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Puse A Madre E Hija En Cuatro Ruedas, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Primera clase

Álvaro sienta a Génesis en sus piernas para guiarla; el carro se apaga y salta, y ella gira la cadera sobre lo que le late debajo.

"Padrino, hay algo duro aquí abajo que me está picando."

Génesis lo dijo sin mover la cara, con las manos en el volante y el culo en mis piernas.

Yo respiré hondo.

"Es el cinturón."

"No parece un cinturón."

"Concéntrate en el espejo retrovisor."

"Estoy concentrada."

Era el primer martes de su curso de manejo, a las seis de la tarde, en el patio trasero de la Autoescuela Guédez.

El sol caía naranja sobre las canchas de tierra.

El carro de práctica, un Aveo blanco con doble pedal, olía a gasolina y a vainilla barata.

Yo tenía cuarenta y un años y veinte de oficio enseñando a manejar a gente asustada.

Nunca había enseñado a nadie así.

Pero Génesis había llegado con una minifalda de jean que casi no le tapaba nada.

Llevaba un top blanco sin sostén y una sonrisa de gata.

"El asiento del copiloto no me deja alcanzar los pedales", había dicho.

"Es un problema de altura."

"Entonces siéntame donde alcance."

Me quedé mirándola.

Ella tenía veintidós años, era hija de mi administradora, y desde hacía seis meses era mi ahijada.

Yo había aceptado ser padrino de grado de su promoción de arquitectura, porque Zulay me lo pidió con esa voz suya.

Fue una ceremonia con birrete, fotos y una cena de cuarenta personas.

Nada más.

Hasta hoy.

"A ver, mi ahijada", dije, con la garganta seca. "Siéntate aquí. Te guío yo."

Se montó en mis piernas, de frente al tablero, con la espalda contra mi pecho.

Su falda se subió.

No hizo nada para bajarla.

Me puse las manos sobre las suyas, en el volante.

"Primera. Suelta el embrague despacio."

"¿Así?"

"Más despacio."

"¿Así?"

El motor se apagó con un tirón seco.

El carro dio un brinco violento, y el cuerpo de Génesis se fue hacia atrás y se hundió en mí con todo su peso.

Solté un gruñido.

Sus nalgas me apretaron la verga, ya dura, a través de dos capas de tela.

"Ay, Dios", dijo ella, muy bajito.

"Perdón."

"¿Perdón por qué?"

"Por... eso."

"Eso es lo que me picaba."

Se rio.

Una risa baja, ronca, que me vibró en el pecho.

No se movió.

"Padrino."

"Dime."

"No me estás empujando fuera."

"No."

"Eso quiere decir algo."

"Génesis."

"Dime que me levante y me levanto."

La miré por el espejo retrovisor.

Tenía los ojos oscuros, los labios entreabiertos y una gota de sudor bajándole por el cuello.

Y no me salió ninguna palabra.

"Eso pensé", murmuró.

Giró la cadera, despacio.

Un círculo lento sobre mi regazo.

El roce me atravesó la columna.

Le agarré la cintura con las dos manos, y no para apartarla.

"Estás loca."

"Un poquito."

"Tu mamá está en la oficina."

"Mi mamá está haciendo la nómina."

"Génesis."

"¿Sí, padrino?"

"Soy tu padrino."

"Eres mi padrino de grado. Del grado. Ya me gradué."

Otro círculo, más lento.

Sentí cómo su calor me atravesaba el pantalón.

Gemí por lo bajo.

"Tienes la verga más rica que he sentido en un carro", dijo, con voz de niña traviesa.

"¿Cuántas has sentido?"

"Eso no se pregunta."

Me mordí el labio.

Estiré el brazo, bajé el seguro de las puertas y subí los vidrios.

Ella lo notó.

Sonrió, sin voltearse.

"Entonces sí quieres."

"Quiero."

"Dilo claro."

"Quiero que sigas."

Se apoyó en el volante con las dos manos y arqueó la espalda.

Empezó a mecerse sobre mis piernas, de adelante hacia atrás, apretándome entre sus nalgas.

Subió y bajó la cadera con un ritmo parejo, de quien ha bailado toda la vida.

Cada vez que bajaba, mi verga se le hundía en la raja, atrapada entre las dos telas.

Cada vez que subía, el aire se me iba.

"Así...", jadeé. "Así..."

"¿Te gusta?"

"Me matas."

"Eso quería."

Le metí la mano por debajo del top.

Tenía los pechos pequeños, firmes, con los pezones duros como piedras.

Se los acaricié con las dos manos, y ella echó la cabeza hacia atrás, sobre mi hombro, con un gemido largo.

"Padrino..."

"Álvaro."

"Álvaro."

La música de la radio sonaba bajito, un reguetón de moda.

Génesis perreaba sobre mí al compás.

Y yo, un hombre de cuarenta y un años con una escuela de manejo y una hipoteca, estaba a punto de venirme como un adolescente.

"Génesis, voy a..."

"No."

"¿No?"

"Todavía no."

Se detuvo.

Se bajó de mi regazo con una elegancia ridícula.

Se sentó en el asiento del copiloto, con las piernas cruzadas y las mejillas rojas.

Se acomodó la falda.

"Mañana", dijo, mirándome. "Segunda clase."

"Génesis..."

"Mañana. Y ahí sí quiero ver adónde llegamos."

Mi celular sonó en el tablero.

Los dos miramos la pantalla.

"ZULAY OFICINA".

Génesis abrió la puerta del carro, bajó con las piernas largas, y se apoyó un segundo en la ventana.

"Contesta, padrino."

Me guiñó un ojo y se fue por el patio, balanceando las caderas.

Y yo, con la verga latiéndome en el pantalón y el celular en la mano, contesté.

"¿Álvaro?", dijo la voz de Zulay. "¿Cómo va la clase?"

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