UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

Solo por comprarle ropa, ¿es necesario divorciarte de mí?, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: Sostenes sin aro

Su esposo le pregunta si los sostenes sin aro serían más cómodos, la asistente le arrebata un paquete con pánico, y Massiel descubre el post de la amante; le da like, le manda una captura y él llega con una frase.

Mi esposo me preguntó si los sostenes sin aro serían más cómodos.

Estábamos desayunando en la terraza del apartamento, con el mar de Santo Domingo detrás del balcón y un plato de mangú frío entre los dos.

Rhadamés estaba revisando su teléfono con una mano y untando mantequilla con la otra.

Lo dijo sin levantar los ojos, como quien pregunta qué hora es.

"Oye, Massiel. ¿Tú crees que los sostenes sin aro son más cómodos?"

Me quedé con el tenedor en el aire.

Llevaba semanas quejándome de las marcas rojas que me dejaban las varillas en las costillas.

Se lo había dicho dos veces, una en el carro y otra mientras me quitaba el sostén a oscuras, con un suspiro de alivio.

Él nunca había hecho comentario alguno.

Y de pronto, un martes cualquiera, lo preguntaba.

Me reí.

Me reí de verdad, con ganas, con las manos sobre el vientre.

"¿Qué te dio?"

"Nada, curiosidad."

"Rhadamés."

"En serio. Me acordé de lo que dijiste."

"Me estás oyendo."

"Siempre te oigo."

"Eso es nuevo."

Sonrió de medio lado, con esa sonrisa que siempre le había abierto todas las puertas.

"Tal vez estoy madurando."

Le tomé la mano sobre la mesa.

Pensé: por fin.

Cinco años de matrimonio, y por fin un hombre que escuchaba.

Al día siguiente, a las once de la mañana, estaba en mi oficina del segundo piso, revisando el cierre trimestral de Pichardo y Lantigua Exportaciones, cuando oí un grito en recepción.

Salí al pasillo.

Un mensajero de moto, con casco y chaleco amarillo, sostenía una caja rosa con un lazo de satén en una mano y una tablilla en la otra.

Delante de él, la asistente de mi esposo, una muchacha menuda de veintiséis años con una coleta torcida, lo miraba con los ojos desorbitados.

"Es para el señor Lantigua", decía el mensajero.

"Dame eso."

"Tiene que firmar él."

"Yo firmo."

"No puede..."

Ella le arrancó la caja de las manos.

"¡Dirección equivocada!", chilló. "Es un error. No es para aquí. Devuélvala. Yo la devuelvo."

Me acerqué despacio.

"¿Pasa algo?"

La asistente se puso blanca como una hoja.

"Nada, señora Massiel. Un error de entrega."

"¿De quién es?"

"De... de otro cliente."

"¿Qué es?"

"Ropa."

"¿Ropa?"

"Para un evento."

Miré la caja.

Era rosa pálido, con letras doradas.

"Encanto Íntimo. Lencería fina."

Alcé la vista.

La asistente tenía la frente cubierta de sudor y la caja agarrada con las dos manos, contra el pecho, como un bebé.

"Ah", dije. "Qué detalle."

Y volví a mi oficina sin decir otra palabra.

Esa noche, mi esposo llegó tarde.

"Reunión con los alemanes", dijo, y me dio un beso en la mejilla que olía a hotel.

Cenó rápido y se encerró en el cuarto a ver una serie.

Yo me quedé en la sala, descalza, con una copa de vino y el teléfono, repasando mis redes.

Me gusta hacerlo antes de dormir.

Memes, recetas, fotos de mis sobrinos.

Pasé el dedo.

Una publicación nueva.

Una mujer rubia, de uñas largas y labios brillantes, sentada en un sofá blanco.

Bata de seda abierta, un espejo grande detrás, una cama deshecha, una ventana con vista al malecón.

En la mesa, junto a una copa de champán, una caja rosa pálido con lazo de satén.

"Encanto Íntimo."

El pie de foto decía:

"Mi novio acaba de comprármelo. ¿Qué les parece?"

Era Yenny Soriano.

La gerente de mercadeo de mi empresa.

La que había contratado Rhadamés hacía un año, porque "la imagen de la marca necesitaba sangre fresca".

Miré la foto un buen rato.

La bata.

El espejo.

La caja.

Quise sentir algo violento: un grito, un vaso roto, una puerta cerrada de golpe.

Lo que sentí fue más bien una claridad extraña.

Como cuando una cuenta que no cuadra de pronto cuadra.

Los hombres no maduran tarde.

Eligen para quién madurar.

Le di like a la publicación.

Con calma.

Con el pulgar.

Tomé una captura de pantalla.

Abrí el chat con mi esposo.

Estaba a diez metros de mí, detrás de una pared, con los audífonos puestos.

Escribí:

"Si compras el conjunto completo, te hacen un 20% de descuento. Qué poco ahorrador."

Lo envié.

Dejé la copa sobre la mesa.

Llamé a mi mejor amiga.

Milady contestó al segundo timbre.

"¿Qué pasa?"

"Prepárate."

"¿Para qué?"

"Para un divorcio."

Un silencio de medio segundo.

Después una carcajada.

"Voy en camino. ¿Llevo calculadora?"

"Y papel y pluma."

La puerta del cuarto se abrió de golpe.

Rhadamés salió con el teléfono en la mano y la cara desencajada.

Descalzo, con la camisa fuera del pantalón, el pelo parado.

Se detuvo en el pasillo, respirando fuerte.

"Massiel."

"Dime."

"Eso no es lo que piensas."

"¿Qué pienso?"

"Es un malentendido."

"Ajá."

"Es una compra, nada más. Una prenda." Se pasó las manos por el pelo. "No va a pasar nada, ¿cierto? No vas a hacer una locura, ¿verdad?"

Lo miré.

Lo miré desde mi sillón, con las piernas cruzadas y la copa de vino ya vacía.

"Rhadamés."

"Dime."

"Te voy a pedir que repitas lo que me estás preguntando. Despacio."

Tragó saliva.

Abrió los brazos con una mezcla de indignación y desamparo.

"Solo por comprarle ropa, ¿es necesario divorciarte de mí?"

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