Reencuentro Destinado, novela · Capítulo 7 de 16
Capítulo 7: Luna creciente
Esa noche, Jacinto me preparó un baño.
La casa de piedra tenía una tina de cobre en una habitación pequeña, al fondo del pasillo, con una ventana que daba al páramo.
La llenó con agua caliente de los calderos, y le echó ramas de romero y hojas de eucalipto.
El vapor olía a monte.
Yo me quedé de pie en la puerta, con un vestido prestado de lana gris y el pelo suelto.
"Entra", dijo. "Hace dos días que no descansas."
"Tú tampoco."
"Yo aguanto."
"Entra conmigo."
Me miró un segundo.
Después sonrió, de lado.
Se quitó la camiseta.
Yo me quité el vestido.
Nos metimos juntos en el agua, él detrás, yo entre sus piernas, con la espalda apoyada contra su pecho.
El agua me llegaba a los hombros, caliente y espesa.
Suspiré.
Jacinto me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.
"Esto lo imaginé", murmuró.
"¿Qué cosa?"
"Tenerte así. Sin prisa. Sin que nadie nos busque."
"Nos buscan."
"Hoy no."
Tomó una jarra de barro, la llenó de agua y me la vertió despacio sobre el pelo.
Sentí sus dedos largos entre los mechones, lavándome con un jabón de lavanda.
Me dio un masaje en el cuero cabelludo, que casi me hizo ronronear.
"Qué rico", dije.
"Para eso estoy."
"¿Para qué estás?"
"Para consentirte."
Me besó el hombro, la curva del cuello.
Sus manos bajaron.
Una se detuvo en mi vientre, abierta, caliente.
La otra subió despacio, hasta cubrirme una teta.
Mi respiración cambió.
"Jacinto."
"Dime."
"Hace diez minutos decías que éramos dos personas cansadas."
"Estaba mintiendo."
Reí.
Se me arqueó la espalda cuando me pellizcó un pezón con suavidad, entre el pulgar y el índice.
Me giré en el agua.
Quedé de rodillas frente a él, con el agua chorreándome por los hombros, y le tomé la cara.
Lo besé.
Un beso largo, lento, de los que se saborean.
Él me rodeó la cintura y me acercó más, hasta que mis pechos quedaron aplastados contra el suyo.
Sentí su verga dura entre mis muslos, bajo el agua.
Solté un gemido.
"Vamos a la cama", dijo.
"Aquí."
"Se va a enfriar."
"Que se enfríe."
Me senté a horcajadas sobre él.
Con una mano, tomé su verga, y la guié hacia mí.
Me hundí despacio, centímetro a centímetro, hasta que me llenó por completo.
Los dos soltamos el aire.
El agua se movió en olas pequeñas contra los bordes de la tina.
Empecé a moverme.
Primero lento, con las manos en sus hombros, mirándolo a los ojos.
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