UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

¡Suegrito! Me atoré en la lavadora, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La carta

Una carta del banco revela una hipoteca firmada con el nombre de Hipólito, y la rabia los lleva a la cocina.

Hipólito leyó la notificación de pie, en el centro del taller, con los anteojos de cerca sobre la nariz.

Lo hizo dos veces.

Yo esperé a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho.

El sol entraba por la ventana alta y dibujaba un rectángulo sobre las virutas del suelo.

"Sesenta mil dólares", dijo al fin.

"¿Qué?"

"La hipoteca sobre esta casa. Sesenta mil dólares, a nombre mío, hace catorce meses, con un prestamista." Alzó la vista. "Cleofás Auquilla."

"Tú no firmaste eso."

"No."

"¿Entonces?"

Me pasó la hoja con un dedo tembloroso.

Al pie del documento había una firma, grande, de trazo temblequeante.

"Hipólito Pesántez".

Era parecida.

No era suya.

"Yo no escribo la P así", murmuró, con voz vacía. "Nunca la he escrito así."

Me quedé mirándolo.

Entonces recordé algo.

La semana antes de irse a Nueva York, Wilmer había llegado con un montón de papeles.

"Son para la visa, papá. Firma aquí, y aquí. Es un trámite."

Y Hipólito había firmado sin leer, en tres hojas en blanco.

Lo dije en voz alta.

Hipólito cerró los ojos.

Un temblor le recorrió los hombros enormes.

"Mi hijo."

Dio media vuelta, agarró una silla de madera, y la estrelló contra la pared.

Se rompió en tres pedazos.

Otra pieza voló contra la ventana, y no la rompió por poco.

Quedó con las manos temblando, respirando fuerte.

Yo no me asusté.

Me acerqué por detrás y le puse la mano en la espalda.

Estaba ardiendo, empapada de sudor.

"Hipólito."

"Dos años", dijo. "Dos años sin mandarte un centavo, y yo pensando que le iba mal."

"A mí también me mintió."

"Te dejó sola."

"Y a ti te quitó la casa."

Se volvió.

Tenía los ojos rojos.

Nunca había visto llorar a un hombre de ese tamaño.

"Perdóname", dijo.

"¿De qué?"

"Por esto. Por lo de anoche. Eres su esposa."

"Soy la esposa de un hombre que falsificó tu firma."

"Aun así."

"Aun así, nada." Le tomé la cara con las dos manos. "Yo elegí. Anoche y ayer. No me pidas perdón por lo que quise."

Me miró.

Algo se le rompió en la expresión.

Me agarró por la cintura y me levantó contra su pecho.

Me besó con una fuerza brutal, con la desesperación de quien ha perdido todo menos esto.

Le correspondí, y le mordí el labio.

"Cocina", gruñó, contra mi boca.

"Aquí."

"Cocina. Hay un banco de cocina más cómodo."

Me llevó en brazos hasta la casa, patio atrás, entre las gallinas y la ropa tendida.

Abrió la puerta de una patada.

Me dejó sentada sobre el mesón de azulejos, entre la olla y el frutero.

Me abrió el vestido de un tirón, y los botones saltaron.

No llevaba nada abajo.

Me chupó los pechos con la boca abierta, hambriento, apretándome las nalgas con las dos manos.

Tiré de su camisa.

Me ayudó a quitársela.

Le bajé el pantalón, y su verga saltó, dura, gruesa, empujando contra mi vientre.

"Te voy a coger", dijo, sin aliento.

"Cógeme."

"Aquí. Duro. Con rabia."

"Con rabia."

Me clavó de un solo empuje.

Grité.

Los vasos del escurridor tintinearon, y una cuchara cayó al suelo.

Me agarró del pelo con una mano, me echó la cabeza hacia atrás, y me besó el cuello mientras me embestía con toda su fuerza.

El mesón crujía.

Yo me aferraba a sus hombros, con los talones clavados en sus nalgas.

"Más", gemí.

"Esto es por él."

"Más duro."

"Esto es por la casa."

"Hipólito."

"Esto es por ti."

Me vine con una explosión que me dobló en dos.

Me convulsioné entre sus brazos, arañándole la espalda.

Él me sostuvo, me dio la vuelta, y me apoyó de bruces sobre el mesón.

Me levantó una pierna, y volvió a entrar desde atrás, con una mano agarrada a mi cadera y la otra en mi nuca.

El mesón helado contra mis pechos, el calor de su cuerpo detrás.

Me embistió sin descanso, jadeando mi nombre.

Me vine otra vez, con la mejilla pegada a los azulejos.

Él me siguió, hundido hasta el fondo, con un gruñido que sacudió los vidrios.

Quedó apoyado sobre mi espalda, con la frente entre mis omóplatos.

Pasaron varios minutos.

Cuando recuperó el aliento, me abrazó por detrás.

"Voy a arreglar esto", murmuró.

"Vamos a arreglarlo."

"Es mi hijo."

"Lo sé."

Me besó el hombro.

Entonces sonó el timbre de la reja.

Dos veces, fuerte.

Me enderecé de golpe, cerrándome el vestido roto.

Hipólito se subió el pantalón y se asomó por la ventana.

Una camioneta blanca estaba parada frente a la casa, con un hombre gordo, de guayabera, apoyado contra la puerta del conductor.

Tenía anillos de oro en todos los dedos.

Sonreía.

"Es Cleofás Auquilla", dijo Hipólito.

"Dice la carta que venía mañana."

"Se adelantó."

← Capítulo 2 · Todos los capítulos · Capítulo 4 →