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Reencuentro Destinado, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: La víspera

Adán le pide una noche con Griselda antes de la ceremonia de apareamiento. Salomé acepta y va al límite del bosque a pedirle al alfa rival que la haga suya.

La noche antes de mi ceremonia de apareamiento, mi futuro alfa me pidió permiso para acostarse con otra.

Lo hizo en el jardín de la Casa Grande de Abeto Plateado.

Colgaban faroles de papel que las mujeres habían puesto para la fiesta de mañana.

Adán Caballero estaba de pie junto a la fuente, con una chaqueta de cuero.

Tenía el brazo sobre los hombros de Griselda Cano, su amiga de la infancia.

Ella llevaba un vestido rojo muy ajustado, el pelo cobrizo suelto, y una sonrisa de gata.

Yo bajé las escaleras con mi vestido de lino de ensayo y un vaso de agua.

"Salomé", dijo Adán. "Qué bueno que viniste. Tenemos que hablar."

"Dime."

Se rascó la nuca, nervioso.

Griselda me miró de arriba abajo con una paciencia dulce.

"Mañana me caso contigo", dijo Adán. "Y te juro que quiero hacerlo."

"Lo sé."

"Pero tengo un miedo."

"¿Cuál?"

"Que me arrepienta, dentro de veinte años, de no haber estado nunca con una mujer como Griselda."

Hubo un silencio.

El agua de la fuente seguía cayendo.

"¿Como Griselda?", pregunté.

"Ardiente. Lo que ella es. Lo que yo siempre he querido y nunca me atreví a pedir."

Griselda bajó la mirada con falsa timidez.

"No me lo tomes a mal, Salo", dijo. "Son cosas que pasan entre amigos."

"Entre amigos."

"Una noche", dijo Adán. "Solo una. Después te seré fiel para siempre. Serás la Luna insustituible de Abeto Plateado."

Lo miré.

Tenía los ojos azules, honestos, convencidos.

Hablaba en serio.

No era un hombre malo.

Era un hombre mimado, al que nadie había dicho que no desde que tenía cinco años.

Pensé en mis veintiséis años.

En siete años de noviazgo arreglado, de cenas con mi suegro, de ensayos de ceremonia, de callar y sonreír.

Pensé en una carta que nunca llegó.

En una cara que había dejado de mirar al otro lado del río.

Respiré hondo.

"Está bien", dije.

Adán parpadeó.

"¿Está bien?"

"Que se la pasen bien."

"¿De verdad?"

"De verdad."

Griselda abrió la boca, y la cerró otra vez.

No esperaba que fuera tan fácil.

Adán me tomó las manos.

"Gracias. Gracias, Salo. Eres increíble."

Me besó la frente, como a una niña buena.

Después levantó a Griselda en brazos, entre risas.

Antes de cruzar la puerta del jardín, se volvió hacia mí, y esbozó una sonrisa torcida, de conquistador satisfecho.

"Esta noche también eres libre de buscar a otro lobo", dijo. "No me opondré."

Lo dijo como una broma.

Como si no pudiera imaginar que yo fuera capaz.

"Gracias", dije. "No hará falta buscar lejos."

Pero él ya se iba por el sendero, con Griselda colgada de su cuello, y no me oyó.

Me quedé sola junto a la fuente.

El vaso de agua me temblaba en la mano.

No lloré.

Lo que sentí no fue dolor.

Fue una liviandad extraña, como cuando se corta una cuerda que uno llevaba mucho tiempo sosteniendo.

Dejé el vaso en el borde de la fuente.

Me quité los zapatos de ensayo y caminé descalza por el jardín, hasta la verja trasera.

Tomé el sendero del bosque.

Hacía una noche de abril clara, con luna llena sobre el páramo y la niebla enredada entre los árboles.

Caminé media hora, entre helechos y frailejones, con el vestido pegado a las piernas por la humedad.

Conocía cada piedra.

Cada año, la víspera de mi cumpleaños, venía a este camino, sin saber por qué.

Me sentaba un rato junto al río del límite, a mirar la otra orilla.

Nunca había cruzado.

Esa noche, sí.

El río del límite es un hilo de agua ancha, de piedras lisas, que separa las tierras de Abeto Plateado de las de Roca Negra.

Hacía tres generaciones que las dos manadas no se dirigían la palabra.

Allí, sobre una roca grande, entre la niebla y la luz de la luna, había una figura.

Un hombre.

De espaldas, con un abrigo oscuro, las manos en los bolsillos, mirando el agua.

El corazón se me detuvo.

Lo reconocí por los hombros, por la manera de inclinar la cabeza.

Por el olor, que me llegó con el viento, a madera mojada y a humo.

Hacía ocho años que no lo veía.

Desde el Festival de las Dos Manadas, cuando tenía dieciocho y él veinticuatro, y bailamos una sola canción antes de que nuestros padres nos separaran.

"Jacinto", dije.

Se giró despacio.

Los ojos verdes le brillaron en la oscuridad.

Tenía más canas en la barba, una cicatriz nueva en el antebrazo, y la mandíbula más dura.

Pero la mirada era la misma.

"Salomé."

Se quedó quieto, como si temiera que yo fuera un espejismo.

"Vengo cada año", dijo, con voz ronca. "En la víspera de tu cumpleaños. A esta roca."

"Yo también."

"Nunca coincidimos."

"Nunca crucé."

"Ni yo."

Dimos un paso, cada uno, hacia el agua.

Las piedras brillaban bajo la luna.

"Mañana tengo mi ceremonia", dije.

"Lo sé."

"Con Adán Caballero."

"Lo sé."

Me temblaba la voz.

"Esta noche me dijo que era libre de buscar a otro lobo."

Los ojos de Jacinto se oscurecieron.

"¿Eso te dijo?"

"Sí."

Crucé el río.

El agua fría me subió por los tobillos, por las pantorrillas, y no sentí nada.

Salí del otro lado, descalza, empapada, y me detuve delante de él.

A treinta centímetros.

Podía oler su piel.

Alcé la cara.

"Alfa Jacinto", susurré, sosteniéndole la mirada. "Esta noche, hazme tuya. Por favor."

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