Reencuentro Destinado, novela · Capítulo 3 de 16
Capítulo 3: La marca
Al amanecer, una media luna aparece en la clavícula de Salomé. Jacinto le cuenta las ocho cartas que escribió y ella decide volver a la ceremonia.
Me despertó una luz rosada que entraba por la ventana de la cabaña.
Estaba desnuda, enredada en una cobija de lana, con la mejilla contra un pecho caliente.
Jacinto dormía boca arriba, con un brazo bajo mi cabeza, la boca entreabierta y el pelo hecho un desastre.
Lo miré un buen rato.
A la luz del amanecer tenía las líneas de la cara más suaves.
Era el muchacho de veinticuatro años del festival, con ocho años de cansancio encima.
Intenté levantarme sin despertarlo.
Sentí un ardor ligero en la clavícula izquierda.
Bajé la mirada.
Sobre la piel, justo debajo del hueso, brillaba una marca nueva.
Una media luna delgada, plateada, del largo de mi dedo meñique, que parecía hecha de luz.
Me quedé sin respirar.
Toqué la marca con la yema de los dedos.
Estaba tibia.
Palpitaba.
"Jacinto", dije en un hilo de voz.
Abrió los ojos de golpe.
Me miró, y después siguió mi mirada hasta mi clavícula.
Se quedó mudo un segundo.
Luego se incorporó, despacio, apoyado en un codo.
"Ya salió", susurró.
"¿Qué es esto?"
"Es la marca."
"¿Qué marca?"
"De los compañeros destinados."
Sentí un vacío en el estómago.
"Eso es un cuento."
"No lo es."
Se pasó una mano por la cara.
"Salomé, esto lo sé desde el festival."
"El día que bailamos, te vi bajo la luz, y mi lobo se detuvo. Se quedó callado, como cuando uno entra a una iglesia."
"Pero no hubo marca."
"El vínculo estaba dormido. Se necesita el contacto para despertarlo."
"¿Ocho años dormido?"
"Ocho años."
Me levanté.
Me envolví en la cobija, con los pies fríos sobre el piso de madera.
"¿Y por qué no viniste a buscarme?"
"Vine."
"¿Cuándo?"
"Cada año. Hasta esa roca."
"Eso es venir a una roca. No es buscar a una mujer."
Jacinto bajó la cabeza.
"Tienes razón."
"¿Y las cartas?"
Alzó la vista, de golpe.
"¿Qué cartas?"
"Mi padre me contó que no habías escrito nunca."
"Salomé, te escribí ocho cartas. Una por cada cumpleaños, desde el primero que pasamos separados."
"No me llegó ninguna."
"Las dejaba en el buzón de la Casa Grande de tu padre. Con mi nombre en el remitente."
"Nunca las recibí."
"Entonces, ¿tú nunca contestaste porque no las leíste?"
"Yo nunca contesté porque no sabía que existían."
Nos miramos.
El silencio se llenó de preguntas.
Fuera, un pájaro cantó una frase corta, repetida.
"Tu padre", dijo Jacinto despacio. "O alguien más."
"Yo creía que habías elegido a otra."
"¿Quién te dijo eso?"
"Griselda."
El nombre cayó como una gota fría.
Jacinto frunció el ceño.
"¿La amiga de Adán?"
"Y mía. Desde niñas."
"Ella te lo dijo."
"Hace seis años. Un día, en la cocina."
"Dijo que Roca Negra anunciaba tu matrimonio con la hija de un viejo aliado."
"Nunca me casé."
"Lo sé ahora."
Me tapé la cara con las manos.
Ocho años.
Ocho años de callar, de sonreír, de aceptar a un hombre que no era el mío, por una mentira.
Una mano se posó sobre mi hombro.
Era cálida y firme.
"Mírame", dijo Jacinto.
Lo miré.
Tenía los ojos húmedos.
"No sé quién te mintió. Pero te juro que hoy mismo lo vamos a averiguar."
"Hoy es mi ceremonia."
"Lo sé."
"Tengo que ir."
Se quedó helado.
"¿Vas a casarte con él?"
"No."
Respiré hondo.
"Voy a decirle que no. Delante de todos."
"Entonces voy contigo."
"No. Tu presencia le daría la excusa que necesita. Dirá que los traiciono con el enemigo."
"Salomé."
"Es mi pelea, Jacinto. Tengo que darla yo."
Me miró un largo rato.
Después asintió, despacio.
"Estaré al otro lado del río. Si me necesitas, aúllo."
"Eso no es discreto."
"No pretendo serlo."
Me reí.
Me vestí con el vestido aún húmedo, y me trencé el pelo con los dedos.
Antes de salir, él me tomó de la muñeca.
Me atrajo hacia sí.
Me besó, despacio, con una ternura nueva.
"Si te hacen daño", dijo contra mi boca, "me da igual el tratado, me da igual la tradición. Cruzo."
"No me harán daño."
"Prométemelo."
"Te lo prometo."
Crucé el río de vuelta con el sol saliendo sobre el páramo.
El agua estaba helada.
La media luna palpitaba bajo la tela.
Y a lo lejos, en el valle, empezaron a sonar los tambores de la ceremonia.