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Siete años de amor ciego, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Noche seis

Maite oye por altavoz que Federico no va a pagar y pide a los secuestradores que llamen a su mamá.

Llevaba seis noches sin ver el sol cuando oí sonar el teléfono en la habitación de al lado.

Yo estaba sentada en una silla de metal, con las muñecas atadas al respaldo con cuerda de nailon.

Tenía el pelo cortado al ras, a tijeretazos, porque uno de ellos dijo que así valía menos.

Me dolía el meñique izquierdo.

Me lo habían roto el tercer día.

Contaba las noches por los trenes.

Cada madrugada pasaba uno de carga, con un ruido que hacía temblar el techo de lámina.

Yo me aferraba a él como a un calendario.

Seis trenes.

La puerta se abrió.

Entró el jefe, un hombre de voz grave y pasamontañas negro, con un teléfono en la mano.

Detrás venía el muchacho joven que me daba el agua.

"Buenas noches, señora Alanís."

Yo no contesté.

"Hoy hablamos con su marido. Quiero que oiga lo que dice."

Puso el teléfono sobre mis rodillas.

Marcó con el pulgar.

Tres timbres.

La línea se abrió.

"¿Bueno?"

Era él.

Era la voz de Federico, ronca por el sueño, o por el whisky, y detrás se oía una música suave y un tintineo de hielos.

Mi cuerpo entero se aflojó.

Pensé: ya está.

Pensé: ya pagó, ya se acabó.

"Señor Alanís, tenemos a su esposa desde hace seis noches. Le pedimos doce millones. Ya le mandamos el video."

"Lo vi."

"¿Y?"

Hubo un silencio.

Casi pude verlo, apoyado en la barra de su estudio, con el vaso en la mano y esa manera suya de pensar mirando el techo.

"No voy a pagar."

El jefe soltó una risita.

"¿Cómo dice?"

"No voy a pagar. Díganle que ya se acabó el teatro."

Se me cerró la garganta.

"Señor, estamos hablando de su esposa."

"Mi esposa me ha tenido siete años a prueba. Rubí dice que es un buen momento para que aprenda. Que valore lo que tiene."

Rubí.

La voz de la secretaria se oyó al fondo, melosa y baja.

"Federico, ven. Se te enfría la cena."

Federico bajó la voz, pero el teléfono estaba sobre mis rodillas y yo lo oí.

"Dile que se lo merecía. Que cuando salga me lo agradezca."

La llamada se cortó.

El jefe se quedó con el teléfono en la mano.

Detrás de su máscara noté un movimiento incómodo, como si hasta él hubiera esperado otra cosa.

"Bueno", dijo. "Parece que usted vale menos de lo que dijo."

"Yo nunca dije cuánto valía."

"Sus joyas, su casa, su empresa."

"Era mi esposo quien las tenía."

"Entonces ya sabe cuánto vale."

Hizo una seña al muchacho.

El muchacho se acercó con una navaja, y yo cerré los ojos.

Pero no fue conmigo.

Cortó la cuerda de mis muñecas.

Luego me las ató otra vez, más apretadas, sobre la piel ya pelada.

Aguanté el ardor sin gritar.

Pensé en mis siete años.

En las fiestas en que Federico me presentaba como "mi mujer", mientras Rubí le servía el coñac.

En las veces que le pedí un hijo y me dijo "todavía no".

En mi mamá, que nunca lo quiso, y a la que yo defendí frente a él.

Pensé: si me quedo callada, me muero aquí.

Y si hablo, quizá me muero igual.

Pero hablar era una decisión mía.

"Oigan", dije.

Mi voz salió seca, extraña.

El jefe se detuvo.

"Hay otro número."

"No me importa su familia."

"No es mi familia. Es mi mamá."

Se hizo un silencio.

"Mi mamá tiene una panadería en Mitras Centro y una casa en la colonia Obrera."

"No tiene doce millones."

"Pero la casa vale tres, y ella la vendería esta noche si yo se lo pidiera."

El muchacho miró al jefe.

"Está mintiendo", dijo.

"No miento. Pregúntenle."

"¿Y por qué no se lo pidió antes?"

Tragué saliva.

"Porque siempre creí que había alguien que debía pagar antes que ella."

Dolía decirlo.

Era la primera vez que lo decía en voz alta, y ya no había forma de recogerlo.

El jefe pensó.

Marcó otra vez.

Esta vez puso el altavoz.

Esperé con el corazón en la boca.

Un timbre.

Solo uno.

La línea se abrió antes de terminar.

"¿Maite?"

Era mi mamá.

Su voz sonó rota, sin aire, como si hubiera pasado seis noches con el teléfono pegado al pecho.

No pude hablar.

"Hija, ¿eres tú?"

"Mamá."

"Dime dónde estás."

"No sé."

"Dime cuánto."

Lo dijo así.

Sin preguntar nada más.

Dime cuánto.

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