Renací: esta vez no seré su prometida, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Otra vez
Viviana despierta el día de su compromiso con el recuerdo de su muerte y rechaza el anillo delante de trescientos invitados.
Desperté con el sabor de la sangre en la boca y el sonido de mi propio cuerpo contra las baldosas.
Me incorporé de golpe, con las manos en el pecho.
Estaba en mi cuarto de Chapinero, con las cortinas amarillas y la luz de marzo en la cama.
No había terraza, ni vidrio roto, ni nadie parado en la puerta mirándome.
Busqué mi teléfono en la mesa de noche y lo prendí con los dedos temblando.
Era sábado, veintidós de marzo.
Tenía veinticuatro años otra vez.
En la vida que acababa de terminar, yo había muerto a los veintisiete, la noche antes de mi boda, en la terraza de una hacienda en La Calera.
Lo recordé entero, sin que nadie me lo pidiera.
Mariángel Pombo me había empujado, y el vidrio de la baranda se había abierto como una puerta.
Caí sobre las piedras del jardín con la pierna doblada al revés.
Desde abajo vi a Alvar parado arriba, en el marco de la puerta.
Le pedí que llamara una ambulancia.
Él miró a Mariángel, que lloraba con las manos en la cara.
"Después", dijo. "Ella está mal."
Esa fue la última palabra que le oí.
Me quedé en la cama un minuto largo, respirando.
Hoy era la fiesta de compromiso, en la misma hacienda.
Esa noche, mi papá iba a brindar con Inmaculada Marulanda, y yo iba a recibir un anillo de las manos de un hombre que no me quería.
Me levanté.
Me miré en el espejo del baño, y vi a una mujer de ojos grandes que todavía creía en la gente.
"No", le dije.
Me vestí con calma.
Elegí un vestido verde oscuro, sin mangas, que mi mamá había dicho que me hacía parecer seria.
A las ocho de la noche entré a la hacienda con mi papá del brazo.
Había trescientos invitados, un cuarteto de cuerdas y un arco de rosas blancas en el salón.
Inmaculada me recibió en la puerta con dos besos en el aire.
"Viviana, querida. Estás preciosa."
"Gracias, doña Inmaculada."
Tenía el bob plateado perfecto y las perlas de siempre.
Su sonrisa estaba pensada para las fotos.
Detrás de ella, junto a la mesa de las copas, vi a Mariángel con un vestido rosa pálido.
Me saludó con la mano, como si fuéramos amigas.
Sentí que el estómago se me iba hacia atrás.
Tragué saliva y le devolví el saludo.
"Tranquila", murmuró mi papá. "Estás helada."
"Estoy bien, papá."
Alvar bajó la escalera principal a las nueve.
Llevaba un traje negro y el pelo corto peinado hacia atrás, y venía con una cajita de terciopelo en la mano.
Lo conocía desde los veinte años, y en la vida pasada lo había amado con todo lo que tenía.
Al verme se detuvo en el último escalón.
Tenía los ojos grises muy abiertos.
Se quedó mirándome un segundo de más.
Después vino hacia mí, y la gente hizo un círculo.
Inmaculada tomó el micrófono.
"Queridos amigos, esta noche celebramos la unión de dos familias."
Hubo aplausos.
Mi papá levantó la copa, orgulloso.
Alvar se paró frente a mí y abrió la caja.
Adentro había un anillo de diamante antiguo, que había sido de la abuela Marulanda.
"Viviana", dijo, y la voz le salió rara. "¿Quieres..."
"No."
El salón se quedó quieto.
Me oí a mí misma, clara, como si hablara otra persona.
"No quiero casarme contigo, Alvar. Ni esta noche, ni nunca."
Un murmullo corrió entre las mesas.
Alguien soltó una risita nerviosa y se apagó.
Mi papá me miró con la copa a medio camino.
"Vivi."
"Perdóname, papá. Te lo explico después."
Inmaculada se acercó con la sonrisa rígida.
"Querida, estás nerviosa. Hablemos en privado."
"No hace falta, doña Inmaculada."
Levanté la voz para que me oyera toda la sala.
"Esta unión no es de dos familias. Es un pacto de acciones, y la exportadora de mi papá no está en venta."
Se oyó un jadeo largo.
Alguien dejó caer una copa.
Inmaculada se puso blanca debajo del maquillaje.
"Estás diciendo tonterías."
"Estoy diciendo lo que firmaron mis abuelos en una notaría. Mañana mismo lo va a leer un abogado."
Mariángel dio un paso adelante con los ojos húmedos.
"Vivi, no seas cruel con Alvar, por favor."
La miré.
Tenía el mismo gesto de dolor que había puesto en la terraza.
"No me llames Vivi", le dije. "Tú no."
Ella parpadeó, y por primera vez no supo qué cara poner.
Me quité los tacones, los dejé en el suelo de mármol y caminé hacia la salida.
Nadie me detuvo.
Los invitados se abrieron para dejarme pasar, con los celulares en alto.
Alvar me alcanzó en el vestíbulo.
Me tomó de la muñeca, suave, sin apretar.
Estaba pálido, y le temblaba la boca.
"No me hagas esto otra vez", susurró.
Me quedé helada en el aire frío de la puerta.
Yo no le había dicho nada de la terraza.
Nadie lo sabía, excepto yo.
Y él.