Siete Años Perdidos, novela · Capítulo 1 de 16
Capítulo 1: La Cumbre
Ileana cancela su boda delante de la organizadora y Xavier deja escapar una frase sobre Zipaquirá.
La organizadora de bodas me miró como si yo acabara de pedirle que prendiera fuego a la finca.
"Señorita Camargo, faltan dos días."
"Lo sé."
"Hay trescientos invitados confirmados, el menú está pagado y los arreglos de orquídeas llegan mañana de Medellín."
"Lo sé."
Estábamos de pie en el jardín de La Cumbre, una finca de Cota con vista a la sabana.
Yo había pasado tres meses en ese jardín.
Había elegido cada silla blanca, cada farol, cada tono de crema del mantel.
Ahora el viento movía las cintas del arco de flores donde yo iba a casarme el viernes.
"¿No prefiere esperar a que regrese el señor Ortigoza antes de decidir algo así?", preguntó ella en voz baja.
"Él no tiene tiempo para esto."
Sonreí, porque era lo único que me quedaba por hacer con la cara.
"Está ocupado casándose con su ex en Slandsdeca."
La organizadora abrió la boca y no encontró nada que decir.
Yo saqué el teléfono y le mostré la pantalla.
Era la página de sociedad de un diario de Puerto Marén.
Puerto Marén es la capital de esa isla rica del Caribe donde Xavier llevaba cinco semanas "cerrando una fusión".
El titular decía: "La boda del año: Anaís Zubiría y Xavier Ortigoza, este viernes a las seis, en la catedral".
Debajo había una foto.
Mi prometido, con un esmoquin que yo no conocía, tomaba de la cintura a una mujer rubia con un vestido de seda marfil.
Ella reía con la cabeza echada hacia atrás.
Él la miraba a ella y no a la cámara.
Nunca me había mirado así en siete años.
"Dios mío", susurró la organizadora.
"El mismo viernes", dije. "A la misma hora. Qué puntualidad."
Ella me tocó el brazo con una ternura que casi me rompe.
Yo me aparté.
Si me tocaban con ternura, iba a llorar, y todavía no era momento.
"Necesito el contrato de cancelación", dije.
"Perderá el anticipo. Son noventa millones."
"Mejor noventa millones que el resto de mi vida."
Firmé donde ella me indicó.
Firmé el cierre del catering, el cierre de la banda, el cierre del fotógrafo.
La mano no me tembló ni una vez.
Eso me sorprendió.
Cuando terminé, le devolví la pluma y me quité el anillo.
Era un diamante pequeño, de corte antiguo, que Xavier me había puesto siete años atrás en un restaurante de Chapinero.
Yo lo había creído un anillo de promesa.
Resultó ser un anillo de espera.
Lo dejé sobre la carpeta de los contratos.
"Mándeselo a su madre", dije. "Ella sabrá qué hacer con él."
La organizadora lo miró y luego me miró a mí.
"¿Quiere que le avise a los invitados?"
"Yo les aviso."
"Señorita Camargo, perdone la pregunta. ¿Usted está bien?"
Pensé en la verdad.
Pensé en los siete años de domingos en que él dijo "todavía no es el momento".
Pensé en la conferencia de Madrid a la que no fui porque él quería que yo estuviera en Bogotá cuando él regresara.
Pensé en el taller de cerámica que abrí con mis ahorros y en el que él nunca se quedó más de diez minutos.
"Estoy mejor que hace una hora", respondí.
Salí por el camino de grava hasta mi carro.
Me senté al volante y respiré.
El teléfono vibró sobre el asiento.
Era Xavier.
Dejé que sonara cuatro veces y contesté.
"Ileana, mi amor." Su voz sonaba cansada y dulce, la voz que usaba cuando quería algo. "Me llamó mi madre. Dice que cancelaste todo."
"Sí."
"Estás en shock. Escúchame, es un trámite, nada más. Lo de Anaís es por la fusión, el padre de ella exige que..."
"Xavier."
"...vuelvo el sábado, y el sábado mismo nos casamos, te lo juro, yo mismo pago las orquídeas..."
"Felicidades por tu boda."
Hubo un silencio.
Cuando volvió a hablar, ya no era dulce.
"Ileana, no hagas una locura. No tienes por qué. Yo estoy cubierto con lo de Zipaquirá, tú lo sabes, y eso lo arreglo cuando regrese."
Se me heló la nuca.
"¿Qué de Zipaquirá?"
"Nada. No es nada. Te llamo después."
"Xavier, ¿qué firmamos en Zipaquirá?"
Colgó.
Miré la pantalla negra.
Yo recordaba Zipaquirá.
Una notaría pequeña, un sello morado, una tarde de lluvia hace siete años.
Él me había pedido que firmara un papel de convivencia para su visa de estudiante.
"Un trámite", había dicho.
Esa misma palabra.