Solo por comprarle ropa, ¿es necesario divorciarte de mí?, novela · Capítulo 4 de 16
Capítulo 4: La cena
Tomé el vaso de cartón con las dos manos.
Estaba tibio y olía a canela.
Todos los empleados de la planta baja habían dejado de teclear.
Quince cabezas asomaban por encima de los cubículos, con la discreción de un grupo de suricatas.
"Qué detalle, Yenny", dije.
"Para eso estamos, jefa."
"Gracias."
"Rhadamés me dijo que anoche andabas un poco rara." Ladeó la cabeza con dulzura. "Pensé que quizás necesitabas un cafecito de amiga."
"Muy amable."
"A veces los hombres necesitan sentirse admirados. Tú sabes. Con el estrés de la oficina."
"Lo sé."
"No te lo tomes a mal."
"Para nada."
Bebí un sorbo.
Estaba pasable.
"Por cierto", añadí, con voz clara, para que se oyera hasta el fondo. "¿Te quedó cómodo el conjunto?"
Su sonrisa se congeló.
"¿Perdón?"
"El que te regaló mi esposo. El de Encanto Íntimo." Bajé el vaso. "Dicen que los sin aro son lo mejor. Menos marcas en las costillas."
Un silencio cayó sobre la oficina como una lona.
Alguien dejó caer un bolígrafo.
La contadora, una señora mayor de pelo cano, se tapó la boca con la mano para no reírse.
Yenny abrió y cerró la boca dos veces.
Se le subió un rojo fuerte desde el cuello hasta las orejas.
"Yo no sé de qué hablas", dijo al fin.
"Claro que no."
"Es una calumnia."
"Es una pregunta de moda."
Seguí hacia mi oficina.
Antes de cruzar la puerta, me giré una vez más.
"Yenny."
"¿Sí?"
"Gracias por el café."
Esa noche, mi esposo avisó que tenía una cena con unos clientes alemanes.
"En el hotel Costa Mar, en la azotea", dijo, besándome la frente. "Voy a llegar tarde."
"Qué bien."
"No me esperes despierta."
"Descuida."
Salió con una camisa de lino azul que le había regalado yo.
A las ocho, Milady pasó a recogerme.
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