Renacimiento: Elegir a un Esposo Universitario, novela · Capítulo 9 de 12
Capítulo 9: El cabildo
El cabildo se reunió el domingo a las diez, delante de la capilla, bajo un sol frío y un cielo sin nubes.
Había trescientas personas.
Los hombres adelante, en filas, con los sombreros en la mano.
Las mujeres atrás, sentadas en el suelo, con las polleras abiertas sobre la tierra y los niños en el regazo.
En una mesa de madera cubierta con un paño rojo, el presidente de la comuna presidía la asamblea.
Taita Guamán, con su poncho negro y su bastón de mando.
A su derecha, el secretario, con un libro de actas.
A su izquierda, Hólger, con una camisa limpia y la cara hinchada de resaca.
Yo llegué tarde, a propósito.
Con Rosa en brazos, un chal azul, y Ángel a mi lado, con lentes nuevos de montura de alambre que le había prestado el maestro de la escuela.
Detrás de nosotros, Wilson.
Y entre los dos, apoyada en el brazo de él, con la cara descubierta y el moretón a la vista, Blanca.
Caminamos entre las filas.
Los murmullos nos siguieron como una ola.
Taita Guamán nos vio.
No se movió.
Se limitó a levantar el bastón, y la asamblea guardó silencio.
"Estamos reunidos", dijo, con su voz de piedra, "para elegir a quien guíe a esta comunidad el próximo año. Hay un candidato: yo."
Aplausos tibios.
Alguien gritó "¡viva!"
"¿Alguien se opone?"
Nadie habló.
"Entonces..."
"Yo me opongo", dije.
Se hizo un silencio sepulcral.
Taita Guamán entornó los ojos.
"Las mujeres no hablan en el cabildo."
"Esta sí."
"Es la regla."
"¿De quién?"
"De los antiguos."
"Yo respeto a los antiguos", dije. "Y pido hablar a la autoridad de los antiguos."
Me volví.
Del último banco, apoyada en su bastón de eucalipto, se levantó la casamentera.
Con su mantón rojo, sus setenta años y su cara de pasa.
"Yo la autorizo", dijo, con voz de cuervo.
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