Quédate Con Tu Luna Podrida, novela · Capítulo 12 de 20
Capítulo 12: A la puerta
El portón de Cresta de Plata era una empalizada de troncos con dos antorchas.
Llegué antes que nadie.
Subí a la plataforma de la guardia, y lo vi.
Un lobo enorme, negro como la brea, de pecho ancho y patas largas, avanzaba por el camino con la cabeza baja.
Cojeaba.
Tenía el pelaje opaco, grumoso, y los ojos rojos de fiebre.
Se detuvo a treinta pasos del portón, y se tendió sobre las patas delanteras.
Aulló.
Fue un sonido largo, miserable, que hizo temblar las antorchas.
"Arcos", gritó alguien.
"Nadie dispara", dije.
Bajé la escalera de la plataforma y salí por la puerta lateral, sola.
"Nere", dijo Zacarías a mis espaldas. "No vayas."
"Si me ataca, me defiendo."
"No es eso lo que temo."
Lo miré.
Era verdad.
Caminé hacia el lobo sin armas.
Cuando estuve a diez pasos, el animal se estremeció, y su cuerpo empezó a cambiar.
Huesos que crujían, pelo que se retiraba, músculos que se acomodaban bajo la piel.
En cuestión de segundos, en el suelo, de rodillas y desnudo, jadeando, estaba Ambrosio.
Más flaco.
Con las costillas marcadas.
La barba descuidada y las ojeras negras.
Tenía el pecho cubierto de sudor frío, y las manos temblorosas apoyadas en la tierra.
"Nereida."
"Ponte algo", dije, y le lancé mi chaqueta.
La tomó sin mirarla.
"No vengo a pelear."
"Ya lo noté."
"Vengo a decirte la verdad."
Se quedó de rodillas.
No se levantó.
Las dos manadas nos miraban desde lejos, tras las rendijas del portón.
"Mi lobo se muere", dijo. "Lo siento por dentro. Desde esa noche, desde que te puse la marca y te dije que no era. Cada mañana me despierto y hay un pedazo menos."
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