Reencuentro Destinado, novela · Capítulo 11 de 16
Capítulo 11: Sangre y luna
Doña Brígida llegó con las carretas a los diez minutos.
Vio la sangre, el cuerpo del lobo muerto entre las hojas, y a su hijo tendido sobre mi regazo, pálido como un papel.
No gritó.
Puso las manos en la herida, murmuró algo en una lengua vieja, y ordenó:
"A la cabaña del lago. Ya."
Cargaron a Jacinto entre cuatro hombres.
Yo caminé a su lado, desnuda bajo una manta, con el brazo todavía abierto, sin sentir el dolor.
La cabaña del lago era una casita de troncos que los dos clanes usaban, cada uno en su turno, para las reuniones de paz.
Tenía una sola habitación, una estufa grande, una cama ancha y una mesa de pino.
Doña Brígida cosió la herida de su hijo con aguja de hueso y hebra de lana, mientras yo le sostenía la cabeza.
Cuando terminó, le limpió la frente con un paño y se volvió hacia mí.
"Vivirá."
"¿Seguro?"
"Es un lobo duro. Pero necesita una cosa."
"Lo que sea."
"Que lo reclames."
Parpadeé.
"¿Ahora?"
"La mordida de reclamo cura. Es lo que hace el vínculo completo: comparte la fuerza. Si no, tardará semanas."
"Pero está herido."
"Está vivo."
Se puso de pie con su cayado.
"Hija, yo no voy a decirte qué hacer. Yo solo te digo lo que sé."
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