Siete años de amor ciego, novela · Capítulo 5 de 12
Capítulo 5: La cinta
Federico miró la grabadora.
Su cara perdió el poco color que le quedaba.
"¿Qué es eso?"
"Un aparato", dijo Abelardo.
"Maite, no escuches nada. Es un truco..."
"Vete, Federico."
"Maite..."
"Vete. Ya."
Hablé tan bajo que casi no me oí.
Pero él sí.
Retrocedió un paso, dos, y se detuvo junto a un poste, con las manos colgando.
Después se dio la vuelta y se alejó caminando por la acera, entre la gente que se hizo a un lado.
No miró atrás.
Mi mamá me esperaba en la puerta con un trapo en las manos.
"Pasen a la trastienda. Yo atiendo."
La trastienda de La Espiga olía a harina caliente y a levadura.
Había un horno de leña, una mesa larga de madera y dos sillas desiguales.
Abelardo se sentó en una.
Yo me quedé de pie.
"Dígame qué es."
"Es una copia de las llamadas del teléfono del jefe de los secuestradores."
"Ese teléfono lo tiene la policía."
"Lo tiene el fiscal."
"Hay un auto de la fiscalía que autorizó entregar copia a las víctimas." Se rascó la barba.
"Su mamá me pidió que no se lo diera hasta que usted estuviera fuerte."
"¿Y hoy estoy fuerte?"
"Hoy usted salió a la banqueta con las manos limpias. Sí."
Me senté.
Mis manos temblaban un poco sobre la madera.
"Hay una llamada que dura cuatro minutos", dijo él.
"Es de la noche siete, a las tres de la madrugada."
"La hizo el número de su esposo."
"Él no llamó. Los secuestradores lo llamaron."
"Esa vez, no."
Abrí la boca.
La cerré.
"Voy a ponerla", dijo. "Si quiere que pare, levante la mano."
Pulsó el botón.
Un chasquido.
Después, el aire de una línea cruzada.
"¿Quién habla?", dijo una voz grave.
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