Papi Alfa, por favor no pares, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: Cedro y pólvora
Tamara llega a conocer al prometido de su madre, lo huele, y bajo el mantel de la cena la mano de él le sube por el muslo.
Pensé que conocer al Alfa de mi madre iba a ser una formalidad.
Una cena incómoda, un apretón de manos, una sonrisa falsa, y de vuelta a Chihuahua el lunes.
Me bajé del autobús en Creel con una maleta, mi último semestre de cerámica en la mochila, y un rencor de trece años.
Mi padre murió cuando yo tenía nueve.
Un Alfa lo mató por una deuda de manada, delante de mi madre, en la cocina de nuestra casa.
Desde entonces, yo no confiaba en ninguno.
Mi madre me esperaba en la estación, con su blusa blanca y el dije de plata al cuello.
"Hija."
"Mamá."
Me abrazó tan fuerte que me crujió la espalda.
"Estás flaca."
"Estoy igual que hace un mes."
"Pues entonces estás igual de flaca."
Reímos las dos, y se me aflojó algo en el pecho.
La Casa Alta estaba en lo alto de un cerro, entre pinos y rocas rojas, a veinte minutos del pueblo.
Una casa de madera enorme, con terrazas, chimeneas de piedra y un portón de hierro.
Olía a humo de leña y a tierra mojada.
Mi madre me tomó del brazo en la puerta.
"Te voy a presentar a Ciro. Es serio. Es callado. Pero te va a caer bien."
"Mamá, no me va a caer bien. Es un Alfa."
"Tamara."
"Perdón."
Cruzamos el vestíbulo.
Y entonces lo olí.
Cedro, pólvora y puro.
Me llegó por la nariz como un golpe de calor, y me pasó por todo el cuerpo hasta los dedos de los pies.
Dejé de oír a mi madre. Dejé de ver las vigas del techo.
Algo que llevaba veintidós años dormido dentro de mí se estiró, bostezó, y abrió un ojo.
"Hija, ¿te sientes bien?"
"Sí", mentí.
Un hombre salió de la sala de estar.
Medía casi dos metros, con los hombros anchos de un oso, el pelo negro con canas en las sienes y una barba cerrada.
Tenía una cicatriz que le bajaba por la mandíbula.
Y unos ojos gris humo que me clavaron a la pared.
"Ciro Valenzuela", dijo, y extendió la mano.
Tuve que mirarla un segundo antes de darme cuenta de que debía tomarla.
Estaba caliente y áspera, y me la envolvió entera.
Cuando nos soltamos, la piel me quedó ardiendo.
"Señor Valenzuela", conseguí decir.
"Tamara."
Dijo mi nombre como quien prueba un trago fuerte.
Sus fosas nasales se dilataron.
Vi cómo se le tensaban los músculos del cuello.
Los nudillos de su otra mano se pusieron blancos contra el marco de la puerta.
Mi madre sonrió, sin notar nada.
"Pasen al comedor, que se enfría la sopa."
La cena fue en una mesa larga de madera oscura, con ocho sillas y una chimenea al fondo.
Mi madre se sentó a un extremo, donde le servían los platos.
Ciro, a la cabecera.
Yo, a su derecha, a un codo de su brazo.
Un hombre rubio, de sonrisa de cortesía, ocupaba la silla frente a mí.
Era Orlando Zúñiga, el Beta, que me saludó con un apretón de manos demasiado largo.
Comimos caldo de res y tortillas de harina.
Mi madre hablaba de la boda, de las flores, del traje, de lo bien que se llevaban con la manada.
Yo asentía y no probaba bocado.
Ciro apenas hablaba.
Me miraba una vez por minuto, de reojo, y apartaba la vista como si le quemara.
A los veinte minutos de cena, algo me tocó la rodilla bajo la mesa.
Salté en la silla.
"¿Qué pasa, hija?", preguntó mi madre.
"Nada. Un calambre."
Era una mano.
Una mano grande y caliente, que se posó sobre mi rodilla sin moverse.
Miré al frente, con la cuchara a medio camino de la boca.
Ciro hablaba con Orlando de unos pastos del norte.
Su cara no se había movido ni un milímetro.
La mano subió.
Despacio. Muy despacio.
Subió por el interior de mi muslo, sobre la tela del vestido.
Sus dedos se detuvieron a una pulgada de mi ropa interior.
Dejé de respirar.
Mi madre servía más tortillas y comentaba que la sierra no estaba tan fría como el año anterior.
Los dedos de Ciro dibujaron un círculo lento sobre mi piel.
Me aferré al borde de la mesa con la mano libre.
Entonces se inclinó hacia mí, fingiendo alcanzar la sal, y su voz me llegó al oído, grave y seca.
"Sé una buena chica, Tamara."
Un escalofrío me bajó por la columna.
"Y no dejes que mami te oiga gritar."