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Renací como la hija de mi enemiga, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: La niñita hermosa

Perla muere en la azotea, renace como bebé y reconoce a su nueva madre: Jessica.

Morí a los dieciséis años, por culpa de una puerta cerrada con llave en la azotea de mi prepa.

Fue un jueves de abril, a la hora del recreo, y nadie vino a abrirme.

Después hubo una oscuridad larga y tibia, como estar dentro de una cobija.

Después hubo luz.

Una luz blanca, dura, que me hirió los ojos.

Quise gritar, y lo que salió de mi garganta fue un chillido de gato.

Unas manos me levantaron.

Una voz de mujer dijo:

"Ya, ya, mi amor. Ya pasó."

Me pusieron sobre un pecho caliente, que olía a leche y a sudor.

Una enfermera dijo algo de peso y de talla.

Alguien más se rio y dijo que tenía pulmones de cantante.

Yo no entendía lo que pasaba.

Tenía las manos chiquitas.

No podía enfocar nada.

Entonces la mujer que me abrazaba se inclinó sobre mí, y vi su cara por primera vez.

Pelo castaño recogido en una coleta, ojeras de cansancio, la piel brillante de sudor.

Veintiún años, quizá.

Era una cara bonita.

Era una cara que yo conocía mejor que la mía.

Sentí que el corazón, ese corazón diminuto y recién estrenado, se me paraba.

Jessica Ordaz.

La misma nariz respingada.

El mismo lunar junto a la boca.

La misma voz dulce con la que, cinco años antes, me había dicho: "Ven, Perla, quiero enseñarte algo en la azotea".

"Hola, mi niñita hermosa", susurró.

No.

No, no, no.

Intenté retorcerme.

Mi cuerpo de bebé no respondía.

"Ya, mi amor, tranquila."

Me acarició la cabeza con el pulgar.

Cuando me besó la frente, sentí en la piel el mismo perfume de vainilla.

Lo olía en el pasillo del colegio los días en que me tocaba sufrir.

Una oleada de asco me subió desde el estómago.

No puede ser, pensé.

No puede ser que me haya tocado ella.

Alguien se acercó a la cama.

Un hombre grande, de unos veinticinco años, con una bata de hospital sobre la ropa y los ojos enrojecidos.

Sonreía con una ternura boba.

"Mírala, Jess. Es perfecta."

"Es igualita a ti, Horacio."

"Tiene tu boca."

Se miraron.

Se besaron.

Yo, mientras tanto, aprendía una cosa nueva: que el asco es un sentimiento que cabe perfectamente en el cuerpo de una recién nacida.

La enfermera la acomodó mejor sobre la almohada.

"¿Ya tienen nombre?"

"Alma", dijo Jessica. "Se va a llamar Alma Cantú Ordaz."

Alma.

Qué ironía, pensé.

Mi alma, dentro del cuerpo de la hija de mi asesina.

El hombre extendió un dedo enorme y me tocó la manita.

Mis dedos se cerraron por reflejo alrededor del suyo.

"Mira, Jess. Me agarró."

"Te quiere."

No lo quería.

Quería salir de ahí.

Quería gritar, acusar, correr a decirle a alguien lo que esa mujer joven y bonita le había hecho a una chica de dieciséis años.

Pero no tenía palabras, ni piernas, ni dientes.

Solo tenía una cosa.

Dos manos pequeñas y un impulso.

Jessica me acercó la cara para mirarme de cerca.

"Qué ojos tan grandes", dijo, riendo. "Seguro vas a ser muy lista."

Estaba tan cerca, tan sonriente, tan segura de que yo era suya.

Moví el brazo con todas mis fuerzas.

Le clavé el dedo índice derecho directamente en el ojo.

"¡Ay!"

Jessica se echó atrás, con la mano en la cara.

"¡Me picó el ojo!"

La enfermera rio.

Horacio se atragantó de risa.

"Tiene carácter, la muchacha."

"Me dolió de verdad."

"Es una bebé, mi vida."

Yo pataleé contra el pecho de Jessica con las piernas gordas y temblorosas.

Pataleé con todo lo que tenía.

Con rabia, con miedo, con los dieciséis años de una niña que no volvió de la azotea.

Jessica se tapó el ojo con una mano y con la otra me sujetó, riendo todavía, con lágrimas en la cara.

Y empezó a tararear.

Una canción bajita, de cuna.

Una canción que yo conocía.

La había oído una sola vez en mi vida, cuando ella la silbó mientras cerraba con llave la puerta de la azotea, desde afuera.

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