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Su corazón de vampiro nunca latió por mí, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El altar

La víspera de su boda, Abril encuentra a su prometido con su hermanastra en el altar; él la echa a la tormenta y un príncipe vampiro la levanta del barro.

Fui a la catedral temprano, el día antes de mi boda, para aprenderme el camino hasta el altar.

Me gustaba llegar antes que todos a los lugares donde iba a ser feliz.

Eran las seis de la tarde de un martes de febrero, y el cielo de Cusco estaba cargado de nubes negras.

En la Plaza de Armas la lluvia empezaba a caer en gotas gordas, y los turistas corrían a refugiarse bajo los portales.

Empujé la puerta lateral de la catedral con el hombro.

Estaba oscura, fría y sola.

Olía a cera y a piedra mojada.

Recorrí la nave central con mi vestido de algodón y mi bolso al hombro.

Miré los retablos de oro, el cuadro del Señor de los Temblores y el coro de madera tallada.

Tenía un nudo de nervios y de ilusión en el estómago.

Mañana a esta hora estaría casada con Reinaldo Ayala.

Treinta años, ingeniero, sonrisa de comercial.

Llevábamos cuatro años juntos.

Mi madrastra decía que era "una suerte" que un hombre así me hubiera elegido.

Ya casi llegaba al altar cuando oí el ruido.

Un jadeo.

Una risita ahogada.

Un roce de telas.

Me detuve.

Pensé en turistas, en una pareja torpe.

Seguí caminando, sin pensar.

Doblé la esquina de una columna.

Y los vi.

En el altar mayor, sobre el mantel blanco bordado en oro que yo misma había ayudado a restaurar el año pasado, estaba mi prometido.

Tenía los pantalones en los tobillos.

Debajo de él, con las piernas abrazadas a su cintura y el vestido remangado hasta el pecho, estaba mi hermanastra.

Luciana.

Veintisiete años, pelo castaño suelto, la cara hundida en su hombro.

Gemía su nombre en voz baja.

Reinaldo, no el mío.

Se me cayó el bolso.

El ruido retumbó en la nave vacía.

Los dos se quedaron quietos.

Luciana giró la cabeza.

Me miró a los ojos con una sonrisa lenta, sin vergüenza.

No dijo nada.

Reinaldo se apartó de ella con un gruñido de fastidio.

Se subió el pantalón, sin apuro.

"Abril."

"¿Qué es esto?"

"No es lo que parece."

"Es exactamente lo que parece."

Lo dije con una voz que no reconocí.

Luciana se bajó del altar y se acomodó el vestido con calma, alisándolo con las palmas.

"Hermana", dijo, con una dulzura de caramelo. "No te enojes."

"Cállate."

"Fue un impulso. Las emociones del día antes..."

"¡Cállate!"

Mi grito rebotó en las bóvedas.

Reinaldo dio un paso hacia mí.

"No hagas escándalo, Abril. Estamos en una iglesia."

"¡Estaban en el altar!"

"Sí, bueno." Se encogió de hombros. "Ya está hecho."

"¿Ya está hecho?"

"No voy a pedirte perdón."

Lo miré.

Pensé que me había equivocado de palabra.

"¿Qué?"

"No pienso pedirte perdón. Ni voy a fingir que lo siento."

Se pasó la mano por el pelo con gesto aburrido.

"Eres buena persona, Abril, y muy trabajadora. Pero eres aburrida."

"Luciana sabe qué quiere."

Luciana apoyó la cabeza en su brazo.

"Siempre fuiste el más inteligente de los dos", susurró.

Sentí que algo dentro de mí se partía.

No fue dolor.

Fue un ruido, como una viga al caer.

"La boda se cancela", dije.

"No."

"¿Cómo que no?"

"La boda se hace mañana, como estaba planeado. Con ella a mi lado, en tu lugar."

Reinaldo habló con tanta naturalidad que tardé en entenderlo.

"El salón está reservado. Los invitados ya compraron los pasajes. No voy a perder cuarenta mil soles por una pataleta."

"Reinaldo..."

"Si quieres venir, vienes de dama de honor. Si no, no vengas."

Luciana sonrió.

"Sería lindo que estuvieras."

No recuerdo cómo salí.

Recuerdo el portón de madera, pesado, y las manos de Reinaldo en mi espalda empujándome hacia fuera.

Recuerdo que dijo "no vuelvas hasta que te calmes" y que cerró con un golpe.

Recuerdo el cielo negro y el estallido de la tormenta.

Un rayo cruzó la plaza.

El agua cayó como una cortina.

Me quedé de pie en la acera, empapada en tres segundos, sin paraguas, con un vestido de algodón pegado al cuerpo.

Caminé.

No sé hacia dónde.

Mis zapatos se llenaron de barro.

Cuando llegué al arco de la calle Triunfo, las piernas me fallaron.

Me dejé caer sobre los adoquines, contra una pared de piedra, con la cabeza entre las rodillas.

Y lloré.

Lloré por cuatro años.

Lloré por el vestido blanco colgado en mi armario.

Lloré por mi madre, muerta hacía diez años, que me había dicho que nunca aceptara menos de lo que merecía.

La lluvia me golpeaba la espalda.

Alguien se detuvo frente a mí.

Vi unos zapatos negros, impecables, que no se mojaban.

Una mano larga y pálida se extendió hacia mi cara.

"Señorita."

Levanté los ojos.

Un hombre alto, con un abrigo largo y oscuro, me miraba desde arriba.

Tenía el pelo negro, la piel muy blanca y los ojos de un ámbar casi dorado, extraños, brillantes en la penumbra.

La lluvia caía a su alrededor, pero no tocaba su ropa.

"Te he buscado durante siglos", dijo.

Su voz era grave y suave.

Se agachó, me levantó en brazos como si no pesara nada y me apoyó contra su pecho.

Estaba frío, pero su abrazo era firme.

"Ya no tienes que seguir sola, Abril."

No le había dicho mi nombre.

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