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Renacimiento: Elegir a un Esposo Universitario, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Dos bodas

Narcisa se casa con poco y su hermana con mucho; Hólger le susurra que también volvió.

Me casé con Ángel Pilco un sábado de mayo, a las nueve de la mañana, en la capilla de adobe de Cunchibamba.

No hubo banda.

No hubo cohetes.

No hubo más de veinte invitados, y la mitad eran los vecinos curiosos que se asomaban a ver al estudiante flaco que se había llevado a la mayor de los Tipán.

Yo llevaba un anaco blanco que había sido de mi abuela y una blusa bordada por mi madre en tres noches.

Él llevaba un traje negro prestado por el maestro de la escuela, con las mangas arremangadas y unos zapatos que le apretaban tanto que caminaba como si pisara brasas.

"Me duelen los dedos de los pies", me susurró en el altar.

"Aguanta."

"Voy a aguantar."

El cura nos hizo repetir las promesas.

Cuando Ángel dijo "sí", se le quebró la voz.

Cuando dije "sí", no se me quebró nada.

Fue un "sí" claro, firme, hondo, que me salió del fondo del pecho.

Al salir de la capilla, mi madre me abrazó llorando, y mi padre se secó los ojos con el sombrero.

Pero lo que más recuerdo es otra cosa: un pañuelo.

Blanca, apoyada en el muro de adobe, con su cojera y su trenza, me alargó un pañuelo bordado con una flor roja.

"Es para la suerte", dijo.

"Gracias."

No me miró a los ojos.

Un mes después, el sábado de la boda de Blanca, la comunidad entera se vistió de fiesta.

La capilla estaba llena de flores.

El camión de Taita Guamán, adornado con cintas, esperaba en la puerta.

Habían contratado una banda de Latacunga, con trompetas y tambores.

Había diez corderos asados, cien jarras de chicha y un pastel de cuatro pisos que había venido en bus desde Ambato.

Yo estaba en la puerta de la casa de mis padres, con un vestido de lana y las manos frías, mirando cómo mi hermana se probaba el velo.

Se lo habían prestado las Guamán.

Tenía los ojos brillantes y las mejillas rosadas.

Se veía hermosa.

Lo odié.

Odié ver su cara feliz.

"Blanca", dije. "Tengo que hablar contigo."

"Ahora no."

"Es importante."

"Hoy me caso, Narcisa."

"Por eso."

Mi madre, que ayudaba con el velo, nos miró y se retiró discretamente.

Blanca se dio vuelta hacia el espejo roto.

"Dime."

"No te cases con él."

Silencio.

Un segundo, dos.

"¿Qué?"

"Hólger Guamán. No te cases."

Blanca soltó una risa seca.

"Ay, Narcisa."

"Te lo pido."

"¿Por qué?"

Cerré los ojos.

"Porque te va a hacer daño."

"¿Cómo lo sabes?"

"Lo sé."

"¿Por una visión? ¿Por un sueño?"

"Porque lo conozco."

"Lo conoces de lejos."

"Blanca..."

"Escúchame tú ahora", dijo, y se dio la vuelta.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Pero no de tristeza.

De rabia.

"Toda mi vida he sido la hermana coja", dijo. "La que no baila. La que se queda sentada en las fiestas. La que mira. Tú eras la bonita. La que tenía pretendientes en la puerta. La que los demás querían."

"Eso no es cierto."

"Sí lo es. Y de pronto, un hombre bueno, con tierra, con camión, con una tienda, llega a esta casa y me elige a mí. A mí."

"Blanca."

"No me lo vas a quitar."

"No quiero quitártelo."

"Entonces cállate. Y no me estropees el día."

Se alzó el velo.

Lo ajustó con dedos temblorosos.

"Esto es lo único que me ha pasado en la vida", dijo. "Déjame tenerlo."

No pude decir nada.

Me quedé de pie junto a la puerta mientras ella cojeaba hasta el patio, con el velo flotando.

La ceremonia fue larga.

Hólger se veía magnífico, con un traje oscuro de tres piezas y un clavel blanco en la solapa.

Cuando le puso el anillo a Blanca, le besó la mano.

La sostuvo un segundo de más.

Yo, en la última banca, con Ángel a mi lado, apreté los puños en mi regazo.

Ángel, que no sabía nada, me puso una mano sobre las mías.

"Estás helada", susurró.

"Estoy bien."

"No lo parece."

"Después te cuento."

"Cuando quieras."

La fiesta duró hasta la noche.

Yo me quedé en un rincón del patio, con un vaso de chicha en la mano, mirando a los novios bailar un pasillo.

Blanca, con su cojera, bailaba despacio, apoyada en el brazo de Hólger.

Él le sonreía.

Una sonrisa perfecta.

La que había usado conmigo.

Me hice un nudo en el estómago.

"No te pongas triste", dijo una voz cerca de mi oído.

Me volví.

Hólger estaba a medio metro, con una copa en la mano y una sonrisa lenta.

Había dejado a Blanca conversando con las tías.

Se acercó más.

Olía a loción de afeitar y a chicha.

"Hola, Narcisa", dijo. "Qué boda tan bonita, ¿verdad?"

"Aléjate."

"Estás pálida."

"Aléjate de mí."

Sonrió.

Se inclinó hasta que su aliento me rozó la oreja.

Y susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo:

"Tú también volviste."

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