Sándwiches e Incesto, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: El troje
El troje olía a papa seca, a paja y a lluvia vieja.
Nilda había tendido tres ponchos de lana sobre el piso de tablas, y colgado una vela dentro de un tarro de lata para que la luz no se viera desde la casa.
Arriba, en el techo de paja, goteaba el agua del Carnaval.
Yo estaba de rodillas en el centro, descalzo, con la camisa desabotonada.
Yesenia se mordía las uñas frente a mí.
Nilda, con la trenza suelta sobre el hombro, se paró entre los dos como una maestra.
"Una sola regla", dijo. "Nadie hace nada que yo no vea."
"Sí, señora", susurró Yesenia, y se le escapó una risa nerviosa.
"Quítate el vestido."
Yesenia se lo quitó por encima de la cabeza.
Quedó desnuda, con la piel morena erizada por el frío, los senos pequeños y duros, la cintura fina y las caderas llenas.
Yo tragué saliva.
"Ahora tú", me dijo Nilda a mí.
Me quitó ella misma la camisa, y me desabrochó el pantalón con dedos seguros.
Me bajó la ropa hasta los tobillos, y me dejó desnudo entre las dos.
Mi verga se levantó al instante.
Yesenia la miró con los ojos muy abiertos, y Nilda sonrió de lado.
"Ya la conoces", le dijo a su hermana. "Pero hoy la conoces con permiso."
Se desnudó despacio, delante de nosotros.
La blusa, la pollera, el fustán.
Su cuerpo de treinta años, con las caderas anchas, los senos pesados y la cicatriz de una caída de niña en la rodilla, me pareció más hermoso que nunca.
"Échate de lado", ordenó. "Efraín."
Me eché de lado sobre los ponchos.
Yesenia se acomodó frente a mí, con el rostro a un palmo del mío.
Nilda se acostó a mi espalda.
Sentí sus senos contra mi columna, su vientre contra mis nalgas, sus muslos pegados a los míos.
Éramos otra vez el sándwich, pero esta vez sin mantas y sin miedo.
"Bésala", dijo Nilda en mi oído.
Besé a Yesenia.
Tenía la boca fría y el sabor dulce de la chicha.
Gimió contra mis labios, y sus manos me buscaron la nuca y el pecho.
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