Quédate Con Tu Luna Podrida, novela · Capítulo 1 de 20
Capítulo 1: La fiesta de otoño
Ambrosio presenta a Mirta como la loba que llevó a casa; Nereida lo enfrenta y él llama a su marca "solo temporal"; ella acepta una invitación de Zacarías.
Cuatro años escondida se aprenden a cargar en la nuca.
Yo los llevaba bajo la trenza, en una media luna plateada del tamaño de una uña, que me ardía cada vez que él entraba a un salón.
Esa noche me ardió desde el portón.
La fiesta de otoño de Colmillo Rojo ocupaba el salón grande de troncos, con las antorchas en los pilares y trescientos lobos de pie, bebiendo del barril de la manada.
Yo estaba junto a la puerta, con mi chaqueta de cuero de guerrera Beta.
Era mi puesto.
Desde ahí se veía todo, y nadie me miraba a mí.
Entonces Ambrosio Valderrama entró por el fondo, y la música se cortó.
Mi Alfa.
Alto, de hombros anchos, con la barba recortada y el abrigo negro de piel.
Y de su brazo, una mujer.
Me quedé sin aire.
Pelo castaño claro suelto sobre los hombros, un vestido de lana blanca, una sonrisa de niña buena.
Y los ojos.
Grises, de un gris plata como el agua bajo la luna.
Los ojos de mi padre.
Los míos.
"Manada", dijo Ambrosio, y su voz grave llenó el salón. "Les presento a Mirta Aldunate, que vuelve a casa."
Mi media hermana.
La hija que mi padre tuvo con una loba de la manada, y que se crió lejos, en Piedra Blanca, y que yo vi dos veces en toda mi vida.
Ambrosio le rodeó la cintura con el brazo.
Delante de todos.
Con la misma mano con que, hacía cuatro años, me había tomado por primera vez, una noche de luna llena en su cuarto, y me había mirado a los ojos durante mucho rato.
"¿Sabes, Nereida?", me había dicho entonces, con la voz ronca. "Lo que más me fascina de ti son tus ojos preciosos."
Me los quedé tocando con la mirada ahora, en la cara de otra.
Los murmullos empezaron.
Alguien dijo: "Qué parecida a su hermana."
Otro: "Pero más suave."
Y una voz de mujer, detrás de mí, en voz bajita: "Dicen que el Alfa la va a hacer Luna."
Yo no me moví.
Mirta levantó la barbilla y miró alrededor con modestia.
Su mirada llegó hasta mí.
Y sonrió.
No una sonrisa de saludo.
Una sonrisa de quien ha ganado algo y quiere que se note.
Esperé una hora.
Una hora de brindis, de manos estrechadas, de la mano de él en la espalda de ella.
Cuando por fin salió del salón con dos de sus lobos, lo seguí por el pasillo de los despachos.
Cerró la puerta de su oficina detrás de él.
Yo la abrí sin tocar.
"Nereida", dijo, sin volverse. "Cierra."
Cerré.
Se sirvió un vaso de aguardiente de la botella de la repisa, y se lo tomó de un trago.
"Dime que lo que vi no es lo que parece."
"No sé qué viste."
"Vi a mi hermana con tu brazo en la cintura."
"Es una invitada."
"La presentaste como la loba que volvía a casa. Dicen que será Luna."
Por fin se giró.
Sus ojos castaños me miraron con una frialdad que no le conocía.
O que no había querido conocer.
"Mi padre me dejó una condición, Nereida. Para ser Alfa completo, mi Luna debe ser de sangre pura de manada. La tuya no lo es."
"Mi padre fue tu Beta."
"Tu madre fue una errante."
Dijo eso sin alzar la voz.
Como quien comenta el clima.
"Cuatro años", dije. "Cuatro años fingiendo ser una guerrera cualquiera para que nadie sospechara. Cuatro años aceptando que me dejaras fuera de las fotos de la manada, de las cenas, de las juntas. Dijiste que era para proteger tu título."
"Y lo era."
"Y ahora lo protege ella."
Una sombra le cruzó la cara.
"Mirta tiene tus ojos. La gente los verá en ella y se olvidará de que alguna vez los vio en ti. Es mejor así."
"¿Mejor para quién?"
"Para todos."
Tragué saliva.
La marca me quemaba en la nuca, como si una brasa me hubiera caído bajo la piel.
"Dímelo", dije. "Mírame y dime qué fui para ti."
Silencio.
Se sirvió otro vaso.
"¿Que te dé una explicación? ¿Pues qué te imaginabas?" Se encogió de hombros. "Solo fue una marca temporal, Nereida. Para ese año. Nada más. Para mí, nunca has sido más que una amiga."
Una amiga.
Cuatro años.
Yo no lloré.
No me alcanzaron las lágrimas, ni el aire, ni las ganas de que él viera algo en mi cara.
Asentí una vez, despacio.
"Entiendo."
"Sabía que lo entenderías." Se sentó detrás del escritorio. "Eres mi mejor guerrera. Seguirás en tu puesto. Y a Mirta le irá bien que la proteja alguien como tú."
"Claro."
Salí de la oficina con el paso firme, la espalda recta, y las uñas clavadas en las palmas.
El pasillo estaba vacío.
Me apoyé de espaldas contra la pared de troncos, cerré los ojos, y abrí un enlace mental con la única persona que no estaba en ese salón.
Un hilo de luz hacia el otro lado del río.
Hacía años que no lo usaba.
Cresta de Plata. Zacarías.
Me respondió al primer latido.
"Nereida."
Su voz sonó clara dentro de mi cabeza, como si estuviera a mi lado.
"Hace tres meses me hiciste una invitación", dije. "Ser la jefa guerrera de tu manada."
"Y me dijiste que no."
"Ahora te digo que acepto."