¡Suegrito! Me atoré en la lavadora, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La lavadora
Marlene se mete en la lavadora a sacar su anillo, oye los pasos de su suegro y decide quedarse atorada.
Mi anillo de matrimonio se cayó al fondo de la lavadora, entre las sábanas y el jabón.
Era una lavadora vieja, blanca, de carga superior, con un tambor hondo como un pozo.
Me incliné para sacarlo.
Metí medio cuerpo adentro, con los codos apoyados en la pared fría del tambor, y la cadera contra el borde de la máquina.
Tenía el pelo atado y el vestido amarillo de estar en casa, corto, de tela suave.
El anillo brillaba abajo, a una cuarta de mis dedos.
Me estiré un poco más.
Entonces oí los pasos en el patio.
Eran pasos lentos, pesados, con sandalias de cuero sobre las baldosas.
Y el olor a aserrín me llegó antes que su dueño.
No necesité darme vuelta para saber quién era.
Hipólito Pesántez, mi suegro, ebanista viudo, cuarenta y nueve años, dueño de las manos más grandes que yo había visto en mi vida.
Llevaba dos años viviendo en la misma casa que yo, desde que su hijo se fue a Nueva York.
Dos años en los que me había arreglado la máquina de coser, el techo de la cocina y la ventana del cuarto, sin decir más de diez palabras seguidas.
Dos años en los que yo me había dado cuenta de que sus ojos me seguían cuando creía que yo no lo veía.
Dos años sin que nadie me tocara.
Me quedé inmóvil, con la mitad del cuerpo dentro del tambor, y el corazón desbocado.
Podía salir sola.
Lo supe en ese mismo instante.
Bastaba empujar con las manos y sacar la cadera.
No lo hice.
"Marlene", dijo su voz grave, desde la puerta de la lavandería. "¿Qué haces ahí?"
Me mordí el labio para no reírme.
"Suegrito", dije, con la voz hueca dentro del tambor. "Me atoré."
Hubo un silencio largo.
Sentí su mirada recorrerme las piernas, las caderas, el borde del vestido que se me había subido hasta la mitad de los muslos.
"¿Te atoraste?"
"Sí."
"¿De verdad?"
"De verdad, de verdad."
Otro silencio.
Después, el crujido de una sandalia sobre las baldosas.
Se acercó.
Su sombra me cubrió la espalda.
"No te muevas", ordenó.
Me quedé quieta.
Una mano enorme, tibia, áspera de lija y de madera, se posó en mi cintura.
La sentí como un hierro caliente a través de la tela.
Mi respiración se agitó dentro del tambor.
Esa mano bajó por mi cadera y me tomó por el costado del muslo, apretando.
"Estás muy metida", dijo.
"Sí."
"A ver si puedo sacarte."
"Inténtalo."
Su otra mano se unió a la primera.
Me tenía agarrada de las caderas con las dos, entera, como si yo pesara lo que una canasta de ropa.
Tiró un poco hacia atrás.
Me deslizó apenas.
Después se detuvo.
"Mmm", murmuró. "Atascada de verdad."
"Te dije."
"Tendré que revisar."
Me levantó el vestido, despacio, hasta la cintura.
Llevaba un calzón blanco de algodón, ya mojado.
Oí cómo respiraba hondo, y los dedos se le tensaron en mi piel.
"Marlene."
"Dime."
"Dime que me detenga."
"No."
Un gruñido grave le salió del pecho.
Me bajó el calzón de un tirón, hasta los muslos.
El aire fresco me rozó entre las piernas, y gemí contra el metal del tambor.
Sus manos me separaron las nalgas.
Una palma enorme cayó sobre mi trasero con un golpe seco, que resonó en la lavandería.
Grité.
El ardor me recorrió la piel, y se convirtió en calor entre los muslos.
"Eso por mentirosa", dijo. "Podías salir sola."
"Y tú lo sabías."
"Lo sabía."
Otra palmada, en la otra nalga.
Me estremecí.
"Por quedarte", añadió.
"Suegrito."
"No me llames así."
"¿Por qué?"
"Porque me vuelve loco."
Me reí.
Después la risa se me cortó, porque sentí su aliento caliente entre mis nalgas.
Su boca me tocó.
Una lengua ancha, húmeda, lenta, me recorrió de abajo hacia arriba, y todo mi cuerpo se arqueó contra el borde de la lavadora.
"Ay, Dios", gemí.
Me lamió con paciencia, con una dedicación bruta, sosteniéndome las caderas con esas manos que casi me cubrían la cintura entera.
La barba corta me raspaba la piel sensible.
Metió la lengua, la sacó, volvió a lamerme el clítoris, en círculos.
Me agarré al borde del tambor, con las uñas clavadas.
El detergente me picaba la nariz, el agua gotaba de las sábanas, y yo temblaba sin poder moverme, atorada de verdad o no.
"No pares", rogué. "No pares, no pares."
Dos dedos gruesos me abrieron.
Los metió hasta el fondo, y los curvó con una precisión que me hizo ver estrellas.
Me vine con un grito largo, que rebotó en el tambor y salió amplificado por toda la lavandería.
Mis rodillas cedieron.
Él me sostuvo con un brazo alrededor de la cintura, sin esfuerzo.
Me quedé colgada, jadeando, con las piernas flojas y la cara contra el metal.
"Bien", dijo él, con la voz ronca. "Ahora sí te saco."
Me levantó con las dos manos y me dejó de pie sobre las baldosas.
Me di la vuelta.
Tenía el pantalón abultado, la camisa llena de aserrín, y los ojos negros de hambre.
La barba le brillaba.
Nos quedamos mirándonos.
"Esto no puede…", empezó.
El teléfono sonó.
Sobre la tapa de la secadora, el celular vibró, con una foto en la pantalla.
Wilmer.
Su cara sonriente, desde Nueva York, con gorra y gafas.
Mi esposo.
El hijo de Hipólito.