien plano con su plancha hace una hora y no dijo nada sobre por qué.
Nunca lo hace.
El telón bajó al final del primer acto, se encendieron las luces de la sala y me quedé en los bastidores con las manos temblando.
Hace noventa días no podía pararme en este suelo.
El incendio empezó al fondo del escenario, en el peine, a las 8:40 de un jueves.
Yo tenía veintitrés años y estaba justo ahí.
Owen me cargó por la puerta del callejón con el brazo en llamas.
El escenario ahora es nuevo. El piso es nuevo. El peine es nuevo.
Yo sigo sabiendo exactamente dónde estaba.
—Romy.
Marigold ya tenía mi vaso de agua listo y una toalla sobre la muñeca, con todo y alfiletero.
—Tienes quince minutos. Siéntate.
—Estoy bien.
—Estás gris. Siéntate.
Me senté en el cajón de utilería y me tomé el agua.
Me tomó la muñeca izquierda, me la volteó y miró la manga.
—Podrías quitártela, ¿sabes? Nadie en esa sala pagó por ver un cuello.
—Esta noche no.
—Esta noche no —repitió, y me dio unas palmaditas en la mano.
El vestíbulo es la parte de la reconstrucción que más odio.
Pusieron vidrio a lo largo de todo el lado de la calle.
Desde el pasillo de la puerta de escena se ve a cada persona que está ahí.
Salí en el intermedio porque Owen había dicho que vendría.
Dijo que estaría en el vestíbulo a la mitad, con Birdie, en la segunda fila.
Lo encontré junto al bar.
Estaba de espaldas a mí.
Llevaba la chaqueta azul marino, y Birdie estaba a su lado con su impermeable, sosteniendo una ginger ale con las dos manos.
Hollis Vane estaba parado junto al hombro de Owen.
Vane tiene cincuenta y ocho años y se pone un traje gris para ir a una obra como si estuviera a punto de embargarla.
Preside la junta del Sterling desde hace diecinueve años.
Votó en contra de recontratarme. Fue el único no.
Estaba a tres pasos cuando vi la muñeca de Owen.
La banda estaba encendida.
No del verde plano que se pone cuando solo la lleva puesta.
Azul. Azul pulsante, el color que toma cuando me está leyendo.
Mi ritmo cardíaco estaba en su muñeca en medio de un vestíbulo lleno de gente.
Vane tenía la cabeza inclinada hacia ella.
Tenía los lentes de lectura subidos en la frente y miraba la banda como si fuera un teléfono.
La mano de Owen estaba curvada, pero no había apagado la banda.
Ni siquiera se había bajado la manga.
—Noventa y cuatro —dijo Vane—. Ese es el ritmo en reposo de la banda. Fue ciento cuarenta en el segundo acto.
—Fue un acto difícil —dijo Owen.
—Ciento cuarenta estando quieta y hablándole a un hombre en una banca.
Me detuve.
Birdie me vio primero. Saludó con la ginger ale y se le derramó.
—¡Romy!
Owen se dio vuelta.
Su cara hizo eso que hace cuando ya sabe.
Todo en ella se quedó quieto de golpe.
—Romy. Hola.
Vane se enderezó, plegó sus lentes y se los guardó en el bolsillo.
—Señorita Tilney. Buen primer acto.
—Señor Vane.
—Su ritmo cardíaco llegó a un pico de ciento cuarenta y seis en los últimos diez minutos. —Lo dijo como quien comenta el clima—. Eso es más alto que el de una mujer en reposo. Eso es una mujer bajo tensión.
—Es la noche de estreno.
—Es una lectura, señorita Tilney. De un dispositivo que usted aceptó llevar puesto.
Miré a Owen.
Owen me miró y no dijo nada.
Esa fue la parte que me dio.
No Vane. Owen.
—Quítatela —dije.
—Romy.
—Quítatela ahora mismo.
Owen puso el pulgar sobre la banda y la mantuvo así hasta que la luz se apagó.
No dijo perdón. No dijo nada.
Birdie lo miró a él, después a mí, y se tomó su ginger ale.
—¿Cuánto tiempo lleva leyéndolo? —pregunté.
La mandíbula de Owen se movió.
—Romy, este no es el lugar.
—Cuánto tiempo.
Vane respondió por él.
—Desde agosto. Presentó la declaración el catorce.
El ruido del vestíbulo seguía girando a nuestro alrededor. Doscientas personas con vino.
La campana del segundo acto sonó en algún lugar detrás del bar.
—Con permiso —dije.
Volví por el pasillo de la puerta de escena con las manos a los costados.
Marigold esperaba en la mesa de utilería con la toalla.
No me senté.
Me quedé parada ahí y dejé que la campana del segundo acto sonara dos veces.
Entonces el gerente de sala pasó a mi lado con una pila de programas y vi el de arriba.
Alguien había pegado una página impresa dentro.
Una columna de números, y un nombre arriba.
El mío.
Se lo saqué de las manos.
—¿De dónde salieron estos?
Miró la pila, después a mí, y se puso pálido.
—Estaban en la taquilla esta mañana. La oficina del señor Vane los mandó.
Sonó el segundo campanilleo. El jefe de escena dio la llamada de lugares.
Doblé la hoja y la guardé en la manga.
Luego volví a salir por las puertas del vestíbulo porque no había terminado.
Vane seguía en el bar. Owen se había ido. Birdie se había ido.
Vane se había vuelto a poner los lentes y tenía un programa abierto en la mano.
Estaba leyendo la hoja que había dentro.
—Señorita Tilney. Entra en noventa segundos.
—Esas son mis lecturas médicas.
—Esas son las lecturas del teatro. Usted firmó la autorización cuando aceptó el papel.
—Firmé una autorización para el papel.
—Firmó una autorización para el papel y para todo lo que lo toca. —Cerró el programa—. Incluido un dispositivo que le avisa a cualquiera que esté del otro lado cuándo está a punto de desmoronarse.
—No me estoy desmoronando.
—Estaba en ciento cuarenta y seis en el primer acto. —Lo dijo lo bastante fuerte para que lo oyera todo el bar—. En la noche de estreno. Delante de la junta.
Dos hombres de traje se dieron la vuelta. A uno de ellos lo conocía. Es miembro de la junta.
—Señor Vane.
—Señorita Tilney, llevo diecinueve años dirigiendo este teatro. —Dobló el programa y me lo entregó—. Una mujer tan inestable no debería estar en mi escenario.