Escandalosa, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: La noche equivocada
La noche antes de que mi padre me obligara a empezar a espiar al hombre que, según él, había arruinado a nuestra familia, fui al bar de un hotel y pedí un whisky.
Tenía un nombre falso, un currículum falso y una pluma con una grabadora escondida adentro.
Nada de eso se me había ocurrido a mí.
Nolan Covington había redactado el currículum, y mi padre se había quedado junto a mí mientras lo firmaba.
No tenía ningún plan para mis manos, que no dejaban de temblar.
—¿Una semana difícil? —dijo el hombre del taburete de al lado.
No me miró al decirlo.
Miró el vaso frente a él, luego al cantinero y, por fin, a mí.
Tendría unos cuarenta años, el cabello oscuro empezaba a encanecerle en las sienes y una cicatriz pálida le cruzaba una ceja.
Yo tenía veinticuatro, y él me llevaba unos buenos quince años.
Llevaba las mangas arremangadas hasta los codos, y tenía esos antebrazos que hacen que una mujer olvide lo que estaba a punto de decir.
—Una década difícil —dije.
—Brindaré por eso.
Hizo chocar su vaso con el mío sin sonreír.
—Estoy a punto de hacer algo que no me enorgullece —le dije.
No tenía idea de por qué lo había dicho.
Tal vez porque él no se lo repetiría a nadie.
—¿Es ilegal?
—Probablemente.
—¿Va a lastimar a alguien que no se lo merezca?
Pensé en el hombre al que mi padre me enviaba a robarle sus secretos.
Pensé en mi madre llorando a la mesa de la cocina.
—No —dije.
—Entonces puede esperar hasta mañana. —Por fin sonrió, apenas de lado—. Esta noche solo eres una mujer en un bar.
—¿Y tú?
—Soy un hombre que no quiere hablar de su día.
—¿Tienes nombre?
—Esta noche, no.
—Bien —dije—. Yo tampoco.
Me tendió la tarjeta de acceso a la suite de arriba y la tomé.
Me besó en el ascensor, con una mano apoyada en la parte baja de mi espalda y la otra enredada en mi cabello.
Sabía a humo y whisky, y solté un sonido contra su boca que me dio vergüenza.
—Ven conmigo arriba —dijo contra mis labios.
—Entonces deja de hablar.
Dentro de la suite, me volvió hacia la puerta y me subió el vestido hasta las caderas.
Sus manos eran ásperas y lentas.
—Mírame —dijo.
Lo miré.
Sus ojos color avellana estaban oscuros, respiraba entrecortadamente y lo deseaba tanto que me asustaba.
Se arrodilló y me bajó las bragas por las piernas.
Le agarré el cabello cuando su boca encontró mi clítoris, y mi cabeza golpeó la puerta con un golpe sordo.
Me lamió con caricias largas y pacientes, y luego succionó hasta que empecé a flaquear.
—Por favor —dije—. Por favor, te necesito dentro de mí.
—Todavía no.
Me metió dos dedos en el coño y los curvó, y me deshice con un grito que no pude ahogar.
Se puso de pie y se limpió la boca con el pulgar.
Luego me levantó contra la puerta, y le rodeé la cintura con las piernas.
Le jalé el cinturón hasta que tuve su verga en la mano: gruesa, caliente y pesada.
—Dime que lo quieres —dijo.
—Lo quiero. Fóllame.
Me penetró de una embestida profunda, y los dos gemimos.
Por un segundo, ninguno de los dos se movió.
Entonces se retiró y volvió a embestirme, y la puerta tembló a mi espalda.
Me folló con fuerza y sin apuro, con la boca junto a mi oído, diciéndome exactamente cómo me sentía alrededor de él.
Mojada.
Estrecha.
Suya, esa noche.
Le arañé los hombros a través de la camisa y le mordí el cuello para no gritar.
Me llevó hasta la cama sin salir de mi cuerpo.
Me recostó, me sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una mano y movió las caderas hasta hacerme temblar.
—Vuelve a correrte por mí —dijo.
Me corrí con su nombre atorado en la garganta, porque no sabía cómo se llamaba.
Él llegó al clímax un momento después, con la frente apoyada contra la mía y mis piernas aferradas a él.
Me tomó una segunda vez antes del amanecer, más despacio, conmigo cabalgándolo a la luz gris y sus manos en mis caderas, guiándome.
Cuando desperté, el sol entraba por la ventana y él dormía boca abajo.
Me vestí a oscuras, encontré mis zapatos y dejé la tarjeta de acceso en la mesita de noche.
No dejé ninguna nota.
Bajé en el ascensor y me dije que solo había sido una noche, la única que sería mía.
A las nueve en punto estaba de pie en una torre de cristal, en el piso treinta y uno, con un vestido gris y el apellido de soltera de mi madre.
GRUPO HARTWELL, decía el letrero en la pared detrás de la recepcionista.
La sala de juntas olía a café y alfombra nueva.
Seis ejecutivos ocupaban una mesa larga, y la silla de la cabecera estaba vacía.
—Llega tarde —murmuró el hombre junto a mí—. Nunca llega tarde.
Mi teléfono vibró con un mensaje de Nolan Covington.
Recuerda por quién haces esto.
Lo puse boca abajo.
La única foto suya que había visto tenía diez años y mostraba la parte de atrás de su cabeza.
La puerta se abrió.
El hombre que entró llevaba un traje color carbón, esta vez con las mangas abotonadas, y una cicatriz pálida que le cruzaba la ceja izquierda.
Sentí que el estómago se me caía al suelo.
Me vio y, durante medio segundo, su rostro no mostró ninguna expresión.
Luego se sentó a la cabecera de la mesa, entrelazó las manos y me miró directamente.
—Señorita Lowe —dijo Burke Hartwell—. Siéntese. Trabaja para mí.