Renacimiento: Elegir a un Esposo Universitario, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: El día de la casamentera
Narcisa renace en el día en que la casamentera presenta a los pretendientes, ve que Hólger elige a su hermana y señala al estudiante pobre del rincón.
Lo último que vi fue el brazo de mi esposo levantado y el cinturón colgando de su mano.
Lo último que oí fue a mi hija mayor, de siete años, que gritaba "papá, no, papá, no" con la voz rota.
Después hubo un golpe, y después ya nada.
Abrí los ojos.
Olía a humo de leña, a papa cocida y a manzanilla.
Tenía el cuello rígido, la espalda recta, y una trenza gruesa que me caía sobre el hombro.
Estaba sentada en un banco de madera, en el patio de la casa de mis padres, con el anaco azul que me hizo mi madre a los dieciocho años.
Veinte años tenía.
Veinte, otra vez.
Las manos me temblaron.
Las miré.
No tenían las marcas moradas de los dedos de Hólger en las muñecas, ni la cicatriz del labio, ni el callo viejo de la leña.
Alrededor del patio había mucha gente.
Una veintena de vecinos con sombreros de paño, ponchos rojos, mantas de colores.
Mi padre, de pie junto a la puerta, con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos.
Mi madre, atareada con la olla grande de mote.
Mi hermana Blanca, a mi lado, con los ojos bajos y las manos cruzadas sobre el regazo, tan quieta que parecía una estatua.
Y en el centro del patio, de pie, con un mantón rojo y un bastón de eucalipto, la casamentera.
Una anciana de setenta años, arrugada como una pasa, que llevaba cuarenta años arreglando los matrimonios de la comunidad de Cunchibamba.
"Bueno, bueno", decía, golpeando el suelo con el bastón. "Hoy es día de decisiones. Las dos hijas de Taita Tipán están en edad de casarse."
Me quedé helada.
Lo recordaba.
Lo recordaba todo.
Era el día.
El día en que, en la vida pasada, yo había elegido a Hólger.
"Primero", dijo la casamentera, "los que se ofrecen."
Fue señalando con el bastón.
"Wilson Quishpe, jornalero. Sin tierra, sin ganado. Pero buenas manos."
Un hombre ancho, de sonrisa chueca, que estaba en la esquina del patio con el sombrero en el pecho, se puso rojo hasta las orejas.
"Segundo, Hólger Guamán, hijo de Taita Guamán, presidente de la comuna. Veinte hectáreas, camión y tienda."
Se levantó un murmullo.
En la otra punta del patio, un joven de pelo claro y camisa blanca almidonada se puso de pie.
Alto, buen mozo, con un sombrero de fieltro nuevo en la mano y una sonrisa de quien nunca ha perdido.
A su lado, su madre, una mujer gruesa con un collar de oro, asentía con la barbilla.
Se me revolvió el estómago.
Era él.
Mi esposo.
El hombre que me había besado la mano el día de la boda.
El que, a los pocos años, me había enseñado el sabor de la sangre.
"Y tercero", añadió la casamentera, "hay otro, pero ese no se ofrece, solo está de paso."
Señaló con el bastón un rincón del patio.
Allí, sentado en el suelo, junto al muro de adobe, con las rodillas dobladas y un libro abierto sobre los muslos, había un joven que no había visto en toda la mañana.
Flaco como un palo.
Con lentes redondos arreglados con alambre.
Una chaqueta negra raída, demasiado corta de mangas.
Y unos dedos largos, finos, que pasaban las páginas con un cuidado de monja.
No levantó la vista.
No se enteraba.
Estaba leyendo.
"Ángel Pilco, estudiante de magisterio en Riobamba", dijo la casamentera. "Pensionista de esta casa en las vacaciones. No tiene nada, pero lee."
Hubo risas.
Mi hermana Blanca se tensó a mi lado.
"Ahora", dijo la anciana, "elige la mayor."
Todos me miraron.
Pero antes de que yo pudiera abrir la boca, Hólger Guamán dio un paso adelante.
"Perdone, abuelita", dijo, con una voz que yo conocía hasta en los sueños. "Antes de que la señorita Narcisa hable, quiero hacer una oferta."
"¿Qué oferta?"
"Quiero a la menor."
Me quedé sin aire.
Mi hermana Blanca levantó la cara de golpe.
Tenía diecinueve años, una pierna más corta que la otra, y no había recibido una sola mirada de un hombre en su vida.
"¿A... Blanca?", preguntó mi padre.
"A Blanca Tipán", dijo Hólger. "Con respeto."
"Pero... hijo... ella..."
"Sé lo de su pierna. No me importa."
Doña Guamán, su madre, soltó una risita satisfecha.
"Ya lo habíamos hablado", dijo. "Mi hijo tiene buen corazón."
Yo temblaba.
Miré a Hólger.
Él me miró.
Y en sus ojos claros vi algo que me heló la sangre: una chispa breve, fría, de reconocimiento.
No era la mirada de un hombre que ve a una mujer por primera vez.
Era la de un hombre que ha vuelto a su casa y sabe dónde está cada cosa.
Él también.
Él también había regresado.
Y había elegido a mi hermana porque en su otra vida la había visto parir cinco varones a otro hombre.
Pensaba que el don era de ella.
No de la tierra.
No de su marido.
"Narcisa", dijo la casamentera. "Es tu turno."
Me puse de pie.
Mis padres me miraban con angustia.
Blanca me miraba con los ojos llenos de lágrimas y un hilo de esperanza.
Hólger sonreía.
La sonrisa de quien ya ganó.
"Yo...", empecé.
Mi voz salió ronca.
Recorrí el patio con la vista.
Wilson Quishpe, el jornalero, miraba al suelo, sin esperanza.
Hólger y su madre.
Todos los vecinos.
Y en el rincón, junto al muro, el estudiante pobre, que seguía con la nariz metida en su libro, ajeno a todo, con un mechón de pelo negro cayéndole sobre la frente.
Sentí que algo se me abría en el pecho.
No era amor.
Era una puerta.
Respiré hondo.
Levanté la mano.
Y señalé al joven del rincón.
"Yo me casaré con él", dije.
El patio quedó en silencio.
El estudiante levantó la cabeza.
Me miró por encima de sus lentes de alambre.
Se quedó un momento sin entender.
Después se puso de pie, despacio, con el libro apretado contra el pecho.
Era mucho más alto de lo que yo creía.
Y descalzo.
"Señorita", dijo, con un hilo de voz. "Yo no tengo ni con qué pagarle el pan."